Raíces

El algarrobo nos lo regaló un amigo, y venía de un cortijo mítico de la Baja Andalucía. Durante diez años creció. Se encontraba a gusto en casa, porque otro algarrobo que había regalado a la vez a otro amigo no crecía ni la mitad de bien. Estábamos muy contentos, en parte por el orgullo de tener un epítome de una finca grandiosa en nuestro jardincito, y en parte, por la vanidad de ver que crecía a mayor ritmo que el otro.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Marta Jiménez

Con la floración, sin embargo, el algarrobo olía regular. En un campo, qué importa, por las hectáreas de sobra y por el tiempo que uno se pasa fuera de la finca. Nosotros teníamos el algarrobo encima a todas horas. Me entró una crisis nerviosa y lo mandé cortar.

Nada más cortado, me arrepentí. Para el misterio de la vida, Jesucristo escogió un ejemplo vegetal: el de los sarmientos que se cortan de la vid y se marchitan de inmediato. Es muy gráfico. Una rama cortada es la viva imagen de la muerte. Antes nuestro árbol parecía un alma. Cortadito en troncos para la chimenea, había menguado muchísimo. Estremecía que algo tan aéreo, airoso, áureo, fuesen ahora cuatro palos negros. De golpe, me había olvidado del olor.

Esa primavera, poco antes del Domingo de Resurrección, del tocón a ras de tierra salieron unas ramitas tímidas, temblorosas. No pude celebrarlo más por todo lo alto.

A los pocos meses me pudo la impaciencia y quise podarlo. Mi idea era dejar solo un tronco principal que metiese: Succisa virescit. Pero debió de fallarme el pulso –con la emoción– y cuando me quise dar cuenta también había cortado la rama que pretendía privilegiar. Qué culpabilidad.

Tres meses después, volvieron a salir unas hojitas. Si las primeras me parecieron un símbolo de la Resurrección, estas, del Perdón. No me puse a seleccionar la rama prematuramente. Iba creciendo un prometedor matorral, al que ya reconvertiría yo en árbol cuando se hubiese afirmado. Pero vino a casa el señor que lo cortó la primera vez.  Y por su cuenta, se dispuso a terminar lo que había empezado. Dejó el tocón mondado. Cuando lo vi, admiré su pundonor profesional, pero ay.

Ha brotado una vez más. He llamado corriendo a ese señor y le he pedido que lo respete como a un árbol sagrado. Que me he arrepentido de haberlo cortado. “Pues qué pena, con lo grande y fuerte que estaba ya”, se ha quejado. Le he explicado que eso no importa, que once años son nada, que lo verdaderamente grande y fuerte son sus raíces. Si son hondas, no hay tala, por lo visto, que acabe con uno. “A las profundas raíces no les alcanza la helada”, había dicho J.R.R. Tolkien. Yo ahora lo entendía. Pienso en la fe y en nuestro país y en la familia. Raíces hondas sí hay, así que la esperanza, por mucho que nos corten o que hiele, jamás hay que perderla. El algarrobo se ha alzado a la categoría de símbolo.