viernes, agosto 23, 2019
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¿Perdonarías a un exterrorista?

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El histórico excabecilla de la banda terrorista eta, José Luis Álvarez Santacristina, Txelis, y el exmiembro del ira Shane Paul O’Doherty son dos testimonios vivos que demuestran que el camino hacia el perdón puede recorrerlo cualquier persona; incluso el peor de los asesinos.

Por Margarita García y José Antonio Méndez

España e Irlanda comparten un pasado reciente marcado por la violencia. Tanto la banda terrorista eta como el grupo paramilitar ira fueron diseñados para alcanzar, de forma violenta y sanguinaria, ideales políticos de tipo nacionalista. En Irlanda del Norte, el ira nació de un deseo patriótico por liberarse del poder británico (protestante y unionista) que, según sus miembros, reducía a los católicos (nacionalistas) a “ciudadanos de segunda”. Así se lo cuenta a Misión Shane Paul O’Doherty, quien, con este sentimiento, ingresó en el ira con tan solo quince años, edad a la que puso su primera bomba.
Según relata, ser detenido fue lo que le salvó de una muerte prematura, pues, en la cárcel, no solo descubrió que su actividad criminal no le permitiría alcanzar una sociedad más justa, sino que, además, encontró a Dios, que lo estaba esperando para transformar su vida por completo.
Su caso es similar al de José Luis Álvarez Santacristina, alias Txelis. Líder de eta a finales de los años ochenta y principios de los noventa, bajo su dirección la banda asesinó a más de doscientas personas: militares, niños, padres de familia, guardias civiles, amas de casa, albañiles… Fueron suyas las órdenes de asesinar al exsecretario de Estado Manuel Broseta en enero de 1992, así como la creación de la kale borroka para evitar la detención de terroristas por delitos menores.

Llegaron a la cárcel con el vago sentimiento de «no estar haciendo algo bien», y terminaron con una vuelta a la fe

Sin embargo, tras su detención en 1992, suyas fueron también las primeras y más duras palabras públicas contra “la lucha armada” de eta, los llamamientos internos a abandonar la violencia, la ruptura con la ley del silencio que subyuga a los presos de la banda, y algunas de las más conmovedoras y sinceras peticiones de perdón a las víctimas e, incluso, a los funcionarios de la cárcel cada vez que se cometía otro atentado en el exterior. Todo ello le valió la expulsión y el repudio público de la banda terrorista eta y su entorno.
Ambos entraron en prisión con el vago sentimiento de “no estar haciendo algo bien”, y terminaron con un sincero arrepentimiento y una vuelta a la fe, pues los dos provienen de familias católicas en las que recibieron una educación cristiana que, a la postre, les haría recuperar su vida gracias a la lectura del Evangelio y al acompañamiento de sacerdotes, religiosos y laicos.

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