Misionera española: “¡Es cierto que Dios cumple nuestros sueños!”

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Belén Manrique, quien trabajó como redactora de nuestra revista hasta el pasado enero, se marchó a Etiopía sin billete de vuelta. Su nueva misión consiste en colaborar con el padre Christopher Hartley y con una religiosa en la región de Ogaden, junto a la frontera somalí, para que también llegue allí la alegría del Evangelio.

Pero ¿qué lleva a una joven profesional a dejarlo todo por una tierra desoladora y desértica?

Por Isabel Molina E.

 

Tras varias experiencias como voluntaria en la India y en Etiopía, Belén Manrique entendió que su felicidad no dependía de encontrar un chico que la quisiera y a quien ella quisiera, como siempre había imaginado, sino de entregar su vida a Jesús, al servicio de los más desamparados.
Belén, quien llegó inicialmente a Misión en 2011 para cubrir una baja por maternidad y que regresó en 2013 para trabajar indefinidamente como redactora, se ha marchado y nos ha dejado un vacío muy profundo… pero sabemos que lo ha hecho por una causa mayor. Ella misma nos lo cuenta.
¿Cómo reaccionaste cuando advertiste que Dios te podía estar llamando a una vocación distinta a la del matrimonio?
Al principio me negué en rotundo. Que-ría casarme a toda costa, y lo de estar llamada a vivir encerrada en un monasterio me parecía el peor de los castigos. Pero, providencialmente, empecé a trabajar en la revista Misión y comenzaron a lle-garme testimonios de personas cuya vida estaba infinitamente más llena desde que habían situado a Dios en el centro de sus vidas para seguirle radicalmente.
¿Recuerdas alguna de esas entrevistas? 
Sí, me marcó mucho una visita que hicimos con el equipo de la revista al seminario de los Legionarios de Cristo, en Salamanca. Entrevisté a varios seminaristas sobre su vocación, y me sorprendió lo que me contaron, porque nadie antes me había hablado de por qué lo había dejado todo por el Señor, de cómo su vida era más plena desde entonces y de cómo no echaban de menos su antigua vida. Fue entonces cuando tomé conciencia de que la vocación religiosa es un regalo inmenso.
¿Qué hiciste para discernir tu vocación?
Comencé a visitar varios conventos de clausura. Por un lado, me atraían las monjas, la alegría y la paz que reflejan en su rostro –que no encuentras en nadie más en la sociedad– pero, por otro, no sentía que yo estuviera llamada a una vida contemplativa.
Eso sí, desde muy joven había tenido el sueño de ir a la India de misiones con la orden de la Madre Teresa, y logré cumplirlo en el verano de 2009.
Dios sembró ese sueño en tu corazón cuando eras niña; se ve que no era tu sueño, sino el plan que Él tenía para ti…
Eso mismo lo escuché de boca de las monjas de Iesu Communio y, desde entonces, siempre había estado pensando en cuál sería mi sueño… Yo quería ir a la India a rescatar de la calle a los niños abandonados, desde que vi un vídeo en el colegio sobre la labor de las Misioneras de la Caridad en la India, donde había una escena de un niño dando saltos de alegría porque le estaban duchando.

“Jesús me pedía que me quedara en aquel lugar para hacer presente su amor entre la población somalí”

Pues, cuando estuve por primera vez en Etiopía, un día me pidieron que duchara a las niñas que venían sucísimas de los barrios pobres y, de repente, cuando yo misma vi a las niñas chapoteando alegres en el agua, me acordé del vídeo que había visto con 14 años y pensé: “¡Es cierto que Dios cumple nuestros sueños!”.
¿Qué fue lo que más te impactó de esa primera misión en la India?
Curiosamente, no fue la pobreza, sino conocer la intensa vida de oración de las monjas y su forma de rezar ante Jesús en el Sagrario. Desde entonces, sentía el deseo de ir todos los días a misa.
¿Comenzaste a ir a misa a diario?
Al principio no, porque tenía prejuicios contra las prácticas piadosas. Era la típica joven que lleva una doble vida: la mundana y la cristiana. Pero cuando empecé a sentir que Dios me llamaba a servirle, comencé a ir todos los días, porque sentía que recibirle me ayudaba a no asustarme de lo que Él me pidiese…
Te fuiste a Etiopía de voluntaria. ¿Qué te encontraste allí?
Después de la JMJ de Madrid en 2011, una amiga me propuso dedicar un curso a ayudar como voluntarias a las Misioneras de la Caridad en Etiopía. Una vez allí, las monjas nos enviaron a un orfanato de niños discapacitados y con sida.
Al principio, me sentí inútil porque las misioneras lo tenían todo organizado para no depender de los voluntarios, pero sentirme inútil me hizo darme cuenta de que no era yo la que iba a ayudar a nadie, sino que tenía que ser Dios el que lo hiciera a través de mí.
¿Con qué te quedaste de esa misión?
Descubrí que se puede ser feliz sin hacer grandes actos de heroísmo, pero sí viviendo para los demás y dejándome sorprender por Jesús cada día.
Pero tuviste que regresar a España…
Y regresé sumida en una crisis interior profunda. Creía no haber descubierto qué, en concreto, quería Dios de mí. Después de seis meses buscando trabajo, como no encontraba nada, pensé: “Voy a apuntarme para asistir a la JMJ en Brasil, a ver si así me sale un trabajo”.
Y fue dicho y hecho: di todo el dinero que tenía en ese momento para la peregrinación y, a la semana siguiente, me salió un trabajo.
En esa época leíste la historia del padre Christopher Hartley, narrada por Jesús García, en los bateyes de República Dominicana (Esclavos en el Paraíso, Libros Libres, 2012).
Sí, y el libro me sacudió, porque, en ese momento, me había metido de nuevo en la vida del mundo: estaba muy cómoda trabajando en una multinacional de seguros. Las cartas del padre Christopher me recordaron la llamada que había recibido del Señor para servirle.
Pensé: “¿Qué hago aquí sentada delante de un ordenador cuando en realidad lo que quiero es estar en la misión?”.
¿Te comunicaste con el padre?
Pensé en hacerlo, pero no me atreví y lo dejé pasar. Seguí con mi vida. Volví a trabajar en Misión, esta vez con un contrato indefinido. Por fin, tenía una vida asegurada con un trabajo que me gustaba mucho y que permitía evangelizar, pero al mismo tiempo seguía intranquila, sentía que Dios quería algo más de mí…
Veía tanto sufrimiento en el mundo y yo, que había recibido el regalo de conocer el remedio, no lo estaba anunciando. Pensaba en irme a vivir a Etiopía, pero no quería hacerlo por mi cuenta, viviendo como una eterna voluntaria, sino que fuera Dios el que me mostrara el camino.
Fue entonces cuando me decidí a escribir al padre Christopher para conocerle, y me invitó a visitar su misión.
¿En qué momento decides dejarlo todo para viajar a Etiopía sin billete de vuelta?
Cuando acudí a la misión del padre Christopher vi claramente que Dios me pedía quedarme con la religiosa que se encontraba allí para hacer presente Su amor entre la población somalí.
Además, advertí que el deseo venía de Dios porque a mí, humanamente, no me atraía vivir en el desierto y no iba a poder evangelizar abiertamente, ya que aquí la población es musulmana. Aun así, tomé la decisión con mucha paz y alegría.
¿Estás allí para quedarte?
Estoy aquí el tiempo que Dios quiera. Es apasionante dejar que Él decida. Acabo de llegar y tengo que ir averiguando cuál es mi lugar aquí, pero ya he comenzado a aprender el idioma y a ayudar al padre Christopher y a la hermana a abrir el centro nutricional y educativo que están terminando de construir para la población somalí, y también espero colaborar en las misiones que vayamos comenzando en el futuro.

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