Risas y lágrimas

Sacaré después las conclusiones. Primero, los hechos desnudos. Trajeron a mi despacho de jefe de estudios a tres alumnos de 1º de ESO, que son los chiquitines del instituto, y se les nota, porque no han dado aún el estirón de la adolescencia. El profesor que les traía aseguraba que habían estado fumando un cigarrillo electrónico dentro de un aula durante el intercambio de clases. Venía escandalizado: el tabaco, ya electrónico, ya analógico, es uno de los pecados mortales de la posmodernidad

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Julián Lorenzo

Entre los reos, uno más bajito y más regordete que el resto, se echó a llorar como un magdaleno. “Si a mi madre le dicen que he fumado, ¡me mata! [se conoce que la madre también es posmoderna] y yo le juro y le perjuro por lo que más quiero que no he fumado”. Tanto juramento me estaba convenciendo, toda vez que el profesor no había visto a nadie fumando directamente, reconocía. El chiquillo estaba a punto de rasgarse la camisa y demostrar así su desgarro. Para quitar hierro a la situación, aventuré una broma sobre la madre: no creía que le matase, todo quedaría en humo. El mocoso, entonces, me dio un corte radical: “Esto es una cosa muy seria para que usted se ponga aquí a gastar bromitas”. Quedé pasmado. Y desde entonces, como Pilatos en aquella ocasión de infausta memoria, intentaba salvar al muchacho de su parte de conducta.

Más tarde, el profesor, picado –me temo– por mi comprensión con el presunto fumador electrónico, me trajo testigos presenciales y pruebas irrefutables de que, en efecto, el chico había estado fumando como el que más. Me quedé absolutamente espantado de su facilidad para jurar en falso y llorar a cántaros, y saqué  –ahora sí– dos o tres enseñanzas.

La primera y la segunda son que hay que creer al que te jura algo casi siempre, pero, cuando el juramento llega al desenfreno de jurar y perjurar, hay que comenzar a escamarse. A la vez, tenemos que aprender a confiar mucho más en el que deja, como aquel profesor, un margen razonable de duda a su posición.

La tercera enseñanza es la insoslayable. La verdad se lleva siempre muy bien con el sentido del humor. De quien te dice que algo es demasiado serio para sonreírse hay que desconfiar de inmediato. Los cariacontecidos ocultan algo: te la quieren dar con la cara de póker de su seriedad. El humor y la verdad casan de maravilla, porque la realidad, como dijo Chesterton en el poema “El pez”, es, en el fondo, divertidísima. Que la inteligencia es muy amiga del humor lo había avisado el Dr. Johnson cuando, rodeado de sus íntimos y en pleno jolgorio, avisó de pronto: “Pongámonos serios, muchachos, que ahí viene un tonto”. El sentido del humor –he escrito una vez– consiste en ver las cosas tal como son. Si alguien nos exige prosopopeya, desconfiemos ipso facto. Y nunca deje usted, como dejé yo y ya no dejaré jamás, de sonreír.