Padre e hijo ordenados diáconos

Los dos se llaman David, los dos son diáconos y los dos fueron ordenados en la misma ceremonia. El próximo 10 de diciembre, David Jr. se convertirá en sacerdote Legionario de Cristo en una ceremonia en la que su padre servirá como diácono permanente. Una historia de vocación y fe en la Providencia fraguada en el hogar.

Por Ángeles Conde Mir

Cuando David Parker abandonó el seminario, en 1981, tras conocer a Denise, su futura esposa, uno de los sacerdotes “reprochó” cariñosamente a la joven que les hubiera “robado” a un candidato: “Te has llevado a uno de los nuestros, así que tendrás que darnos a uno de los tuyos…”.

Como si de un auténtico profeta se tratara, aquella broma, con los años, se convirtió en realidad… Y con un añadido. No solo el primo­génito de David y Denise, David Jr., sería sacerdote, sino que el propio David padre cumpliría con un anhelo deseado durante mucho tiempo: ser ordenado diácono permanente.

El pasado 7 de mayo tuvo lugar la ceremonia de ordenación diaconal, en la catedral de la diócesis estadounidense de Green Bay, al sur de Wisconsin, y fue presidida por un tercer David: el obispo diocesano David L. Ricken. Gracias a la acción del Espíritu Santo, padre e hijo fueron consagrados en el primer grado del orden sacerdotal –el diaconado– y afianzaron aún más su lazo paterno filial: “Cuando estaba postrado en el suelo durante las letanías de los santos, recé por mi padre. En ese momento, comencé a llorar. Sentí que no merecía esa gracia, pero el amor de Dios es tan grande que me permitió vivirlo”, asegura a Misión David Jr.

Para David padre, la sensación fue similar: “Me sentí tan orgulloso de mi hijo… Ser ordenado en la misma ceremonia ha creado entre nosotros una cercanía que no puedo explicar”.

Aquel día, el primero en recibir “la primera bendición que pronunciamos juntos fue a mi abuelo. Me di cuenta, entonces, de las maravillas que obra Dios en su Providencia”, asegura el joven.

Una doble vocación

Dios ha tejido con paciencia y mimo la historia de los Parker desde que David padre se plantease ingresar en la orden premonstratense hace ya treinta y cinco años. En ese periodo, comprendió que su vocación no iba por la senda de la vida religiosa, y conoció a Denise, con la que ha formado una familia de doce hijos. En su corazón, sin embargo, seguía presente la llamada del Señor a servirlo desde la diaconía. Esa idea maduró y a punto estuvo de materializarse en el año 2005. Pero Dios tenía otro plan para la familia Parker, un “plan” que nació en mayo de 2006 con el nombre de Ava, una de sus hijas. David decidió, por ello, posponer su diaconado. Para entonces, David Jr. llevaba ya dos años en el seminario de los Legionarios de Cristo.

Los caminos de la vocación de este padre y este hijo discurren paralelos y, en algunos momentos, se entrelazan. Fue a los 18 años cuando David Jr. dio definitivamente su “sí” al Señor, tras conocer los grupos del movimiento Regnum Christi gracias a una de sus tías y después de pasar unos años centrado únicamente en sus estudios, el deporte y la universidad.

“Yo no hacía más que posponer la decisión. Fue Denise, mi mujer, quien me dijo que había llegado el momento”, afirma David padre”

Gracias a sanJuan Pablo II

Un viaje a Roma resultó determinante para David Jr. Aunque era difícil costearlo, su padre hizo todo lo posible para que su hijo pudiera viajar a la Ciudad Eterna desde Estados Unidos: “Mi padre me pidió que confiara en Dios”, explica. Durante ese viaje, la vida de David Jr. se transformó gracias a un santo. “En la misa del 1 de enero de 2003, san Juan Pablo ii pasó delante de mí. Vi a un hombre que dio todo, incluso sus últimos días, para mostrar el amor de Dios. En ese instante, pensé: ‘¿Cómo no voy a ser generoso yo contigo, Señor?’. Fue en ese momento cuando dije ‘sí’ al sacerdocio”.

Este 10 de diciembre, David Jr. será ordenado sacerdote. Ese día, su padre servirá como diácono en la ceremonia. “Dios ha planeado esto desde el principio –cuenta a Misión David padre– y, por eso, me siento honrado al poder participar en ello de este modo”, concluye.

El papel de dos mujeres

Todas las maravillas que ahora relatan no habrían podido suceder sin la “cooperación” de dos mujeres. La primera, la Virgen María, a la que sus padres consagraron a David Jr. al nacer y a quien él mismo se ha confiado en su ministerio. Y la segunda, Denise, la madre que, como la propia María, “iba guardando todas las cosas en su corazón”. Su marido la describe como “la mayor bendición que Dios me ha dado en la vida: ha sido mi fuerza, el amor de mi vida y la madre de mis hijos. No sería quien soy sin su amor”.

Además de ser “el pegamento de la familia”, Denise ha ejercido un papel fundamental en la vocación diaconal de su esposo: “Mi mujer y mis hijos me han apoyado enormemente”, reconoce. Y, como también hizo la Virgen al animar a Jesús a que convirtiera el agua en vino en las bodas de Caná, aunque “aún no había llegado su hora”, Denise hizo lo propio con su marido: “Yo no hacía más que posponer la decisión. Fue ella la que me dijo que había llegado el momento”.
Su hijo, David Jr., ha pasado los últimos años en Roma, estudiando en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, dirigido por los Legionarios de Cristo y el movimiento Regnum Christi. Y, gracias a esto, el pasado mes de marzo tuvo la oportunidad de contarle al Papa Francisco esta singular historia de doble vocación familiar y recibir su bendición.

“Él hará el resto”

Para los jóvenes que sientan la llamada al sacerdocio o a vida consagrada, David Jr. tiene un mensaje de confianza, pues recuerda que “el primer ‘sí’ que recibimos fue el de Cristo y, por eso, en la experiencia personal con el Señor podemos comprobar que el amor supera cualquier miedo y nos permite abrir el corazón a esa llamada”.

También para quienes, como David padre, sientan resonar en su corazón el eco de una llamada, el diácono permanente asegura que “Dios es muy paciente con sus hijos” y relata su propia historia: “Yo era el que menos merecía esta llamada, pero Dios conoce mi corazón, mis debilidades y, también, mis fortalezas. ¡Así que nunca es tarde para responder ‘sí’ a Dios! Simplemente, dile: ‘Señor, soy tu siervo, que escucha’. Él hará el resto…”.

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