Pin y pon

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Ilustración: Javier Rubio Donzé

No soy partidario del llamado “pin” parental. Me parece una medida radicalmente antipolítica, por no tener como norte el bien común ni el reconocimiento de verdades morales objetivas. El “pin” parental se funda en la búsqueda de un bien particular (sálvense mis hijos y allá se pudran los hijos de los progres) y postula la “privatización de la verdad”  (o sea, el más aciago relativismo). Además, ha servido para espolear esos  “antagonismos”  que Laclau consideraba idóneos para suscitar dinámicas revolucionarias (y las declaraciones de los ministros no dejan resquicios a la duda).

Por Juan Manuel de Prada
Resulta llamativo que la aplicación (tal vez inconsciente) de las consignas de Laclau la esté llevando a cabo un partido que se proclama de derechas; lo que no hace sino confirmarnos que en la dinámica revolucionara participan por igual conservadores y progresistas. También resulta chocante que el partido que ha lanzado la idea del “pin” parental sea el mismo que antes ha demonizado a quienes podrían ser aliados de los católicos en el combate contra una educación corrompida y corruptora; como, por ejemplo, los musulmanes piadosos que contemplan con repugnancia la degeneración que se infiltra en muchos contenidos escolares, so capa de tolerancia y respeto a la diversidad.
Una política orientada al bien común no puede fundarse en una constante e indiscriminada tensión antagónica, sino en la búsqueda de una sociedad cohesionada por normas morales compartidas; y mucho más fructífero que azuzar a los perversos sería atraer a todos los que siguen reconociendo la existencia de un orden moral objetivo. Entre quienes se hallan, por cierto, inmigrantes de diferentes religiones, incluidos muchos musulmanes que –quién sabe– a lo mejor terminan siendo el nuevo katejon que nos salve de la degradación absoluta.
Pero la propuesta del  “pin”  parental al menos ha servido para que algunos enseñen los dientes (y los demonios) que escondían. Los hemos escuchado decir que los hijos no son de los padres, sino del Estado; y hemos comprobado cómo esa Constitución que cuando les conviene citan a destajo deja de repente de existir cuando se trata de recordar que a los padres corresponde elegir la formación moral que desean para sus hijos. Pero es que ni siquiera hace falta que la Constitución diga tal obviedad; pues son los padres, custodios de sus hijos, quienes tienen la obligación de encargarse de su recta formación, y de protegerlos frente a cualquier pretensión de ingeniería social.

“Son los padres, custodios de sus hijos, quienes tienen la obligación de protegerlos frente a cualquier pretensión de ingeniería social”

Tal obligación paterna se tiene que garantizar desde la política; y para ello no deben cacarearse pines, sino promulgarse leyes que impidan la injerencia del Estado Leviatán y sus jenízaros, así como arbitrarse medidas que ayuden a las familias y recompongan instituciones jurídicas tan deterioradas como el matrimonio o la patria potestad. Sin embargo, todas esas leyes y medidas no han sido promulgadas ni arbitradas; y en cambio se han arbitrado y promulgado otras que han facilitado las depravaciones de los jenízaros y las injerencias del Estado Leviatán. Y, después de tantos errores acumulados, se trata de solucionar el desaguisado con medidas antipolíticas que niegan el bien común y buscan el bien particular. Lo cual, aparte de una radical falta de caridad, impide la formación de una auténtica comunidad política.
A veces pienso que izquierdas y derechas son como Pin y Pon: dos gemelos que se necesitan el uno al otro como el gozne y la bisagra, para generar dinámicas antagónicas que aseguren los avances de la revolución