La aforística de Nicolás Gómez Dávila, un arsenal de ideas

No solo de novelas vive el lector y llevamos varios números con la narrativa. Se impone un cambio de tercio, y extremo: la aforística. Que no cunda el pánico, porque a nuestro autor se le aplica su propio aforismo: “Oír una opinión inteligente reconcilia con la vida”.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Julián Lorenzo Herrero

El colombiano Nicolás Gómez Dávila (Bogotá, 1913- 1994), uno de los máximos aforistas del siglo XX, no se consideró escritor de aforismos. A los suyos, los títulos de sus libros los llaman “escolios”.

Podría parecer una marca personal, como son “greguerías” los aforismos de Ramón Gómez de la Serna; “pecios”, los de Sánchez Ferlosio; “flechas”, los de Nietzsche, etc.

Pero es también una denominación de origen y una erudita advertencia: un escolio es una nota en los manuscritos antiguos y en los incunables, añadida por el “escoliasta” entre líneas o al margen para explicar los pasajes oscuros.

Gómez Dávila, cuyos aforismos son decantaciones de horas innumerables de aristocrático ocio en una prodigiosa biblioteca personal de más de 33.000 volúmenes, está indicándonos que él es, sobre todo, un heredero atento de toda la tradición intelectual occidental.

Este primer párrafo puede desalentar al lector, primero, porque le dará la impresión de hallarse ante una cumbre intelectual (lo es) de difícil escalada (no lo es: el escoliasta es quien explica y aclara, precisamente, el texto original).

O porque, entre tantos otros aforistas, quizá se decida por leer antes a cualquiera de nombre más prestigioso. Pero cuidado, porque Gómez Dávila no es prescindible.

Primero, por interés socio-político. Gómez Dávila desconoce la autocensura. Es un arsenal de ideas para la lucha por la cultura occidental. Ernst Jünger lo calificó como “mina para los amantes del conservatismo”.

Su perspicacia interpretativa y su claridad expositiva son tales que hacen tambalearse a las torres más altas del progresismo o del marxismo. Fernando Savater reconoce a menudo el magnetismo intelectual que ejerce y García Márquez confesó: “Si yo no fuera comunista pensaría en todo y para todo como él”.

Por último, hay que leerlo, principal­mente, por puro gusto. El mismo Gómez Dávila advertía: “Lector auténtico es el que lee por placer los libros que los demás solo estudian”.

A menudo, además, nos reta a un duelo intelectual. Si uno se encuentra un escolio romo, ha de leerlo otra vez, porque, dicho con sus palabras, “el lector se cree ante un error.

Y está ante una emboscada”. Aunque lo más genuino suyo es una árida desesperanza ante el mundo mo­der­no, combi­nada con una alegría eterna. El cóctel más explosivo: el máxi­mo de pesimismo con la mayor de las esperanzas.

Botones de muestra

Escribir una reseña de un escritor de aforismos es complicadísimo, porque no hay un argumento o un propósito que resumir, sino miles de ideas comprimidas y de propósitos asumidos.

Como compensación, puede mostrarse el género escogiendo varios ejemplos. Las partes reflejarán el todo. Lean con sus propios ojos:

“El diablo no logra adueñarse del alma que sabe sonreír”

“La plétora de leyes es indicio de que nadie sabe ya mandar con inteligencia. O de que nadie sabe ya obedecer con libertad”

“Todo fin diferente de Dios nos deshonra”

“Todo lo que interrumpa una tradición obliga a principiar de nuevo. Y todo origen es sangriento”

“La más ominosa de las perversiones modernas es la vergüenza de parecer ingenuos si no coqueteamos con el mal”.

“La verdad es la dicha de la inteligencia”

“Mientras lo que escribimos no le parezca obsoleto al moderno, inmaduro al adulto, trivial al hombre serio, tenemos que volver a empezar”

“El mal no triunfa donde el bien no se ha vuelto soso”.

“Aun cuando la desigualdad no fuera imborrable, deberíamos preferirla a la igualdad por amor a la policromía”

“Verdadero aristócrata es el que tiene vida interior”

“Pocos reparan en la única diversión que no hastía: tratar de ser año tras año un poco menos ignorante, un poco menos bruto, un poco menos vil”.

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