Ser padres cuando el nido se queda vacío: mamá y papá cambian de escenario

88
Matrimonio_A_Fondo_Misión
María (62) y su marido José María (64) viven solos desde hace más de un año, cuando se independizó su segundo hijo

Más allá del “síndrome del nido vacío”, la vida de los padres sufre una drástica transformación cuando sus hijos comienzan a emanciparse. Los expertos explican que este giro vital suele coincidir con cambios fisiológicos y laborales, y exige a los padres aprender una nueva forma de vivir su paternidad y su propio matrimonio.

Por José Antonio Méndez
Fotografía: Dani García
La emoción está tan a flor de piel que, en cuanto formulamos nuestra primera pregunta, a María (62) y a José María (64) se les quiebra la voz y los ojos se les vidrian sin disimulo. Y eso que enseguida se apresuran a aclarar, con una sonrisa que es casi una disculpa, que “ahora lo llevamos mejor que hace unos meses, pero la verdad es que ha sido más duro de lo que esperábamos”. ¿Y qué es eso que tanta emoción suscita en este matrimonio que ya ha celebrado su 37 aniversario de boda? Pues que desde hace poco más de un año se han quedado solos en casa: una semana después de que la madre de María falleciese tras una penosa enfermedad, su hijo menor, Ramón, de 29 años, les dijo que se independizaba. Seguía así la estela de su hermana –que también se llama María y tiene 32 años–, que voló del nido familiar hace cuatro años y se casó hace dos. Cuando publiquemos este reportaje, el pequeño Pedrito estará a punto de nacer para convertirles en abuelos primerizos. Y aunque saben que todo lo antedicho “es ley de vida”, eso no significa “que no nos cueste encajar todos los cambios, porque han llegado de sopetón y la vida que habíamos construido durante más de treinta años ha cambiado completamente”.

Matrimonio_A_Fondo_Misión

Más que un nido vacío
Los expertos suelen abordar la situación de matrimonios maduros como el de María y José María desde el “síndrome del nido vacío”, es decir, la necesidad de aprender a vivir el día a día sin los hijos en casa. Sin embargo, la realidad de las familias suele ser mucho más compleja –y en ocasiones, más difícil– que lo que tiene que ver con la rutina del hogar.
“Con la desaparición de los hijos del horizonte inmediato de las ocupaciones y preocupaciones, desaparece para el matrimonio un estímulo claro para la acción, y lo que es más importante, para la unión de los padres entre sí”, explica el psicólogo José Miguel Cubillo, orientador familiar y presidente de la IFFD (Federación Internacional de Desarrollo Familiar, o International Federation for Family Development por sus siglas en inglés).  Y pone un ejemplo: “Su situación es como la de un equipo de salvamento compuesto por dos personas, que durante muchos años ha tenido que intervenir a diario para rescatar a otros de incendios. Si, de pronto, entran en una etapa en la que no hay incendios, pierden el estímulo para la acción y para la unión del equipo”.
Un nuevo escenario
Por su trayectoria clínica, y por su experiencia como madre de ocho hijos ya adultos, la psicóloga Sara Pérez-Tomé, directora del Gabinete Sophya de asesoramiento familiar, sabe que “cuando los hijos crecen, y sobre todo cuando se van de casa, los padres estrenan un nuevo escenario, que sucede con gran rapidez y con un impacto similar al de cuando se casaron y empezaron a tener hijos”.
La diferencia es que “este nuevo escenario les exige aprender, en muy poco tiempo, una nueva forma de relacionarse con sus hijos, con las familias que creen estos, con la familia política de sus hijos, y sobre todo, una nueva forma de relacionarse entre los cónyuges y de comprenderse a sí mismos”. Y todo, añade, “en un contexto social en el que laboralmente parece que ya no son válidos o están de retirada, y en un momento en el que ambos experimentan cambios fisiológicos que tienen muchísima repercusión en la persona”.
Reto y oportunidad
Todos estos cambios suponen un reto para el matrimonio, y por eso, como explica Cubillo, es importante “entrenarse para la siguiente etapa”, formándose como matrimonio, e individualmente, para afrontar la nueva realidad que tendrán que vivir.
Aunque, ante todo, este cambio de escenario es “una oportunidad para cultivar la relación entre los cónyuges, que antes quizá no han tenido mucho tiempo disponible para darse, al tener que ocuparse de los hijos. Ahora, la tarea principal de los cónyuges es redescubrirse: quizás hace tiempo que uno se hizo del otro una idea que ha quedado desdibujada con el paso de los años. Y al redescubrirse mutuamente, pueden retomar ilusiones y planes que habían quedado desplazados”, abunda el presidente de la IFFD.
“Ese cambio interior para fortalecer el matrimonio –añade Pérez-Tomé– debe tener repercusión exterior. Entre los 50 y 70 años estás en una edad preciosa para plantearte cómo quieres vivir antes de entrar en la vejez. Y para mirar al futuro sin quedarte enmohecido y anclado en el pasado, ayuda redecorar la casa, o hasta mudarte, porque ya no tiene sentido verte en una casa enorme, o mantener los dormitorios de tus hijos como si fueran a volver”.
Una nueva paternidad
Esta nueva fortaleza del matrimonio es el mejor punto de partida para ejercer la paternidad de forma diferente. Porque “un hijo que se emancipa no pasa a ser un desconocido, y un padre sigue siendo padre, aunque ejerza su paternidad de otra manera”, afirma Cubillo. De hecho, el presidente de la IFFD recuerda que  “los padres siguen teniendo obligaciones con sus hijos, aunque esas obligaciones cambian, sobre todo si el hijo funda una familia”.
¿Y cuáles son esas nuevas obligaciones? María y José María, que colaboran y se forman en el Centro de Orientación Familiar Reina de las Familias, de Madrid, resumen desde su experiencia los consejos de los expertos: “Primero, que sepan que siempre vamos a estar ahí para darles cariño. Después, ser su apoyo moral y logístico cuando haga falta: dar un consejo en el embarazo si lo piden, ayudarles a colgar unas cortinas…  y también pedirles consejo a ellos, porque no lo sabemos todo”.

Matrimonio_A_Fondo_Misión

Intervenir con prudencia
Y cuando hay decisiones de los hijos que los padres no comparten, “tenemos que asumir que son personas hechas y derechas, y tenemos que respetar su espacio. Pero tampoco podemos callarnos del todo si creemos que es algo malo para ellos, así que a veces hay que decir las cosas con muchísima cautela y mucho cariño, solo una o dos veces para no ser pesados, y en otras ocasiones, lo único que podemos hacer es rezar por ellos y confiárselos a Dios. De hecho, rezamos por ellos cada día”.
Como concluye Pérez-Tomé, “lo importante al crear una nueva relación con los hijos es basarla en la confianza, el cariño, el respeto y el ejemplo de vida. A veces hay que ayudar, aconsejar y perdonar, y otras pedir consejo a tus hijos, dejarse ayudar por ellos o pedirles perdón, porque ya no son niños, sino adultos que te quieren y a los que quieres incondicionalmente. Y sobre todo, poner en el centro al matrimonio, como cuando os casasteis. Si te ocupas de tu matrimonio, no hay nido vacío que valga”.
Una etapa “peligrosa”
Según el Instituto Nacional de Estadística, los divorcios de matrimonios con más de 60 años se han triplicado en la última década. Además de una cultura divorcista cada vez más instalada, la terapeuta familiar Sara Pérez-Tomé explica el porqué: “Las edades más peligrosas para la salud del matrimonio son los 50 en la mujer y los 60 en el hombre, porque ambos coinciden en una crisis existencial y biológica, y corren el grave riesgo de aburrirse mutuamente”. Por eso, señala que “en esta etapa, marido y mujer se tienen que reconquistar y reconciliarse con lo que son ahora, sin los hijos”. Así, recuerda que “los matrimonios maduros necesitan hoy más que nunca entenderse, formarse, conocer los cambios fisiológicos que les ocurren, comunicarse con su cuerpo de una forma nueva… Porque sin la presión de criar a los hijos, su esfuerzo vital tiene que centrarse en hacerse sentir queridos, deseados y admirados mutuamente”.
Cinco consejos
La terapeuta familiar Sara Pérez-Tomé da 5 consejos para que el matrimonio se enfrente con éxito a su nueva etapa, apostando por el crecimiento personal y familiar.
1. Cambia de actitud: “Arriésgate a soñar con ser un padre diferente, mejor de lo que has sido hasta ahora. Pregúntate: ¿En qué puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que mis hijos sepan cuánto los quiero? ¿Cómo puedo formarme para ser una persona mejor y más plena?”.
2. Atrévete a ser imprevisible: “Si antes veraneábamos en el mismo sitio, o nos acostábamos a tal hora, vamos a cambiar. Para no anclarte en el pasado, y renovarte interior y exteriormente, no puedes hacer lo mismo que hacías cuando tus hijos estaban en casa y eran pequeños”.
3. Reencuéntrate con tu cónyuge: “Mírale y dile: Somos los que empezamos, pero mejores, porque sabemos más. Y vamos a ver en qué podemos aún mejorar como matrimonio. Con la experiencia, más la madurez y la holgura de tiempo, lo mejor está por venir”.
4. Crea nuevas tradiciones: “Genera nuevas tradiciones familiares con tus hijos para crear otras historias familiares. Cultiva los gustos que antes no pudiste desarrollar por falta de tiempo: hacer senderismo, bailar, leer esos libros que querías leer…”.
5. No critiques: “No hables mal de tu cónyuge delante de tus hijos ni aunque sean mayores, porque estarás proyectando un mal ejemplo de la madurez y ellos repetirán el modelo con sus propios hijos”.
Abuelos sí, pero sin sándwich
La mayor esperanza de vida hace que muchos matrimonios tengan vivo a alguno de sus padres, y a la vez, tengan nietos. Esto, sumado a las dificultades de los jóvenes para conciliar trabajo y familia, ha dado lugar a los “abuelos sándwich”: aquellos que se ven atrapados en la doble obligación de cuidar de sus nietos, y también de otros mayores, ya sean sus padres ancianos o uno de los cónyuges de más edad o peor salud.Ante esta situación, el psicólogo José Miguel Cubillo recuerda que “es muy bueno que los abuelos ejerzan, pero de abuelos, no de padres de sus nietos”. Por eso, con la confianza que da el cariño y el hablar entre adultos, los abuelos deben exponer a sus hijos sus dificultades para cuidar de los nietos, sobre todo si tienen que cuidar de otros mayores o de sí mismos. Y eso no es dejar de ayudar: “La ayuda de los abuelos es muy importante, pero el tiempo pasa rápido y los niños necesitan a sus padres para crecer con salud de alma y cuerpo, y los abuelos pueden contribuir a que sus hijos ejerzan bien su paternidad con una prudente resistencia a ayudar más de la cuenta”.

 

¿Te ha gustado este artículo? Suscríbete gratis y recibirás la revista cada tres meses en casa

Dona ahora: ayúdanos con tu donativo para que podamos seguir contando historias como esta