“La familia extensa aporta mucho al desarrollo del niño”

 

Muchas familias gozan de una perfecta armonía hasta que el nacimiento del primer vástago siembra discordia entre abuelos, padres y tíos. Sin embargo, la terapeuta familiar Tatiana de Cendra explica a Misión que con tíos y abuelos los niños entablan relaciones personales “distintas a las que tienen con sus padres sin salir de su zona de confort”.

Por Marta Peñalver

Niños-y-familia-extensa

El primer círculo social en que se desenvuelven los niños es su familia nuclear. El recién nacido se relaciona con sus padres y hermanos hasta que, poco a poco, su círculo comienza a expandirse. Por eso, la familia extensa constituye un escenario ideal para una segunda socialización. Como explica Tatiana de Cendra, terapeuta familiar del Centro de Orientación Familiar Reina de las Familias, al convivir con abuelos, tíos y primos,  “los niños entablan relaciones personales distintas de las que tienen con sus padres y hermanos, sin salir de su zona de confort”.  Así aprenden a relacionarse con su entorno social y descubren que no todo el mundo actúa de la misma manera en situaciones similares.

 

Un gran complemento

Los abuelos y los tíos complementan la labor de los padres.  “Aunque se suele decir que los malcrían, lo que hacen, por lo general, es querer de otra manera”, asegura De Cendra. Y añade que  “el amor de los abuelos es distinto al de los padres: se da sin condiciones, prisas ni exigencias” .

Por eso, la percepción de los niños suele ser que cuando están con los abuelos o los tíos no hay que comérselo todo, no hay horarios tan estrictos ni hay que cumplir al dedillo normas de higiene o de orden. A tíos y abuelos no les corresponde educar a los sobrinos y a los nietos, sino quererlos de forma más relajada.  Y al contrario de lo que pueda parecer, y siempre y cuando sean cosas razonables que no perjudiquen al niño, este tipo de relación es muy beneficiosa para los pequeños.

 

Los mimos no son malos

En cuanto a los famosos mimos, De Cendra recomienda verlos desde dos perspectivas:  “Si un familiar acostumbra a regalar un bombón al niño siempre que lo ve, hay dos cuestiones a debatir: por un lado, si es bueno que nuestro hijo coma cierta cantidad de bombones y que pidamos al familiar que limite esa costumbre a días puntuales; y, por otro lado, analizar si la relación adulto-niño queda supeditada a ‘cuando mi abuelo no me da un bombón, no quiero saber nada de él’. En ese supuesto, el adulto debe valorar si quiere condicionar la relación a ese gesto”. En cualquier caso, De Cendra recomienda  “regalar experiencias en vez de juguetes o dulces: los niños recuerdan con más cariño una excursión, un cuento o la historia de cuando papá o mamá eran pequeños”.

 

De igual a igual

La relación niño-adulto la maneja el adulto; en cambio, la relación niño-niño enseña a solucionar conflictos sin mediación.  Y si los hermanos son la primera fuente de socialización entre iguales, son los primos quienes la complementan. Algo especialmente positivo en el caso de los hijos únicos, asegura De Cendra.

Debido al retraso de la paternidad y a los bajos índices de natalidad, hoy muchos niños no cuentan con este segundo círculo de socialización que supone la familia extensa, o se trata de uno muy reducido. Por ello, ante esto De Cendra asegura que  “un niño no tiene por qué desarrollar problemas por no tener familia extensa, pero una familia extensa sana puede aportar mucho al desarrollo del niño”.

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