Pa…cien…cia: Basta, ¡no puedo más!

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Paciencia Revista Misión

Todos pensamos que somos pacientes hasta que nacen los hijos. Criarlos no es, en absoluto, una tarea sencilla. Y menos si permitimos que nos saquen de nuestras casillas. Para que ellos sean pacientes, primero hemos de serlo los padres. Pero ¿cómo lograrlo?

Por Mar Velasco e Isabel Molina Estrada

–Mamá, tengo calor.
Efectivamente, hace calor, pero mamá sabe que el problema no es el calor, sino la picardía del retoño que acaba de ver el puesto de los helados.
–No te preocupes, hijo, ahora al llegar a casa bebemos agua.
–No quiero agua, quiero un helado.
–Cariño, ya vamos a merendar.
–¡Pero quiero el heladooooo!
La escena continúa con el retoño retorciéndose y sin atender a razones. Mamá, que ya venía cansada, tira de amor y heroísmo e intenta explicarle buenamente cómo son las cosas. Al llegar a casa el retoño se pelea con su hermano. La gota colma el vaso: la ira nos invade. La paciencia –la castigada paciencia– nos abandona y se nos escapa una barbaridad de aquellas de las que al segundo ya nos estamos arrepintiendo… ¡Ha llegado la hora de ejercitar la pa-cien-cia!

Martín F. Echavarría, director del Departamento de Psicología de la Universitat Abat Oliba CEU, de Barcelona, advierte de que hoy los padres están sometidos a muchos factores estresantes, porque el mundo laboral es complejo y exigente, y surge la tendencia a descargar las frustraciones con los niños, ya en casa.  “Es un mecanismo complicado de evitar, porque depende de condiciones que no están en nuestras manos. Además, hoy los problemas del trabajo se meten en casa por la ventana del móvil”.  Para evitarlo, recomienda  “cortar con el trabajo al volver a casa, centrarse en la familia y, dentro de las limitaciones de cada uno, cultivar la interioridad y la espiritualidad”.

No son nuestros rivales
El cansancio, el nerviosismo y el estrés tampoco ayudan, así que para no perder el control –ni el autocontrol–, es bueno seguir nuestro decálogo para padres impacientes.
Es muy importante no olvidar que la mayoría de las veces no son los hijos quienes retan a los padres, sino que son los propios padres quienes se desesperan porque su ritmo de vida acelerado choca con la lentitud propia de la infancia. Sin embargo, esa lentitud suele ser un buen síntoma, porque el desarrollo evolutivo y neuronal de los niños, hasta casi concluida la adolescencia, les hace vivir en el presente más que en lo que toca después. Así, no ver al hijo como un rival de nuestra vida acelera ayuda a ser más pacientes.
A veces los hijos ponen a prueba con más intensidad la paciencia de sus padres si notan que estos intentan hacer un mayor ejercicio de autocontrol. ¿Por qué? Para probar los límites y la incondicionalidad familiar. En cualquier caso, quien pierda el control perderá la partida.
Socorrista, no superhéroe
En su bestseller El cerebro del niño (Alba Editorial, 2012), Daniel J. Siegel emplea un símil muy útil para ser pacientes: en mitad de una rabieta o de un desafío, conviene mirar al hijo como un socorrista mira a quien se está ahogando en su propio oleaje emocional. No se trata de alejarse y mirar a otro lado; ni de dejar que se hunda; ni tampoco de abroncarlo por el megáfono por saltarse la bandera roja. Lo más eficaz es  “acercarte nadando a tu hijo, rodearle con los brazos y volver nadando a la orilla antes de decirle que la próxima vez no se aleje tanto”.  “Te harás un gran favor y se lo harás a tu hijo si conectas con él antes de redirigir su comportamiento”, añade.
Tiempo al tiempo
¿Y esto no les hará más débiles? No, razona Siegel, porque no se trata de ceder ante sus caprichos, sino de tener la certeza de que su desarrollo es progresivo, y de que es cuestión de tiempo que llegue a integrar de forma natural las emociones que hoy no logra controlar.

Ser pacientes no quiere decir que los padres tengan que aspirar a tener una coraza digna de superhéroe.  “La paciencia es la virtud por la cual toleramos las frustraciones y contrariedades que padecemos a causa de las relaciones con los demás”, recuerda Echavarría. Pero “no es soportar el mal porque sí; no es masoquismo o introversión patológica. La vida supone tolerar frustraciones que proceden de que somos imperfectos y nos causamos problemas. A veces hay que combatir estos problemas, pero, otras veces, la promoción de un bien mayor supone que nos toque soportarlos”.

Darse un respiro, esperar… A aquellas cosas que no dependen estrictamente de uno, hay que darles tiempo. Algo que convierte la virtud de la pa­ciencia en la educación en una carrera de fondo. Para lograr ser paciente, no hay que impacientarse.

Por etapas
Ser pacientes con los niños conlleva un reto adicional: su propia impaciencia pone a los padres de los nervios. Conviene conocer cuán pacientes podemos esperar que sean en cada etapa.
A un bebé la espera le causa pánico. Así que es importante tratar de responder cuanto antes a sus necesidades.
De 1 a 3 años: El niño no sabe ponerse en el lugar del otro ni controla la noción del tiempo: distingue entre hoy y mañana, pero vive en el presente, y cinco minutos le pueden parecer un siglo. De ahí sus rabietas. Corrígele con cariño y empatía, y trata de distraerle.
De 4 a 6 años: Ya comienza a comprender el concepto de tiempo y podemos empezar a educarlo en tolerar las pequeñas esperas.
Entre los 6 y los 7 años: El desarrollo de la capacidad de abstracción va en aumento, lento y progresivo, hasta su desarrollo pleno en la adolescencia. Esta capacidad de abstracción, indica el profesor Echavarría, “ayuda a superar el placer del aquí y el ahora en vistas de algo que en este instante no se tiene, pero que aparece en el horizonte cognitivo como algo posible”. El cultivo de la capacidad abstractiva es el cimiento que hace posible la paciencia: “Cuando el niño aprende a respetar los ritmos de casa y del cole, a posponer la satisfacción inmediata de los deseos, y a soportar pequeñas molestias, empieza a sentar las bases de lo que será la paciencia”, explica el profesor.

 

Claves para padres impacientes
1. Sé paciente contigo mismo: No te exijas resultados inmediatos. Y, luego, sé paciente con quienes te relacionas: ¡incluso con el conductor que se te echa encima en la rotonda!
2. Aléjate del foco del problema para evitar estallar: Aunque sean solo segundos, respira hondo, date la vuelta y no dejes que te invada la ira. Trata de desconectar “físicamente” del foco de tensión (da tres o cuatro pasos, cambia de postura…) antes de reaccionar.
3. Piensa como un niño. Ponte en su lugar, recuerda cuando te pasaba a ti lo que le ocurre a él. Agáchate, mírale a los ojos por debajo de su línea visual, tócale con suavidad, siéntate a su altura, sé empático y dile que le entiendes. Si está en una rabieta, eso hará que no te vea como un ogro que trata de amordazarlo justo cuando sus neuronas están descontroladas.
4. Ojo al cansancio: No intentes arreglar nada si estás cansado. Díselo claramente: “Mamá está cansada; papá necesita descansar”.
5. No quieras controlar hasta el más mínimo detalle. A veces los padres pecamos de autoexigentes y exigimos demasiado a los hijos. Muchas peleas surgen por nimiedades. Piensa qué normas pones y por qué las pones.
6. No negocies ni discutas en pleno momento de rabia. Si tus hijos se están pegando, sepáralos. Manda a cada uno a una habitación sin mediar palabra. Los niños entenderán que han hecho algo mal. Luego podrás hablarlo con calma.
7. Busca consecuencias educativas: La paciencia camina junto a la exigencia. ¿Han manchado? Que limpien. ¿Se empeñan en no recoger? No recojas hasta que vean que no lo harás por ellos.
8. Haz ejercicio físico y suelta adrenalina. Reserva un tiempo, por pequeño que sea, para ti. Si te sientes bien, transmitirás bienestar a tus hijos.
9. ¡Ten caridad! Ejercita la virtud de la caridad con los defectos de los demás.

 

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