El perdón te hace libre

Un familiar a quien hemos herido, un compañero que nos ha calumniado, un vecino que nos hace la vida imposible… La experiencia de haber sido ofendido, y, también, la de haber hecho daño a otros, es universal; tanto como difícil nos resulta en ocasiones pedir perdón o darlo.

Tal como explica la psicóloga Elena Sánchez Chamizo, experta en terapia del perdón, “la rabia, la ira o la hiperculpabilidad que surgen tras una ofensa pueden robarnos la paz, generar ansiedad e, incluso, conducirnos a una depresión”. Sin embargo, con el arrepentimiento y el perdón, nuestra vida puede dar un giro de 180 grados.

 

Por José Antonio Méndez

Cuando era niño, Pelayo se acostumbró a las constantes humillaciones de su padre. Daba igual que se encontrasen solos en casa o que delante hubiese otros familiares o compañeros del colegio: las vejaciones y los menosprecios eran constantes e iban taladrando su alma. “Esa violencia verbal es como una paliza que no te deja marcas visibles, pero que, sin embargo, va haciendo mella en tu interior”, explica ahora Pelayo, cerca ya de los cuarenta años. La situación era aún peor cuando su padre se emborrachaba, porque a los insultos les seguía una paliza a golpes de correa. La relación con su madre también estaba cuajada de carencias afectivas, por lo que los sentimientos de indefensión y resentimiento eran cada vez más punzantes.

Este cuadro de injusticias terminó por desembocar en odio contra sus propios padres. Su rabia y su sed de venganza eran de tal calibre que llegó a desear la muerte del cabeza de familia. Y, lo que es peor, Pelayo terminó por repetir los comportamientos que tanto le habían dañado: peleas, desapego, alcoholismo… Con poco más de veinte años, su vida parecía abocada a un fracaso sin remedio y a un odio sin expiación.

Aunque la de Pelayo es una de esas historias que llevan a un ser humano hasta el límite, comparte ingredientes con una experiencia universal: la de ser dañados y dañar a otros. “Todos, en mayor o menor medida, tenemos ofensas que perdonar a los demás y cosas por las que pedir perdón”, explica la psicóloga Elena Sánchez Chamizo, especialista en aplicar la psicología del perdón a la práctica clínica. A fin de cuentas, ¿quién no encuentra en su entorno casos de hermanos que no se hablan tras una ofensa, amigos que han traicionado a otros amigos, jefes que humillan a sus empleados, cuñados que no se soportan o matrimonios infieles? Estas Navidades, ¿quién no va a tener la duda de hacer esa llamada incómoda o la incertidumbre de compartir –o no– la cena con ese amigo o aquel otro familiar?

Sánchez Chamizo, que se ha formado en la llamada “terapia del perdón” en el Institute for the Psychological Sciences de Washington D.C., explica que, “aunque el perdón es una virtud que muchos asocian solo al ámbito religioso y moral, en las últimas décadas, cada vez son más las investigaciones que integran el perdón en la psicología clínica, porque, aunque no se crea en Dios, la capacidad de perdonar y pedir perdón tiene muchísimas consecuencias en la salud mental y física”.

Tanto es así que los psicólogos norteamericanos Robert Enright y Richard Fitzgibbons, catedráticos de la University of Wisconsin–Madison y creadores del International School Of Forgiveness, han llegado a demostrar científicamente que nuestra capacidad para perdonar y pedir perdón influye en el ritmo cardíaco, en los hábitos del sueño y en la propensión a ciertas enfermedades.

Pero ¿por qué cuesta tanto?

La pregunta es la siguiente: si perdonar y pedir perdón es tan importante y necesario, ¿por qué nos cuesta tanto? Jesús Higueras, sacerdote con una amplia formación y experiencia en el acompañamiento de seglares, y uno de los “misioneros de la misericordia” nombrados por el Papa Francisco para el Jubileo de la Misericordia que se acaba de clausurar, asegura que no hay motivos para escandalizarse ante esta dificultad: “Es natural que nos cueste perdonar y pedir perdón.

En el primer caso, porque en todo corazón humano hay escrito un deseo de justicia (que consiste en dar a cada uno lo suyo) y si nos hacen algo que creemos no merecer, lo natural es que surjan la ira, la rabia y la antipatía, que son reacciones inconscientes. En el segundo, porque reconocer que obramos mal y que nos equivocamos exige grandes dosis de humildad”.

El factor cultural tampoco ayuda, pues, tal como afirma Higueras, “en nuestra sociedad se promueve la desculpabilización, es decir, la renuncia a sentirnos culpables por el mal que hemos infligido”. Se trata del frecuente “yo no me arrepiento de nada, y lo hecho, hecho está”. En realidad, “solo los psicópatas son incapaces de reconocer que se equivocan, de arrepentirse y de empatizar con el sufrimiento ajeno, por lo que la capacidad de asumir nuestra culpa es algo necesario para el progreso moral del hombre”, explica.

Atrincherados en nuestro ego

El problema surge cuando, pasados los primeros momentos de dolor ante una ofensa –o de vergüenza por haber obrado mal–, nos atrincheramos en esa postura. “Cuando no te arrepientes de lo que has hecho –afirma Sánchez Chamizo– y te escudas en el ‘todo el mundo se equivoca’; cuando no pides perdón por vergüenza y cuando te niegas a perdonar a quien te ha ofendido porque lo consideras inferior a ti, lo que hay en el fondo son sentimientos de superioridad y narcisismo”.

Y añade: “Todos tenemos nuestro ego, pero, a veces, uno se quiere más a sí mismo que a la realidad. Esto nos impide reconocer nuestra culpa, ver en el otro algo más que sus malas acciones, y hasta magnificar la ofensa que nos han hecho, lo que termina por ocasionarnos sentimientos de prepotencia que favorecen el individualismo”.

Pelayo lo confirma desde su experiencia, que relata en el libro Si no puedes perdonar, esto es para ti (LibrosLibres 2016), escrito por sor Leticia, una de las monjas dominicas autoras de los famosos “Retos del amor” que se difunden a través de grupos de WhatsApp: “Yo juzgué y odié a mi padre. Antes de beber, me creí superior a él. Cuando juzgo a una persona, me creo superior a ella: ‘Si yo fuese tú, no haría eso’. O sea, que me sentía por encima de él. Hasta que un día cometí los mismos errores que mi padre”. La similitud con él era, en realidad, mucho más profunda que el hecho de acabar repitiendo sus comportamientos. De hecho, algunas personas pueden negarse a perdonar porque consideran que no cometerían una ofensa como la que han recibido, y tienen razón.

Sin embargo, como han probado Enright y Fitzgibbons, cuando una víctima se niega a perdonar, puede sufrir los mismos efectos que cuando un agresor se niega a pedir perdón: “Cuando te niegas a perdonar –sintetiza la psicóloga–, sabes que estás obrando mal y, en el fondo, acabas sintiéndote culpable y, por tanto, te obligas a convivir con la rabia o la culpabilidad mal digerida”. Para salir de semejante atolladero, “el primer paso es ser humilde y arrepentirse de la parte que nos toque, aunque no resulte fácil”.

“Es natural que nos cueste perdonar, porque en el corazón hay escrito un deseo de justicia (que consiste en dar a cada uno lo suyo) y, si nos hacen algo malo, lo natural es que surjan la ira, la rabia y la antipatía”

Ni olvidar ni reconciliarse

Eso sí, en contra del dicho popular, perdonar no significa olvidar la ofensa ni pretender vivir como si nada hubiera pasado. Tal como señala Higueras, “las personas no decidimos qué recuerdos se nos graban en la memoria. El recuerdo de la ofensa puede mantenerse durante la vida, incluso vestido de dolor o rabia, y eso no implica que no hayamos perdonado.

Hay gente que ha sido difamada públicamente o a la que su cónyuge le ha sido infiel, y que se tortura en el confesionario pensando que no ha perdonado porque cuando recuerda lo que le han hecho lo vive con dolor o porque el ofensor no le cae bien. ¡Y es que no tiene por qué caerte bien! La rabia y el dolor no son sinónimos de rencor y de venganza”.

Chamizo recuerda que perdonar tampoco significa, necesariamente, reconciliarse: “Un amigo puede perdonar a otro sin volver a retomar el trato cercano. La reconciliación es opcional”. Tampoco implica “excusar el acto ofensivo; una mujer maltratada puede perdonar a su maltratador y no seguir conviviendo con él”. En realidad, tal como explica la psicóloga, perdonar es “una virtud moral que consiste en la decisión libre de renunciar al odio, al resentimiento, al rencor y a la venganza, y de cambiarlas –en un proceso que puede ser largo–, por una postura de aceptación, compasión, benevolencia generosa e, incluso, amor”.

Los efectos del perdón

Decidirse por el perdón no siempre es fácil, pero compensa con creces. “Cuando no perdonas, sufres y almacenas un resentimiento que te hace infeliz. Si la rabia, la ira o la hiperculpabilidad que surgen tras una ofensa no tienen la esperanza del perdón, pueden robarte la paz psicológica y espiritual, generar ansiedad e, incluso, conducirte a una depresión. En cambio, cuando perdonas conscientemente, estás más a gusto contigo mismo, aumenta tu autoestima, confías más en los demás y tienes más seguridad a la hora de tomar decisiones, porque cambias los recelos por la disposición a volver a perdonar”, asegura Sánchez Chamizo.

Además, “hay estudios que demuestran numerosos beneficios físicos: mejora de la tasa cardíaca, reducción del estrés y la tensión muscular, mejora del descanso…”. Higueras también destaca que, “en quien perdona de corazón, se produce una paz grandísima y una enorme sensación de liberación. Por su parte, en el que es perdonado, se produce una experiencia de amor gratuita: soy amado no por lo que he hecho, sino a pesar de ello”.

Ofensas imposibles

No obstante, tanto Higueras como Chamizo reconocen que, “humanamente, hay ofensas tan graves que parecen imposibles de perdonar, y como el perdón es libre, uno puede negarse a ello”. Por eso, tal como explica el sacerdote, “en ocasiones, llegar a perdonar solo es posible con la gracia de Dios”.

“La gracia –explica Higueras– nos concede amar como lo hace Cristo: amas como el Padre ama. La gracia es la presencia interior de Dios en ti y, por tanto, es el amor de Dios el que actúa en ti. Así, el perdón, para el cristiano, consiste en amar incondicionalmente, y amar al otro incluso en su debilidad: si me has herido, no solo renuncio a la venganza, que supondría tratarte como tú me has tratado a mí, sino que te amo como me ama Dios a mí: con comprensión”.

Por eso, “sin el amor de Dios, únicamente con las fuerzas humanas, hay situaciones en las que sería imposible perdonar”. Y pone ejemplos: “En el confesionario he visto de todo: estafas que llevan a la ruina a toda una familia, adulterios, personas que han perdido a sus hijos asesinados, calumnias que arrastran el buen nombre de una persona intachable… Sin la ayuda de la gracia, sería impensable perdonar cosas así”. Y si crees que esto te queda grande, no te preocupes: “A veces, al ser conscientes de nuestras limitaciones para perdonar, renunciamos a intentarlo; pero basta con pedirle a Dios el deseo de querer perdonar para que todo cambie”, dice el sacerdote.

Un corazón libre

Eso es justo lo que le ocurrió a Pelayo. Un día, tras la enésima pelea en su casa, oyó el llanto de su madre. No era la primera vez, pero aquel día “Dios me tocó el corazón con ese llanto” y, por primera vez en años, se arrepintió de su conducta. Tras decidirse a acudir a Alcohólicos Anónimos, recuperó un cierto equilibrio, aunque el rencor seguía carcomiéndole.

En este proceso, conoció a la que hoy es su mujer; a través de ella, conoció a Cristo y, a través de Cristo, a la Iglesia, donde encontró la llave que le abriría la puerta a una nueva forma de vida: el sacramento del perdón. “En Alcohólicos Anónimos, te das cuenta del daño que has hecho y pides perdón. Pero es un perdón muy humano: lo necesitas tú más que el otro. Mi corazón solo se liberó al sentirme perdonado y amado por Cristo. Cuando experimenté su amor, sentí que ya no tenía odio en mi corazón. No sé explicarlo. Tienes esa herida en tu corazón y, un día, de forma totalmente gratuita, te la quita”.

A través del sacramento del perdón, Pelayo experimentó la verdad de estas palabras del catecismo: “En los que reciben el sacramento de la penitencia con un corazón contrito, tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual. El sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera ‘resurrección espiritual’, una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad con Dios”.

Además, y tal como suele ocurrir, al pedir perdón por sus faltas de la mano de Dios, Pelayo puso en marcha un mecanismo que iba a cambiar a toda su familia: al ver el testimonio de su hijo, su padre comenzó a desintoxicarse y, “con 65 años, empezó a sonreír, a dar cariño, a sentir cariño… Era todo nuevo”. Como concluye Pelayo: “Cuando te sientes perdonado después de tantos años de hacer mal las cosas, comprobar que te siguen queriendo… te abre el cielo”.

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QUÉDATE CON ESTO

Todos tenemos ofensas que perdonar y cosas por las que pedir perdón. No te escandalices: es natural que te cueste hacerlo, porque reconocer tu culpa exige ser humilde y porque, cuando nos hacen algo malo, lo vivimos como una injusticia que despierta nuestra ira, rabia y antipatía. El perdón no supone olvidar la ofensa, pues lo que queda en nuestra memoria no siempre es algo consciente que podamos elegir borrar. Tampoco consiste en vivir como si nada hubiera pasado, ni implica, necesariamente, una reconciliación.

El perdón es la decisión libre de renunciar al rencor, al odio y a la venganza, y cambiarlos, en un proceso que puede ser largo, por una postura de aceptación, compasión, benevolencia generosa e, incluso, amor. Además, perdonar y pedir perdón tiene efectos positivos en tu salud mental, física y espiritual, tanto en el presente como en el futuro. Y aunque existen ofensas que, humanamente, son imposibles de perdonar, la gracia de Dios te capacita para hacerlo.

A veces, basta con pedirle a Dios el deseo sincero de querer perdonar y de acudir al sacramento de la confesión –que por eso se conoce como sacramento del perdón– para comenzar a cambiar la vida y experimentar una resurrección espiritual.

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