Hace poco el Papa Francisco decía que “si la educación familiar reencuentra el orgullo de su protagonismo, muchas cosas mejorarán, para los padres inciertos y para los hijos decepcionados”. Ser protagonistas es tan sencillo como ponerse en primera línea en la educación de los hijos, lo cual no quiere decir ser padres ‘perfectos’. Lo importante es saber que el papel de los padres es prioritario: todos los demás personajes que intervienen en este gran proyecto –el colegio, los abuelos, los amigos y hasta los ‘expertos’– están ahí para ayudar a los padres a desempeñar su misión insustituible.

Por Isabel Molina Estrada

Desde hace varios años venimos asistiendo a lo que podría llamarse la “profesionalización” para ser padres. Ya no bastan el sentido común y el deseo de hacerlo bien, sumados a la responsabilidad que imprime tener un hijo y, por consiguiente, estar dotados de la capacidad de educarlo. Están surgiendo programas, cada vez más sofisticados, para formarse en la “difícil” tarea de educar. A la vez, sobreabundan los congresos, las mesas redondas, los debates… además de instituciones y expertos, dispuestos a echar una mano a esta generación de padres a la que, aunque no parece escapársele ni el más mínimo detalle en la crianza de sus hijos, se encuentra a punto de naufragar en un mar de “recetas” para que sus hijos crezcan felices, inteligentes, con una sólida autoestima, y, en definitiva, como seres humanos “fuera de serie”.
Según un estudio de My World para Gestionando hijos -www.gestionandohijos.com- publicado el pasado mes de junio, un 85 por ciento de padres y madres “cree que le vendría bien tener más información para su labor educativa”, “tres de cada diez se confiesan perdidos en la educación de sus hijos” y la gran mayoría “muestra un enorme interés por hacerlo mejor y prepararse para ello”. Los padres buscan ávidos las últimas guías de “expertos” que dicen conocer los adelantos más recientes respecto al desarrollo del niño.
Ante esta obsesión, el filósofo navarro Gregorio Luri Medrano, pedagogo y padre de dos hijos, comenta en su libro Mejor educados: el arte de educar con sentido común (Ariel, 2014) que “en esto de ser padres siempre se había sabido que no hay profesionales, sino aficionados, con mayor o menor fortuna, dispuestos a enfrentarse al reto de educar a una criatura con esperanza, optimismo y disposición de aprender de los errores y… suerte. Pero aunque siempre se había sabido, ahora lo estamos olvidando”. Uno de lo síntomas de este fenómeno es que hoy en día los hijos ya no son recibidos como un regalo de Dios, contando con su ayuda providente. Luri afirma que cada hijo se “programa” minuciosamente y, para estar a la altura de esta responsabilidad “meticulosamente elegida”, los padres cada vez se exigen más a sí mismos: han de sentirse capaces de asumir “las consecuencias del acto programado de tener un hijo y el precio a pagar por ello”.
Sin embargo, ser padres puede perfilarse como una labor jubilosa, a la que es posible enfrentarse con humildad, reconociendo que se sabe mucho menos de lo que se pensaba y que no por ello hay que ser un “profesional” de la educación para emprender esta misión con esperanza. Además, hay que confiar en que se contará con las suplencias necesarias –en recursos materiales y espirituales– para conducir a los hijos a buen puerto.
Educar con hechos
En una de sus catequesis sobre la familia, el pasado 20 de mayo, el Papa Francisco decía que los padres se “encuentran como paralizados por el temor a equivocarse”. Y explicaba: “Los síntomas son muchos. Por una parte, hay tensiones y desconfianza entre padres y educadores; por otra, cada vez son más los ‘expertos’ que pretenden ocupar el papel de los padres, los cuales quedan relegados a un segundo lugar”. No se trata de evitar a toda costa la ayuda de los expertos o los buenos conocimientos para tener una visión clara e ir resolviendo ciertas situaciones con los hijos. El problema radica en obsesionarse y en plantear la educación como si fuera un problema que han de resolvernos los expertos, pues nada está más lejos de la realidad…
El profesor italiano Franco Nembrini, autor de El arte de educar, de padres a hijos (Encuentro, 2014), explica a Misión que en ciertos casos puede ser útil recurrir a un experto, pero no a quien se hace llamar ‘experto’ por haber estudiado y escrito libros, sino a quien ha vivido una experiencia. Y añade: “Educar no es una ‘preocupación’ que hay que tener. Es, ante todo, ‘dar testimonio de un hombre viviendo’”.
Nembrini, quien se considera a sí mismo de manera inseparable como “educador, profesor y padre (de cuatro hijos)” cuenta una bella anécdota de su padre, a quien de niño él admiraba con devoción: “Aunque era un hombre de pocas palabras, yo pensaba: ‘Mi padre es un hombre grande; cuando yo sea mayor, quiero ser como él’. Por la noche, entraba en la habitación donde dormíamos los siete chicos –teníamos, además, tres hermanas–, se arrodillaba y rezaba el Padrenuestro. Tenía clarísimo que lo recitaba porque era importante para él. Y, como era importante para él, nos lo hacía rezar también a nosotros. Nos proponía participar de aquello, de Aquel que hacía buena su vida”. Por eso, el educador italiano asegura que “la esencia del arte de educar está toda aquí: en hacer experiencia del bien, de la belleza y de la felicidad en la propia vida”. El educador se dedica a mostrar con hechos –no solo con palabras– una experiencia positiva, y el niño, por su parte, lo observa. “Puede parecer que está haciendo otra cosa, pero nos mira siempre por el rabillo del ojo”. Y al mirar, pide respuesta a una pregunta: “‘Papá, mamá, ¿por qué vale la pena vivir?’. El verdadero problema para educar es ‘ser capaces de ofrecer una buena razón para vivir’”, afirma con rotundidad.
¡Superar el autoexilio!
Para educar con la propia vida, es necesario estar listos para “perder” el tiempo con los hijos. El Papa comentaba en otra ocasión que hoy nos encontramos en una sociedad donde los hijos a menudo están “huérfanos”, aunque tengan una “familia”. Los padres están ausentes de casa, incluso físicamente, pero sobre todo porque, cuando están, no se comportan como padres, no dialogan con sus hijos, no cumplen con su tarea educativa, no transmiten con su ejemplo a los niños, acompañado de las palabras, aquellos principios, aquellos valores, esas reglas de vida que necesitan como el pan.
Esto lo ha vivido de cerca Antonio Sastre, coordinador de formación integral de los colegios del Regnum Christi en España y padre de cinco hijos: “Cada vez se hace más difícil educar, transmitir unos valores sólidos y, como consecuencia, muchos educadores desertan de su misión, se cansan y abandonan, o lo hacen de manera rutinaria y aséptica, en el caso de los docentes. Los padres les pasan la patata caliente a los docentes, y ellos, a su vez, se quejan de que los padres no ayudan”. No es de extrañar entonces que el Papa Francisco haya animado a la familia a reencontrar el orgullo de su protagonismo en la educación: “Es el momento de que padres y madres regresen de su exilio –porque se han autoexiliado de la educación de los hijos–, y reasuman plenamente su papel educativo”.
Sastre, quien trata con padres de familia todos los días, los escucha lamentarse de lo difícil que resulta conciliar la vida laboral y familiar. “Muchas veces los padres se escudan en ese argumento y delegan excesivamente en la escuela la responsabilidad de educar, como si fueran víctimas de un sistema injusto que no deja tiempo para la vida familiar”. Sin embargo, él está convencido de que no se concilia mejor porque no se quiere: “Hay que tomar decisiones difíciles y renunciar, tal vez, a un trabajo que exige muchas horas. Cuando los niños son pequeños, es posible que la madre tenga que aparcar temporalmente su carrera. La presencia de la madre en los primeros años es insustituible. Y, en general, la presencia y el compromiso de los cónyuges es esencial siempre”, afirma.
El mejor padre
Ángel Barahona, padre de cuatro hijos y director del área de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria, acudiendo a una cita del libro de Richard Senett La corrosión del carácter (Anagrama, 2010), explica que hoy “no sabemos en qué consiste nuestro modo de ser en el mundo, sumidos en la inseguridad laboral, en los cambios vertiginosos por los que nos vemos zarandeados, la pérdida de los referentes culturales y religiosos […], menos aún lo que debemos o podemos enseñar a nuestros hijos”. Por eso, concluye que “los padres no se sienten tan seguros como se supone que tendrían que estar. Notan que la tierra tiembla bajo sus pies, que el mundo cambia y que su lugar en él se modifica… y empiezan a temer que no servirán para la encomienda”. Nembrini, por su parte, insiste en devolverles la confianza. “Siempre le insisto a los padres en que cada uno de ellos es el mejor padre y la mejor madre para sus propios hijos, por la simple razón de que es Dios quien se los ha dado. Y a esto añado que en la educación no existe un libro de instrucciones, porque cada uno educa sencillamente a partir de sí mismo, y los hijos respiran la concepción vital de los padres y punto”.
De igual manera, Catherine L’Ecuyer, madre de cuatro hijos y autora de Educar en la realidad (Plataforma, 2015), está convencida de que lo importante es que los padres logren recuperar la sensibilidad que les viene dada por el hecho de ser padres. “Esa sensibilidad –explica– se desarrolla a base de estar con los hijos para percibir sus necesidades. La sensibilidad es, según los estudios, el mejor predictor del buen desarrollo de un niño, porque los padres sensibles son capaces de sintonizar con lo que necesita el niño, que no es lo mismo que lo que el niño ‘pide’”. Y añade: “Discernir entre lo que pide un niño y lo que requiere su naturaleza es una de las tareas más her­mosas, y a la vez más arduas, en la edu­cación, porque exige tiempo. Y como jugamos con desventaja en ese sentido, es fácil caer en buscar ‘la receta rápida’ o ‘el manual de pautas’”.
Adiós a las ‘recetas’
L’Ecuyer anima a los padres a “decir un ‘no rotundo’ a la industria del ‘consejo empaquetado’, que vende recetas para solucionar ‘problemas’: cómo dormir al niño, cómo lograr que obedezca… Las recetas rápidas son ‘pan para hoy y hambre para mañana’ y los manuales responden al paradigma conductista de qué hacer, cómo y cuándo, para que mi hijo haga lo que los expertos me dicen que tiene que hacer”. Hace falta superar los “cómos” y llegar a los “porqués” y a los “para qués” de la educación, pues “educar es enseñar el camino para que otro busque y encuentre la perfección de la que es capaz su naturaleza”.
Pero, ¿sí es posible encaminar a los hijos hacia esa dirección? Nembrini, Sastre y Luri coinciden en que lo primero que necesitan los padres es tranquilizarse. Saber que son falibles, que se van a equivocar, y que no pasa nada. De hecho, en una entrevista publicada en ABC Familia en enero de este año, Luri decía que “los padres sentimos un gran peso sobre nuestros hombros, pensando que si nos equivocamos en la educación vamos a crear unos traumas terribles en nuestros hijos. Y no es verdad. Los niños y los adolescentes no necesitan ni quieren educadores perfectos, quieren educadores que les quieran, y por quienes sentirse queridos. Y si un educador se equivoca, lo que tiene que hacer es reconocerlo y pedir perdón, lo cual, por cierto, es supereducativo. Que a un niño o un joven le pidan perdón sus formadores, contra lo que pueda parecer, da a estos mayor crédito”.
Por su parte, Barahona asegura que no es baladí volver a entender que los hijos son un regalo inmerecido del Cielo: “Si son un don, suponen un motivo para estar agradecido al que otorga el don; si son un don, no son objeto de posesión, sino de disfrute, cuidado y atención libres de obsesiones o de proyecciones, porque el que lo da, lo puede quitar. Nuestra vida y la suya no están aseguradas en su posesión, sino en la misión temporal que se nos ha encargado”. Conscientes de– esta idea clave, Bara­hona anima a los padres a buscar inspiración en la Palabra de Dios: “En ella está expresada toda búsqueda sincera de la verdad, toda garantía de reconciliación perenne, toda corrección, toda libertad en el acto de educar, toda autoridad, todo consuelo en el llanto y toda forma de expresar la alegría…”.
El educador italiano anima a los padres a no mostrarse perfectos ante sus hijos, pues, además de ser una terrible mentira, es antieducativo. “El hijo que tiene delante a una madre perfecta o a un padre perfecto, impecable, se sentiría inadecuado –que es la enfermedad de los jóvenes de nuestro tiempo, que sienten que no están a la altura de un modelo abstracto–. En lugar de eso, es una liberación ver que mi padre y mi madre son pobres como yo, frágiles como yo, pecadores como yo, y que su alegría no se basa en su coherencia, sino en la certeza de que su mal ha sido perdonado. Y, entonces, puede ser perdonado también el mío”. Por eso para Nembrini el otro nombre de la educación es misericordia: “Lo repito siempre: es la misericordia de la que hago experiencia, yo adulto, abrazado a mi pecado, y que por eso puedo ejercer con los niños… No en vano la mejor imagen del educador que conozco es la del padre de la parábola del hijo pródigo”.
“Siendo los padres los primeros educadores de sus hijos, ¿cómo es posible que muchos de ellos hayan llegado a la conclusión de que son incompetentes?”, se pregunta Catherine L’Ecuyer. Esta madre de cuatro hijos y autora de Educar en el asombro (Plataforma, 2012) y Educar en la realidad (Plataforma, 2015) comenta a Misión que “los padres recibimos cientos de consejos no solicitados y, con ellos, la primera dosis de baja autoestima parental pocas horas después del parto. La segunda dosis nos llega en forma de profecía de fracasos: ‘No podrás impedirle que tenga un móvil a los doce años porque ya todos lo tienen’. Y entonces, pensamos que ‘mejor ni lo intentamos, porque es una batalla perdida’”. Esta conclusión, según L’Ecuyer, es el preámbulo de todos los desastres educativos, porque supone la abdicación del derecho de los padres y su correlativa obligación de actuar como primeros educadores de sus hijos, que además puede llevarlos a confiar ciegamente en terceros para educar. Ella recomienda a los padres hacer oídos sordos a este tipo de mensajes, pues el “todo el mundo lo tiene o lo hace” nunca pueden ser un criterio sólido. “Hemos de enseñar a nuestros hijos que lo que está mal, está mal, aunque lo haga todo el mundo. Y lo que está bien, está bien, aunque no lo haga nadie. Lo mismo vale para la verdad y la belleza, que tienen fuerza en sí mismas, no porque haya un consenso”.
L’Ecuyer concluye que ser padres es heroico porque, por un lado, no es posible tirar la toalla al educar y, por otro, hay que hacerlo de forma desprendida, porque los hijos no son propiedad de sus padres: “Tal como decía la beata Teresa de Calcuta: ‘Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo, en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado’”.

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