Lo más excelso, para todos

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Charlar con un buen editor da gusto, pero es un trago. Suelen quejarse de que apenas venden.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: María Olguín

Que eso le pase a cualquier otro empresario que arriesga su dinero y su trabajo es triste; pero siendo un editor de libros, además, preocupa. Las cifras son, por lo visto, espeluznantes. No como un monstruo: espeluznantes como una bacteria: mínimas, pero letales. Se lee muy poco y, en consecuencia, la cultura y el humanismo van camino de convertirse en rarezas de unos cuantos frikis.
Mientras seguía quejándose, me he puesto a pensar en el esoterismo. Propio de las religiones y culturas antiguas, ¿quién nos asegura que, cuando un corpus doctrinal no se transmitía más que a un puñadito de discípulos, era por ocultismo y desdén elitista? Pudiera ser que el desdén cayese del lado de la masa del pueblo, indiferente a cuanto no fuese pan y circo. Solo entonces el docto –filósofo, científico o sacerdote–, herido de indiferencia, se lamería el orgullo y, con un gesto muy de la zorra y las uvas, se pondría a despreciar la popularidad imposible.
Ha pasado más veces y puede estar pasando. Incluso puede ocurrir en el ámbito de la fe. Qué tentación que los católicos, cansados de incomprensión y crítica, nos volvamos sobre nosotros mismos, dejando al resto ir, literalmente, a su rollo. Esa actitud es una equivocación en todos los órdenes, en el artístico, en el literario, en el filosófico…, pero lo es aún más en el religioso. Lo excelso es para todos. Debe ser mainstream. “Hay que popularizar el elitismo”, rogaba el escritor polaco Stanisław J. Lec en uno de sus exquisitos aforismos.
Puede que no se consiga, claro, pero que no sea nuestra culpa. Escribió el clásico que había que vivir de tal manera que si, tras la muerte, la nada nos estaba destinada, fuese una injusticia que clamase al cielo. Ese no será el caso, pero podemos asumir la actitud: si nos está destinada la indiferencia, hagámosla inmerecida. Que lo nuestro sea, si no queda otra, un “exoterismo”, volcado hacia fuera, saliendo al encuentro.
El ingente esfuerzo por la divulgación más amplia de la revista Misión es ejemplar. Sin rebajarse, extenderse. Es el secreto. Sabiendo, además, que junto a las dificultades coyunturales o sociológicas, hay una contradicción interna con la que los humanistas, en general, y los cristianos, en concreto, tenemos que vérnoslas. Se trata de llegar a todos, sí, pero a cada cual en persona. Partimos, pues, con una evidente desventaja para la comunicación masiva: hemos de hablar de uno en uno, sin amontonar a nadie. Y esa es la paradoja del buen editor: necesita sumar más y más clientes, pero no debe, ni quiere, amontonar lectores. El corazón de cualquier paradoja es la contradicción, que, como advertía Chesterton, es la cruz. Y esta es la cruz (gloriosa) de los que nos dedicamos a la cultura, aunque el buen editor, por razones obvias, la sufre más que nadie, el pobre.