Nosotros, a lo nuestro

110

Por Miguel Ángel Velasco

Lago de Genesaret; barca de los hermanos Simón y Andrés de Bethsaida, al atardecer. Así lo cuenta textualmente Mateo, el recaudador de impuestos de la aduana de Cafarnaúm, recién llamado por Jesús, y que iba con Él a bordo, aquella tarde: “De pronto se produjo una gran agitación en el mar, de suerte que las olas cubrían la nave. Él, en tanto, dormía. Los discípulos le despertaron a grito limpio; ¡Señor, socorro, que nos perdemos! Él les dice: ¡Hombres de poca fe!, ¿por qué estáis acobardados? Entonces se levantó y habló con imperio a los vientos y al mar, y se produjo grande bonanza. Y los hombres se maravillaron diciendo: ¿Quién es este que aun los vientos y el mar le obedecen?”.
Lucas y Marcos, dos becarios de apóstol y evangelista, que diríamos hoy, precisan que la cosa era seria “hasta el punto de inundarse ya la barca”, y que les increpó: “¿Por qué sois tan cobardes?’ ¿Aún no tenéis fe?”.
Ha llovido lo suyo desde entonces. Se han sucedido las tempestades y, muchas veces, da la impresión de que Él, como entonces, se hace el dormido, pero es solo para probar nuestra fe, mejor dicho, nuestra impresionante falta de fe. Así que la cosa es más vieja que la tarara, por mucho que se empeñen en lo contrario los funámbulos de la “acomodación de las estructuras”, los del silencio cómplice ante el genocidio diario del aborto, los que se quejan de la falta de valores que son los primeros en destruir, y los deslumbrantes y deslumbrados descubridores del Mediterráneo, que creen que hasta que ellos no llegaron aquí, aquí no había nada.

“Lo que tú y yo, y cualquier lector de Misión, no hagamos, se queda sin hacer…”

En tiempos de crisis y de purificación de la Iglesia, el testimonio evangélico es lo único que sirve. Si, en vez de hablar tanto de y sobre Dios, habláramos más con Dios, se produciría, sin la menor duda, “gran bonanza”; pero nos encanta discutir, perder el tiempo en memeces: que si hermenéutica de continuidad, o hermenéutica de ruptura, que si climatología indigenista, que si creacionismo de género, que si misericordias selectivas y multiculturales… Es una más de las mil tretas de Satanás y, como dice la oración al arcángel san Miguel,  “y otros espíritus malignos que, para la perdición de las almas, andan merodeando por el mundo”, para hacernos perder el tiempo y conseguir que estemos a todo, menos a lo nuestro.
Mientras Él se hace el dormido, la única manera verdaderamente inteligente, y realmente eficaz, de ser cristiano con todas las consecuencias se resume en estas cuatro palabras: Nosotros, a lo nuestro. Lo nuestro es Él y su Madre. Su amor y su Buena Noticia. Basta. “Sin Mí no podéis hacer nada. Yo estoy con vosotros siempre, hasta la consumación de los siglos”. ¿Nos lo creemos, o no nos lo creemos? Si nos lo creyéramos de verdad, incendiaríamos el mundo. Lo que tú y yo, y cualquier lector de Misión, no hagamos, se queda sin hacer… Nosotros, a lo nuestro.
Ahora que han vuelto a poner de moda, por desgracia tan torticeramente, a don Miguel de Unamuno, resulta extraordinariamente oportuno recordar una esencial afirmación que hace el escritor, en su libro En torno al casticismo:  “Hace mucha falta que se repita, a diario, lo que, a diario, de puro sabido, se olvida”. Es lo que hacían mi abuela y mi madre conmigo, ya desde crío –¡hay que ver qué sabiduría la de nuestros mayores!–: “Niño, a lo que estamos, nosotros a lo nuestro…”     
Caná de Galilea. A los novios de aquella boda, Sara y Eliecer, los carpinteros de Nazaret, José y Jesús, a instancias de María, que era la verdadera pariente invitada, les habían regalado la cama, una mesa y cuatro sillas de cedro, y hasta una cuna que, de momento, se balanceaba vacía. María se ha dado cuenta, antes que nadie, de que se han quedado sin vino y se lo dice a su Hijo, que intenta hacerse el dormido:  “No ha llegado mi hora…”. Bueno, vale; pero María sabe perfectamente lo que hace, está a lo que estamos –nosotros, a lo nuestro–, y les dice a los sirvientes: “Haced lo que Él os diga”. Y ya sabéis todos lo que pasó, ¿no? Bueno, pues eso… Y ¡muy feliz y santa Navidad!