Navidad

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Navidad
Ilustración: Ester Garcia

El gran Leonardo Castellani lo explicó maravillosamente: “A medida que se va perdiendo el sentimiento de lo sacro, se han ido multiplicando las fiestas seudosacras sin contenido sacro; a causa de la ley biológica que dice: A medida que disminuye lo vivo, aumenta lo automático. (…) No se puede hacer reír a la gente por decreto; tampoco se la puede hacer sentir. Un hombre puede llevar al río un caballo; pero ni diez hombres pueden hacerlo beber si no quiere. Crear una verdadera fiesta es más difícil que eso.

Por Juan Manuel de Prada
La más antigua fiesta cristiana es la Cena del Señor. Se reunía la comunidad cristiana a comer, a recibir el Sacramento y a comulgar entre sí, es decir, a poner en común sus ideas, sentimientos e intereses bajo el fundente de una misma fe. Se encontraban entre ellos para encontrarse a sí mismos a la luz de una creencia común y trascendente. Ese es el tipo de toda fiesta verdadera, que se basa en una necesidad y se cumple en la recepción de un don espiritual, el cual por el hecho de recibirse aúna y unifica todas las voluntades”.
Nuestra época pretende convertir la Navidad es una fiesta laica, con comilonas, merengue sentimentaloide y consumismo desaforado, vaciándola de su significado auténtico. Pero una fiesta que no sea comunión entre los celebrantes y recepción de un don espiritual solo puede ser una falsificación festiva que deja a los hombres vacíos, tras el atracón bulímico de viandas y baratijas. “Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural”, afirmaba Chesterton. Y nuestra época, en su pretensión demente de expulsar lo sobrenatural de nuestra naturaleza, ha creado una Navidad monstruosa que solo logra derramar depresión y angustia entre sus víctimas.

“Nuestra época ha expulsado a Dios de su seno, y nada más natural que el alma se nos haga añicos, en estos días en los que vuelve a nacer Dios”

Se dice con frecuencia que la Navidad es una fiesta triste porque nos recuerda la infancia perdida, o porque resalta la ausencia de las personas que amamos y ya no están entre nosotros. Todos, ciertamente, añoramos aquellas Navidades en que aún éramos ingenuos, cuando las decepciones y desengaños propios de la edad adulta no nos habían todavía arañado; todos tenemos que lamentar alguna pérdida que nos ha dejado amputados.
Pero no creo que la tristeza que invade a tantas personas en estos días, esa tristeza que multiplica el consumo de fármacos antidepresivos casi en la misma proporción que el gasto, tenga su causa más profunda en estas razones, sino en la expulsión de lo sobrenatural de nuestras vidas. La rememoración de la inocencia perdida puede ser, antes que un motivo de angustia, un poderoso motor de cambio vital que nos aproxima a los misterios de Belén. Y el dolor que nos lastima cuando evocamos a quienes nos dejaron puede ser un dolor fecundo, cuando pensamos que nos preceden en el disfrute de una vida mejor.
Los consultorios de los psiquiatras y los hangares comerciales se abarrotan en estos días de personas que han sido exiliadas de su auténtica naturaleza. Pero el dolor de una amputación no lo sustituyen las pastillas antidepresivas ni los anaqueles atestados de regalos; o solo lo sustituyen a modo de imitación paródica, como la luz de un foco imita la luz del sol. Todavía no se ha inventado la terapia que repare los desarreglos que provoca la extirpación de Dios de nuestra naturaleza; y los remedios químicos y jolgorios que hemos ideado para maquillar esa extirpación no hacen a la postre sino amustiarnos más.
Nuestra época ha expulsado a Dios de su seno; y nada más natural que el alma se nos haga añicos, en estos días en los que vuelve a nacer Dios. Extirpados de Dios, los seres humanos no podemos hacer las cosas propias de nuestra naturaleza, como recibir festivamente un don espiritual; solo nos resta hacer cosas antinaturales: revolcarnos en el cieno de la desesperación, aunque sea disfrutando de un atracón de langostinos o de mazapanes.
Feliz y sacra Navidad para todos los lectores de Misión.