Lo bueno de lo malo
Ilustración de Julián Lorenzo del artículo Lo bueno de lo malo (Misión 38)

He tenido mis reparos al escribir este título, no vaya a parecer que vengo a justificar el mal en modo alguno. Pero no es el mal el que tiene nada bueno, sino, fíjense, “lo malo”, esto es, algo que existe, y que por ser, advierten los filósofos, tiene la bondad de la existencia, nada menos. Y luego vienen otras, normalmente. Antes de maldecir cualquier mal, hay que pensárselo. No solo por horror a la redundancia; también porque quién sabe qué va a traernos más tarde.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Julián Lorenzo

Empecemos con un ejemplo que viene al pelo en este número de Misión. A nadie le disloca que le pique una medusa y, sin embargo, su picadura ha hecho más por la literatura del siglo xx que los calamares, a pesar de toda su tinta. Como podrán leer en la sección “Un buen plan”, recomendamos esta vez la magnífica novela Retorno a Brideshead, que, en la mayoría de los recuentos de grandes libros del siglo pasado, aparece en un lugar privilegiado. Pero casi nadie sabe que su autor, unos años antes de escribirla, decidido a suicidarse, eligió un método hiperromántico, a lo Alfonsina Storni, y se puso a nadar en el mar hacia el horizonte, dispuesto a ahogarse. Entonces se le cruzó un banco de medusas y le picó una y sintió que era insoportable y se salió. El joven Evelyn Waugh sería suicida, pero masoquista, no. Una providencial picadura de medusa le salvó la vida. Más tarde se convirtió al catolicismo y escribió unos libros impagables.
¡Larga vida, pues, a las medusas!
Este “efecto medusa” merece un estudio. Con lo fea que es la envidia, sin embargo nos enseña (si no es directamente tonta) qué tendríamos que admirar. Héctor Abad advirtió que a la pereza, como madre de todos los vicios, había, como a todas las madres, que respetarla. Un poco menos ingenioso, pero bastante más sabio, Mário Quintana agradeció a la pereza la inmensa cantidad de pésimas acciones que, por ella, dejó de realizar.
El mal, siguen glosando los sabios, es un vacío. Y el vacío, en el envasado al vacío, juega su papel, aunque sea solo antes de abrir el tarro de las esencias. Hay, por tanto, que esperar al final para saber si aquello que parecía un mal o una cruz lo fue de verdad, no vayamos a estar sufriendo o protestando por lo que nos está salvando la vida (o el alma).
Pondré el ejemplo más indiscutible. Las novias que nos dejaron, devastando nuestro tierno corazón adolescente, nos condujeron directamente al encuentro con nuestras extraordinarias esposas: perfectas y, sobre todo, pensadas por Dios para nosotros desde la eternidad. Lo comento a mis amigos y ninguno me dice que no, aunque también es verdad que sus mujeres andan cerca… Bromas aparte, me han dado la razón, celebrándolo, exultantes. Descubriremos al final que todo, incluso lo que más nos dolió, nos llevaba directos a la felicidad mayor. A veces, mientras tanto, hace falta tener, eso sí, un poco de paciencia.