Metanoia

195
Ilustración: Rikki Vélez @rikkivelez

La única consecuencia positiva de la presente plaga coronavírica sería, desde luego, una conversión profunda de nuestra época. O sea, algo parecido a lo que los griegos llamaban “metanoia”, un  “cambio de mente” (que esto, en definitiva, significa la palabreja) radical en nuestro modo de pensar y de actuar.  Pero no puede producirse este cambio cuando no va precedido de un arrepentimiento; quiero decir que nadie cambia a fondo si no alberga en su alma una conciencia de culpa que se proyecte sobre su vida pretérita, abominando de ella, y sobre su vida futura, anhelando que sea radicalmente distinta.

Por Juan Manuel de Prada
No hay posibilidad de nacer a una vida nueva sin renegar de nuestros antiguos errores, para lo que se necesita mucho coraje, mucha humildad, mucha paciencia y tesón: coraje para juzgar en conciencia nuestra propia vida; humildad para reconocer el mal que hemos causado; paciencia y tesón para no desfallecer ni sucumbir a la tentación de volver a causarlo. Virtudes que no parecen muy habituales, ni siquiera admitidas, en nuestra época; y que, alumbradas de fe, esperanza y caridad, desembocan en la penitencia.
El otro día un amigo me mandaba un enlace a un tuit colgado por una página web de información religiosa, solicitándome que me tomase la molestia de leer las muchas respuestas que había obtenido. El tuit en cuestión contenía un vídeo en el que un puñado de jóvenes reclamaba a los obispos que les devolviesen la misa. Tal vez no fuese el vídeo más afortunado del mundo, tanto por el modo de plantear la petición como por su realización cursi. Pero lo que en verdad resultaba acongojante eran las decenas de reacciones que el vídeo había provocado, todas ellas
–al menos hasta donde aguanté a leer, asqueado— biliosas, aviesas, en algunos casos respuestas propias de alimañas rebosantes de odio y felices de chapotear en la abyección.
Alimañas que seguramente no tendrían valor para matar a los jóvenes que protagonizaban ese vídeo (o tal vez sí, con tal de que antes los maniatasen), pero que sin duda aplaudirían si mañana lo hiciese el Estado, o cualquier Otro que decretase que los católicos deben ser pasados por las armas. Y lo aplaudirían con la disculpa de que los católicos propagan el coronavirus en sus misas; pero en realidad por puro odio a la fe, en el que de forma más o menos simulada o rampante han sido moldeados y azuzados desde la infancia, a través de medios de comunicación corrompidos y de un sistema político que ha hecho de la envidia del bien ajeno, del resentimiento orgulloso y del escarnio de la bondad virtudes cívicas.
¿Puede producirse en chacales como los que respondían a ese tuit, personas por completo degeneradas y con el alma convertida en un lodazal, una sincera “metanoia”? En todo proceso de conversión es factor determinante la gracia divina; pero también la disposición del hombre que libremente se abre a esa gracia, en demanda de perdón.

“No hay posibilidad de nacer a una vida nueva sin renegar de nuestros antiguos errores”

El mayor escollo con el que el hombre contemporáneo se tropieza en su proceso de conversión es su incapacidad para reconocer el mal del pecado y el bien del perdón; incapacidad que nos mantiene prisioneros del mal que hemos hecho, incapaces de renegar de él y, por lo tanto, incapaces también de liberarnos de esa condena mediante la solicitud de perdón.
Esta doble incapacidad se ha hecho hipertrófica en la parte más degenerada de la población, que tal vez no sea todavía mayoritaria, pero sí muy relevante. Por eso no creo que pueda haber (salvo una acción multitudinaria de la gracia) una auténtica “metanoia”  de esta generación perversa si no hay antes un cambio político profundo (no una mera alternancia en la consabida demogresca) que detenga la transmisión del veneno que ha destruido a tantas personas, convirtiéndolas en chacales, y se preocupe de sanar a los envenenados. De lo contrario, los envenenados no harán sino crecer; y su veneno será cada vez más azufroso.

 

Puedes encontrar este artículo en el número 56 de la revista Misión.
¿Te ha gustado este artículo? Suscríbete gratisy recibirás la revista cada tres meses en casa.
Dona ahora: ayúdanos con tu donativo para que podamos seguir contando historias como esta.