Es una de las cuatro doctoras de la Iglesia, fue pionera de la medicina natural, tuvo visiones místicas y fue la primera mujer en ocupar cargos reservados a los hombres. Sin embargo, santa Hildegarda de Bingen había quedado en el olvido. Ahora es objeto de un renacer eclesial y cultural.

Por María José Pérez-Luque

 

Muy pocos santos son doctores de la Iglesia: solo 36. Personajes tan importantes como santo Tomás de Aquino o san Agustín han sido reconocidos por los Papas como eminentes maestros de la fe para los fieles de todos los tiempos.
Y de los 36, únicamente cuatro son mujeres: santa Teresa de Ávila, santa Catalina de Siena, santa Teresita de Lisieux y santa Hildegarda de Bingen. El común de los católicos reconoce rápidamente a las tres primeras, pero ¿quién es esta última mujer, que ha llegado a tan alta dignidad?
Nacida en el año 1098, en la pequeña localidad de Bermersheim, al centro-oeste de Alemania, santa Hildegarda es considerada una de las personalidades más fascinantes y polifacéticas del medievo europeo, y hoy su figura es objeto de un nuevo redescubrimiento cultural y eclesial.
Mujer pionera
A lo largo de su vida fue monja, teóloga, cosmóloga, botánica, médica, música, abadesa y predicadora, estos últimos dos cargos hasta entonces reservados a varones. En vida, el Papa Eugenio XXI la definió como “una auténtica maestra en teología”, y la autorizó con toda solemnidad a escribir, a hablar en público y a hacer viajes apostólicos para dar sermones, algo impensable para una mujer de aquella época.
Su profunda espiritualidad, orientada hacia la conversión del corazón, tuvo una gran influencia tanto en los laicos y los consagrados como en las grandes personalidades de su tiempo.
Comenzó su vida religiosa a los ocho años, en el monasterio de San Disibodo. Con el tiempo, llegó a ser priora de la comunidad femenina del mismo, hasta que se separó y trasladó su comunidad a Bingen, donde vivió el resto de su vida. Encarnó a la perfección el ideal benedictino de santidad, practicando con perseverancia la obediencia, la sencillez, la caridad y la hospitalidad.
Su autoridad moral como abadesa fue tan ejemplar que las monjas competían, entre ellas y con la santa, en servirse mutuamente. Murió con fama de santidad a los 81 años.
Visiones místicas
Desde pequeña, Hildegarda tuvo visiones místicas acerca de Dios, la vida religiosa, el cosmos y sobre cómo curar ciertas enfermedades con ayuda de la naturaleza. Recibía sus visiones no por sentidos externos, sino como inspiraciones interiores. En una carta dirigida al monje Guibert de Gembloux las describió como “una gran luz en la que se presentaban imágenes, formas y colores; además iban acompañados de una voz que explicaba lo que veía y, en algunos casos, de música”.
En otro escrito cuenta que Dios le dio este encargo: “Escribe las cosas que te enseño, no según tu corazón, sino como lo quiere mi testimonio”. Sus obras traslucen la humildad de quien transcribe una inspiración divina, sin atribuirse mérito alguno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Amigos de la Santa
En los últimos años se ha disparado el interés por santa Hildegarda. En España, la editorial LibrosLibres ha comenzado a publicar sus libros de medicina. El primero, Manual de Medicina de Santa Hildegarda, reúne un compendio genérico de sus enseñanzas que, posteriormente, se van especializando para el aparato digestivo, el sistema circulatorio, etc. Los remedios naturales recomendados por la santa se pueden adquirir a través de www.santahildegarda.es
Hildegarda dictaba sus visiones a un monje, mientras ella ilustraba los libros con sus dibujos. Así escribió tres libros de Teología: Scivias, Liber vitae meritorum y Liber divinorum operum, además de un tratado de medicina en nueve tomos, un libro en el que redacta su propio alfabeto y varias biografías de santos.
Músico, literata y médica
Primera mujer compositora de la Iglesia, creó 78 obras musicales entre las que destaca una pieza considerada como el primer oratorio de la Historia, género musical que no se inventaría hasta el siglo xvii.
En lo que respecta a sus escritos de ciencia y medicina, la santa contempla la naturaleza como criatura y regalo de Dios que hay que apreciar y respetar. Y añade que la naturaleza, solo considerada en sí misma, proporciona informaciones parciales y que, por tanto, hay que estudiarla a la luz de la fe para evitar errores y abusos.
Su medicina es  “natural”  pero es también “sobrenatural” porque, según ella, para que el cuerpo esté sano también tiene que estarlo el alma, lo que solo se consigue mediante la paz de quien lleva una vida de relación amorosa con Dios.
Sus palabras, escritos, música, conceptos médicos e incluso las imágenes de sus visiones se han adelantado a los tiempos en originalidad y conocimiento. Por eso, Benedicto xvi la nombró en 2012 Doctora de la Iglesia, y afirmó que su figura santa y valiente es motivo de inspiración para las mujeres de hoy, que pueden contribuir, con su peculiar inteligencia y sensibilidad, al crecimiento espiritual de la Iglesia.

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