Mussie Zerai, sacerdote eritreo en Roma: “Los inmigrantes son personas aunque no tengan pasaporte”

Una llamada al móvil en mitad de la noche. Los gritos de auxilio impiden entender a quien está al otro lado del teléfono. Por fin, alguien consigue explicar a Mussie Zerai que son un grupo de inmigrantes en una patera a la deriva en el Mediterráneo. Piden ayuda desesperada. Así de desconcertante fue el inicio de este sacerdote en la ayuda a los inmigrantes que cruzan el mar hasta las costas europeas. Desde entonces –y ya han pasado 15 años– casi todas las noches recibe una llamada de auxilio.  

Por Blanca Ruiz Antón

MUSSIE ZERAI vive en Roma desde que hace casi 20 años tuviese que salir de Eritrea por la situación de persecución e inestabilidad del país, que persiste hasta hoy.  Y desde que llegó a Europa se ha dedicado a ayudar a quienes, como él, han tenido que abandonar sus países en busca de un futuro mejor. Por eso, se considera  “un refugiado que ayuda a otros refugiados”. Su misión es tan eficaz que ha recibido el Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2017. 

Un teléfono en la cárcel 

Su labor comenzó cuando un periodista italiano le pidió ayuda como traductor para hablar con unos inmigrantes que, en su camino hacia Europa, se encontraban en una cárcel de Libia. Tras hablar con él, los presos dejaron escrito el  teléfono de Zerai en la pared de la celda. Después, su número fue pasando de boca en boca entre quienes intentaban llegar a Europa desde África, como un salvavidas de emergencia al que agarrarse cuando el motor de la patera comienza a fallar.  

“Una de las peores épocas fue durante la crisis de Libia y la caída de Gadafi. Mi móvil sonaba a cada segundo. Tuve que cambiar tres veces de teléfono porque se me fundían por el uso”, asegura para Misión 

“Poco a poco se le quita la dignidad a quienes están en el mar, hasta que parece que dejan de ser personas; por eso es más fácil rechazarlos”

Zerai denuncia casos como el de una patera en la que murieron 63 personas, y con 9 supervivientes que tuvieron que beber su propia orina

Con el tiempo, ha perfeccionado el modo de ayudar a quienes se encuentran en medio del mar. Ahora, sabe exactamente qué información pedir a quienes están en la barca y cómo hacerla llegar a Salvamento Marítimo y a la Guardia Costera italiana de manera efectiva. Aunque, como denuncia, no siempre las fuerzas del orden han hecho lo que estaba en su mano para ayudar. 

Duras denuncias 

De ahí que la otra cara de la misión de Zerai sea la denuncia. El sacerdote explica con crudeza un ejemplo entre otros muchos posibles: el caso de una patera con 72 personas a bordo y el motor roto, de la que dio aviso a las Guardias Costeras de Italia y de Malta. Tras 15 días sin noticias, logró ponerse en contacto con uno de los tripulantes: habían sobrevivido 9; los otros 63 habían muerto.  

“El superviviente me contó que después de hablar conmigo llegaron a la patera dos helicópteros. El primero hizo fotos y se fue; el segundo les dio agua y galletas y les dijo que volvería, pero nunca regresó. Se quedaron 15 días en el mar, a la deriva, girando según les empujaba el viento hacia la costa libia. Se encontraron con naves de guerra, pero ninguna les ayudó. 63 personas murieron de hambre y de sed.

Al llegar a Libia, los supervivientes fueron capturados por las milicias”, explica. En esa ocasión, pidió al obispo de  Trípoli que ayudara a los supervivientes a salir de la cárcel y a curarse, porque la gasolina y el plástico de la barca les había quemado la piel; al no tener alimento, habían comido pasta de dientes y se habían bebido su propia orina. 

 No son menos persona 

“La denigración hace que, poco a poco, parezca como si esas personas que están en el mar dejen de ser personas: se les quitan la dignidad y los derechos, y por eso es más fácil rechazarlos y discriminarlos”, asegura Zerai.  

Es lo mismo que, según precisa, ocurrió con los judíos en la Alemania nazi. “Se hizo una campaña contra ellos, se decía que eran un problema, que robaban… Igual pasa hoy al hablar de la inmigración clandestina. El ilegal no parece persona, pero lo es, y con la misma dignidad y derechos que tenemos todos. No tener un trozo de papel que se llama pasaporte no lo convierte en menos persona. Es alguien que ha tenido que huir de la guerra, del hambre o de una dictadura, y que tiene derecho a vivir y a sobrevivir”, insiste. 

Soluciones reales 

Sobre las soluciones a la inmigración forzada, Zerai tiene claro que  “la primera lucha es por el derecho a no emigrar, por lo que es necesario resolver la causa que les obliga a huir, y eso requiere tiempo.  Y hasta que se encuentra la solución, hay que ayudarles a que no acaben en manos de traficantes, porque hoy todos los canales legales se han cerrado y casi ninguna embajada en África da visados para Europa”.  

El sacerdote insiste en que  “Europa podría fijar un número de aceptación de inmigrantes, como hacen Estados Unidos o Canadá. Si Europa necesita cada año fuerzas para trabajar, ¿por qué no permite una entrada legal, en lugar de obligarles a venir con mecanismos peligrosos y caros que financian a grupos criminales? Hay leyes, hay canales y es más seguro para el inmigrante y para el país receptor, que sabe a quién deja entrar”.   

Además, recuerda que  “de los 67 millones de refugiados que hay por el mundo, Europa ha acogido solo el 6 por ciento. El 94 por ciento restante está en países como Etiopía, Uganda, Sudán o Kenia, que aunque son pobres, los han acogido, como también lo han hecho Líbano, Jordania o Turquía”, apunta.  

E insiste en la necesidad de  “cambiar la narrativa y hablar de los millones de inmigrantes africanos que viven en Europa, que trabajan, pagan impuestos y producen riqueza. Nadie habla, por ejemplo, de los 5 millones de inmigrantes regulares que hay en Italia, cuyo trabajo produce el 18 por ciento del PIB del país y permite a Italia pagar a los más de 650.000 pensionistas. Sin ellos, los jubilados no podrían recibir su pensión”.

¿Te ha gustado este artículo? Suscríbete gratis y recibirás la revista cada tres meses en casa

Dona ahora: ayúdanos con tu donativo para que podamos seguir contando historias como esta