Noruega: el riesgo real de que te roben a tus hijos

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Los padres de Noruega denuncian su situación y piden a las familias europeas que no renuncien a defender sus valores frente a la imposición de una única moral de Estado.

Por José Antonio Méndez

El pequeño hijo de Ruth y Marius tenía dos meses cuando una pareja de policías y un equipo de agentes del Servicio de Bienestar Infantil de Noruega –el Barnevernet– lo separaron de sus padres, como a sus otros cuatro hermanos mayores. Todos fueron enviados a hogares de acogida, ante la perplejidad de sus padres, que decidieron cooperar para evitar que los funcionarios cumplieran sus amenazas de no volver a verlos.
Nadie había avisado a la familia. El informe del Barnevernet aducía una denuncia que afirmaba –de forma falsa– que los padres maltrataban a sus hijos… y que “sus creencias radicales ponían en riesgo a los niños”. El motivo es que los menores habían expresado en el colegio que su familia no compartía algunos postulados de la ideología mayoritaria en la progresista Noruega. Pero ni Ruth ni Marius Bodnariu forman parte de alguna secta antivacunas, o de un siniestro grupo esotérico, sino que son cristianos evangélicos de origen rumano, con una moral religiosa, provida y profamilia.
La lucha por recuperar a sus hijos duró cinco años (de 2015 a 2019) y les llevó hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. “El terrorífico calvario de la familia Bodnariu representa miles de historias similares en Noruega”, explica a Misión Steven Bennett, un activista austríaco que se dedica a documentar los abusos del Barnevernet, y autor de Stolen Childhood (Infancia Robada).
Secuestro físico y moral
Críos de 12 años que aporrean desde el interior de un furgón policial para que no los alejen de su casa; niños y padres sujetados contra el suelo; bebés arrancados de las manos de sus madres… Las escenas de cómo actúa el Barnevernet hielan la sangre y no son difíciles de encontrar en YouTube (aunque son casi inexistentes en los medios generalistas).Y, como explica Bennett, “este secuestro” –que ha generado crisis diplomáticas con Polonia, Estados Unidos y República Checa, entre otros países– no es solo físico, sino también moral y espiritual, pues responde a un empeño de las autoridades por destruir los vínculos familiares e imponer una moral de Estado: “Quienes siguen religiosamente esta ideología odian el hecho de que otros puedan tener una opinión diferente u otra forma de hacer las cosas”.
Ante semejante atropello, Bennett resume el clamor de los casos que ha documentado para azuzar a los europeos, especialmente a los creyentes: “Algo similar puede ocurrir en otros países, y para evitarlo hay que denunciar y resistir los esfuerzos para aumentar el poder y tamaño de los Gobiernos”. Bennet pide a las familias que no se desesperancen, y que aunque seleccionen bien el colegio de sus hijos, no se atrincheren en guetos privados, ni deleguen en el centro: “Los cristianos tienen la responsabilidad de actuar: ir a las reuniones escolares, al ayuntamiento, participar en asuntos locales, asociarse… La retirada de la sociedad no solo no es bíblica, sino que es imprudente. Si el mundo alguna vez necesitó el testimonio cristiano, es ahora: debemos rechazar las falsas enseñanzas, buscar la salvación de los no salvos, y hablar proféticamente sobre los asuntos importantes”.

Puedes encontrar este artículo en el número 55 de la revista Misión

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