De misión: “Este va a ser el verano de mi vida”

A los jóvenes españoles les gusta viajar, aunque no siempre lo hacen por placer: cada vez son más los chicos y chicas que aprovechan sus vacaciones de verano para irse de misión. Un viaje que algunos definen como “la aventura de mi vida”, para el que muchos ya se están preparando… y al que quieren invitarte también a ti.

Por Alba Montalvo

“Ser misionero te enseña humildad”

Jesús, 26 años

De Murcia a la selva de Perú

La culpa de que Jesús Cañavate, un joven murciano de 26 años, se fuera el verano pasado como misionero, la tuvo un novicio de la Orden de Santo Domingo que le planteó la posibilidad de enrolarse con la entidad dominica Selvas Amazónicas, que desarrolla proyectos en la Amazonia peruana, en República Dominicana y en Guinea. La única premisa fue “que fuéramos con la humildad de aprender y no de enseñar”, cuenta Jesús a Misión.

Tras una serie de reuniones formativas a lo largo del año, desembarcó en la Casa Hogar de Puerto Maldonado, en la frontera entre Perú y Bolivia. La Casa es un centro de acogida para menores en riesgo de exclusión, a cuyos padres se les ha retirado la patria potestad por causas como abandono, abusos sexuales o violencia familiar. “Lo bonito de este duro lugar –explica Jesús– es que a los niños se les atiende con gran cariño hasta que se pueden valer por sí mismos”.

Una de las experiencias más difíciles que recuerda fue la de unos pequeños de cuatro años que no habían aprendido a hablar porque habían pasado dos años abandonados en la calle. “A estos niños se les llama ‘nn’, porque son de paradero desconocido y no se sabe bien ni su edad ni la familia de la que vienen”, aclara. A ellos, como a las niñas y adolescentes que llegan tras una violación, es el cariño y la confianza de los dominicos y de los misioneros lo que va cambiándoles la vida.

“Recuerdo una niña que al principio era muy hosca conmigo –por las heridas que arrastraba– y que, tras mucha dedicación, terminó pidiéndome que la llevase de la mano durante una fiesta local. Solo por algo así merece la pena ir, porque hasta que no lo vives, no sabes lo bueno que te espera. Ser misionero es algo que llena y que te enseña humildad”, concluye.

“Recuerdo una niña que al principio era muy hosca conmigo –por las heridas que arrastraba– y que, tras mucha dedicación, terminó pidiéndome que la llevase de la mano durante una fiesta local. Solo por algo así merece la pena ir, porque hasta que no lo vives, no sabes lo bueno que te espera”

Un cambio de vida sin “postureos”

Andrés, 25 años

Al Congo desde la Universidad

Andrés González tuvo su primer contacto con la misión a través de la Universidad. “En 2012, algunos amigos que habían vivido la experiencia me animaron a ir y fui un poco de rebote. Al principio no me veía, porque me producía rechazo el ‘postureo’ de hacerme unas fotos en África y volver como si nada”, explica.

Sin embargo, venció sus reticencias para embarcarse en la aventura de ir a la República Democrática del Congo: “Fue una experiencia tremenda. Europa y Congo son dos mundos muy diferentes que se dan la espalda. Descubrí que hay pocos puentes que unan esos mundos, y que uno de ellos es la Iglesia, y en concreto y para mí, el padre Apollinaire, un sacerdote congoleño formado en Pamplona”.

En su primer viaje, Andrés ayudó en un hospital, en una cárcel, en un mercado y con los niños de un orfanato. En 2014, repitió junto al sacerdote congoleño desde Project Dijunga, una ONG creada por el padre Apollinaire con apoyo de Cáritas, que desarrolla proyectos de promoción en el mundo rural. Y como no hay dos sin tres, volvió en enero de 2016 para inaugurar, junto al padre Apollinaire, la iglesia de la Misericordia, que anuncia el Evangelio en una región sumida en la miseria.

“Si me cuentan hace cinco años que iba a ir al Congo tres veces, no me lo creo”, dice. Y lejos de su temido “postureo”, sus viajes le han cambiado la forma de vivir cada vez que ha regresado. Ahora, propone a los jóvenes vivir una experiencia como la suya, “aunque recomiendo que sea en una misión llevada por unos buenos religiosos. En estos países, ni la ONU ni las ONG funcionan como deberían, y quien realmente es fiable y trabaja por la gente es la Iglesia”, concluye.

“Fue una experiencia tremenda. Europa y Congo son dos mundos muy diferentes que se dan la espalda. Descubrí que hay pocos puentes que unan esos mundos, y que uno de ellos es la Iglesia, y en concreto y para mí, el padre Apollinaire, un sacerdote congoleño formado en Pamplona”

 Un terremoto interior y exterior

Itziar, 22 años

Viajar a Ecuador y descubrir a Dios

El verano pasado, Itziar Albañir, una joven estudiante de Derecho de 22 años, sintió el deseo de viajar a un destino de misión. Desde la adolescencia se había ido alejando progresivamente de una auténtica vivencia de la fe, y aunque a través de su familia había mantenido el contacto con la congregación misionera el Hogar de la Madre, sus primeros planes pasaban por una compañía “menos comprometida” espiritualmente.

Todo cambió con el terremoto que asoló Ecuador en abril de 2016, y entre cuyas víctimas se encontraba la hermana Claire, una joven religiosa del Hogar de la Madre a quien Itziar había conocido hacía años, y con la que había trabado una sincera amistad.

La religiosa la había animado muchas veces, aunque con poco éxito, a buscar y acercarse a Dios, de modo que la noticia de su muerte “fue como si me pegasen un tortazo y me dijesen: ‘Tienes que despertar, tienes que hacer algo importante con tu vida’”, cuenta Itziar. Fue así, y a través de una serie de providenciales circunstancias, como decidió irse de misión con el Hogar de la Madre a Playa Prieta, una zona de Ecuador devastada por el seísmo.

Durante tres semanas, Itziar trabajó en comedores para familias que se habían quedado sin nada, ayudó a reconstruir un colegio e impartió clase a los niños. La sencillez, humildad y alegría de aquellas gentes fue para ella un aprendizaje que le sirvió para, a su vuelta, ordenar sus prioridades, replantearse su futuro y “prescindir de cosas que antes consideraba necesarias, y que ahora veo que no lo son”.

Pero el verdadero descubrimiento de este viaje (exterior e interior) fue acercarse a Dios: “Me impactó que aquella gente no dejase de dar gracias a Dios a pesar de haber perdido todo. Allí, lo que me sostuvo fue la oración y descubrir la presencia de Dios en el Sagrario. Ahora entiendo que la razón por la que fui a Ecuador fue para descubrir a Dios”.

“Me impactó que aquella gente no dejase de dar gracias a Dios a pesar de haber perdido todo. Allí, lo que me sostuvo fue la oración y descubrir la presencia de Dios en el Sagrario. Ahora entiendo que la razón por la que fui a Ecuador fue para descubrir a Dios”

Para informarte de todas las iniciativas misioneras para jóvenes, puedes ponerte en contacto con Obras Misionales Pontificias: 91 590 27 80 o pum@omp.es

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