Noviazgo: “No hay temor en el amor”

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No siempre lo tuve claro. Lo admito.  Tras cuatro años de intenso noviazgo, la decisión de contraer matrimonio se estaba convirtiendo en algo ineludible. La historia pasada y la presente confirmaban que era el momento de dar el paso, pero el miedo me atenazaba por dentro. Temor al “para siempre”, a mi debilidad, a no ser capaz de mantener la palabra dada, a equivocarme, a flaquear con los años… En definitiva, miedo, mucho miedo a que llegara el día en el que le dejara de amar.

Por Isis Barajas

Ilustración: Silvia Álvarez

Casarse es probablemente la decisión más grave que se puede tomar en la vida. No solo porque es un paso irreversible y “hasta la muerte” (¿acaso nos conformaríamos con un amor con fecha de caducidad?), sino porque comprende a la persona entera.

En el matrimonio no doy mi tiempo al otro, ni siquiera le doy mi compañía de por vida; no, le doy mi vida entera, le entrego como regalo la totalidad de mi persona, sin reservarme nada exclusivamente para mí. Dejar de ser uno para convertirse en una sola carne con otro no es una decisión menor.

Dice Juan José Noriega en un artículo contenido en el libro La grandeza del amor humano (BAC) que “el miedo se vence con la esperanza. Y la esperanza nace cuando entendemos que no estamos solos ante el gran desafío de la vida”. Y añade que si hoy los novios tienen dificultad para decidir casarse y prolongan sine die esta etapa de sus vidas no es porque  “hoy sea más difícil y compleja la aventura del matrimonio. Se debe sobre todo a una falta de esperanza”.

Mi esperanza a la hora de tomar esta decisión no vino porque de repente me creyera capaz de cumplir con las exigencias del matrimonio, ni siquiera porque estuviera muy segura de lo mucho que amaba a mi novio y de que lo nuestro sería eterno porque lo lucharíamos hasta el final.

Mi esperanza vino porque comprendí que la persona que iba a hacer posible esa unión no era yo, ni siquiera él, sino que el garante de nuestro matrimonio iba a ser Otro. Y eso fue un tremendo alivio. Si la cosa dependía únicamente de nosotros, mejor era ir haciendo otros planes.

“El amor vence siempre”, decía san Juan Pablo ii en Santiago de Chile en 1987,  “aunque en ocasiones, ante sucesos y situaciones concretas, pueda parecernos impotente. Cristo parecía impotente en la Cruz… ¡Dios siempre puede más!”. Por eso  “no hay temor en el amor”  (1 Jn 4, 18), el verdadero amor ahuyenta los miedos, los expulsa y nos hace mirar hacia delante con esperanza.

En el amor no cabe el temor al fracaso, no cabe el miedo paralizante a un nuevo hijo, no entra la angustia ante la enfermedad, ni tampoco hacia la vejez o la muerte… El amor vence siempre, porque Dios, ciertamente, siempre puede más.