Lo que debo a Misión

Espero que este artículo –distraídos como estamos con la fiesta de los 10 años de Misión, no lo lean mi jefa ni los editores. Voy a sumarme a la fiesta con tal vehemencia y sinceridad que pueden no solo dejar de pagarme mi trabajo de columnista de opinión, sino empezar a cobrarme. Sería lo justo.

Por Enrique García-Máiquez
Ilustración: Marta Jiménez

Hace muchos años, yo ya tenía mis opiniones, pero no tenía columna. La gente (y cuando digo  “gente”  me refiero a los que más me querían: mi madre, mi novia –entonces–, mis dos abuelas, mis amigos…) oía mis teorías sobre esto y aquello con un interés vaporoso, con cariño, sin duda, pero, sobre todo, con poca paciencia. Yo no callaba y, además, tardaba en arrancar, con un tartamudeo como el traca-traca de un motor de dos tiempos.

Eso me lo arregló (moralmente hablando) la abuela de mi mujer, que, como había estudiado interna en el colegio de las irlandesas de Gibraltar, era una autoridad en anglofilia. Decidió que lo mío no era tartamudeo, sino un stuttering oxoniense. Ahora incluso lo exagero un poco.

Cuando empecé a publicar, cundió el pavor entre mis allegados. Hasta que fueron llegando lectores que les decían: “¡Qué interesante eso que dice tu hijo!” .“¿De verdad?”, respondía, halagada y dubitativa, mi madre. “¡Qué gracioso es tu novio!”, y Leonor miraba para atrás y luego preguntaba: “¡¿El mío?!”.  Los más audaces amigos de la infancia empezaron a decir a veces: “Oye, pues Máiquez tiene algo de razón, increíblemente”. Eso, que empezó en los periódicos, alcanzó su culmen cuando Misión me abrió sus puertas.

La belleza de las ilustraciones que han acompañado aquí a todos mis artículos, la prestigiosa compañía de los otros columnistas, los reportajes de fondo –que compensaban mi frivolidad–, la alegría contagiosa que da recibir Misión en casa… todo conspiró a mi favor. Tanto, que hasta mi suegra empezó a recortar y coleccionar estos artículos y me los va a regalar encuadernados en piel.

Mi calidad de vida ha mejorado. A veces se produce un momento incómodo, cuando me preguntan qué pienso de cualquier cosa, y yo, acostumbrado a pensar lento, solo y por escrito, me quedo en blanco como la página sobre la que tendría que hacer un esquema. Por suerte, me acuerdo de mi abuela política, tartamudeo un rato y, tras tres o cuatro minutos, todos terminan tratando otro tema. Pero ya me toman en serio y, sobre todo, me dejan que lea o que pasee para pensar. Es la maravilla que debo a Misión.

Pero procuro que mis artículos cumplan cierto servicio público, y hoy he hablado demasiado de mí. Aunque quizá pueda servir de ejemplo. Porque nos tenemos que escuchar más unos a otros. No esperar a que el prestigio nos lo preste una revista de ídem. Esta revista de prestigio, además, tiene entre sus misiones, precisamente, fortalecer nuestras propias opiniones y propiciar el diálogo y la vida familiar y de amistad. Entre teles, móviles, prisas, frases hechas y prejuicios, nos oímos poco. Nos perdemos mucho.