Noviazgo entre adultos: “Y de repente, tú”

Hay veces en que, a mitad de la vida, cuando parece que nada va a cambiar, todo cambia. Es lo que les ha pasado a Ana y José Manuel, y a María y Juan: ellos han encontrado el amor a una edad en que se habían acostumbrado a asistir solos a las bodas de los demás, y a ver crecer a los hijos de sus amigos.

Por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

“Lo bueno de tener cierta edad es que sabes lo que quieres, buscas algo serio y eres consciente de que si empiezas una relación, es para ir a mejor, con perspectiva de formar una familia. No tienes ganas de perder el tiempo, ni de que te vacilen”. Lo dice Ana, de 38 años, que este mes de abril se va a casar con José Manuel, dos años mayor que ella, después de poco más de un año de noviazgo.

Su claridad de ideas contrasta con el modo en que se conocieron, no exento de riesgos, pues entablaron amistad a través de una red social para encontrar pareja. 

“Empezamos a hablar y los dos dejamos claro desde el principio que éramos católicos y que buscábamos a alguien con nuestros valores”, recuerda hoy Ana para Misión.

José Manuel ya había pasado por un par de relaciones largas, “a la espera de que apareciera la chica ideal, que llegaría cuando tuviera que llegar”.

“A mí –dice Ana– la espera se me hizo más larga, porque van pasando los años, tus amigos se van casando y tienen hijos, y el anhelo de encontrar a alguien siempre está ahí”.

Una gracia de Dios

Después de varias conversaciones online, llegó el tiempo de quedar en persona para conocerse mejor. 

Y fue entonces cuando apareció Alguien que dio un mayor impulso a su incipiente proyecto de vida: “Yo tenía muy clara mi fe y quería compartirla con él”, recuerda Ana. José Manuel, menos fervoroso, también deseaba que su futura relación “reprodujera de algún modo el matrimonio de mis padres, a los que siempre he visto tan bien, entre ellos y con Dios”.

Con ese deseo y un Cursillo de Cristiandad de por medio, iniciaron un noviazgo que les ha servido para conocerse mejor el uno al otro y meter en su relación al que es la Roca de todo matrimonio. 

Y aunque una trayectoria de vida más dilatada que la de unos veinteañeros podría haberles complicado más las cosas, ambos coinciden en que su madurez les ha ayudado a vivir con coherencia.

Por eso, han decidido vivir su noviazgo en castidad, “lo que ha sido una gracia de Dios, porque con esta edad todo se podría complicar más, y, en cambio, estamos acercándonos a la boda con mucho respeto y mucho amor. Es algo muy bonito”, afirman.

Ideas claras, relación libre

El camino que están a punto de emprender José Manuel y Ana lo comenzaron no hace mucho María y Juan. Se conocieron cuando él tenía 42 y ella 39. 

“Yo quería compartir mi vida con alguien que tuviera la misma fe que yo; no quería pasarme la vida tratando de convencer a nadie, ni resignarme a no poder hablar claro en temas importantes, o a vivir la relación con menos libertad. Quería una base sólida”, asegura Juan.

“Las cosas buenas –añade María–se disfrutan más cuando se comparten. Y si esto no se da, es más fácil dejarte arrastrar, vivir en un tira y afloja para ver quién convence a quien, discutir más… El día a día, si quieres tener un proyecto en común y educar a tus hijos de la misma manera, puede llegar a ser agotador”.

Novios a los 40

¿Y cómo se vive el noviazgo cuando ambos rozan, o sobrepasan, los 40 años? “Dando lo mejor, hablando mucho, intentando conocernos muy bien, y poniendo los medios para no precipitarnos”, afirman María y Juan.

Otro de los rasgos que suele caracterizar al noviazgo entre adultos es el de la brevedad. Igual que el de Ana y José Manuel, el de Juan y María fue un noviazgo corto, porque  “ambos teníamos la misma visión de la vida y la idea de formar un hogar con hijos, si era la voluntad de Dios”. Y así ha sido: poco más de un año después de conocerse se casaron, y al poco llegó su hijo Íñigo.

Aunque el gran secreto, según dice María, está en haberse ido entrenando antes en la apertura a la voluntad de Dios: “Antes de Juan, yo estaba dispuesta a seguir sola y vivía abandonada en manos de Dios, para lo que Él quisiera. Hay que aceptar la voluntad de Dios cada día y disfrutar de la vida tal como te venga”. 

“¿Un crucero para solteros? No, me voy al Santísimo”

“Mis amigos me dijeron: ¿Por qué no nos vamos a un crucero de solteros? Y dije que no. Ese día me puse delante del Santísimo y el Espíritu Santo me sugirió la idea de organizar unos encuentros para solteros”, dice Daniel Mendaza, un riojano de 44 años que organizó el año pasado el primer Encuentro Nacional para Católicos Solteros, en El Escorial (Madrid), y otro que ha tenido lugar a finales de enero en Logroño.Daniel sabe que conocer a una persona que no comparte los mismos valores es relativamente sencillo, pero que puede traer consecuencias dolorosas a largo plazo: “No dudo de que otras relaciones sean felices, y es normal que haya momentos en los que la gente se siente sola y se apunta al plan que sea, pero es difícil sacar adelante una vocación tan bonita y apasionante como el matrimonio sin sentirte acompañado en tu fe por tu marido o tu mujer”. Estos encuentros sirven “para que la gente se sienta acompañada y encuentre nuevos amigos”, y en ellos se tratan temas de moral sexual o aspectos capitales como la confianza en la Providencia, “porque los católicos solteros tenemos que tener claro que Dios no nos abandona”, señala.

“Quería compartir mi vida con quien tuviera la misma fe que yo, para no resignarme a no poder hablar claro en temas importantes”. Juan

“Los dos dejamos claro desde el principio que éramos católicos y que buscábamos a alguien con nuestros valores”. Ana

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