Sí: Dios existe y tus hijos lo saben

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Educar a los niños en la fe es más fácil de lo que parece, porque vienen “de fábrica” con una predisposición natural hacia el Misterio. Los padres solo tienen que cuidar y ver crecer esa semilla, y aprovechar para aprender elementos muy valiosos de la fe de sus hijos.

Po Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

Ilustraciones: blessings.es

Cuando Jesús elogiaba la fe de los niños estaba hablando de cosas concretas, porque la piedad de los más pequeños es “sencilla y simple, pero no simplona o sin profundidad; es alegre y sensible, pero no superficial ni sensiblera; y está abierta al Misterio, pero sin derivas enigmáticas”. Así lo explica Rafael Belda, sacerdote del instituto Cooperatores Veritatis de la Madre de Dios y autor del libro Al paso de los niños (Edicep, 2009).
“Los niños –continúa– tienen capacidad para la vida de la fe desde su concepción; es decir, que por su naturaleza tienen capacidad para creer, esperar y amar, y, por tanto, para las virtudes teologales. El mismo san Agustín decía que el niño es capax Dei, capaz de Dios, de sus cosas”.
 
Dios es “lo natural”
Esta facilidad para “las cosas de Dios” hace que esta etapa sea idónea para ir ayudando a los niños a madurar, poco a poco, en la vida espiritual, que para ellos es algo natural y que va más allá de la mera comprensión intelectual.
Lo saben bien Emilio y Romi, padres de Juan Emilio (15), María Cristina (14) y José Miguel (12), que llevan orando por sus hijos “desde que estaban en el vientre materno”. Desde pequeños, sus padres les han hablado de Jesús “con mucha normalidad, y siempre en relación con nuestra vida cotidiana”, a través de oraciones tradicionales antes de dormir, la bendición de la mesa, tener en casa imágenes de la Virgen y de la Sagrada Familia –“para tener siempre presente a quienes amas”–, y con pequeñas celebraciones en casa en las festividades importantes en la Iglesia.
 
Rezar en familia
Desde que sus hijos eran pequeños buscan momentos en familia “para vivir nuestra fe y fortalecerla, porque es una riqueza”.  Y ahora que sus hijos han crecido, disfrutan al ver cómo el trabajo sembrado fructifica en pequeños ratos de oración en el salón de casa al atardecer, en los que “hablamos a Jesús de nuestra vida diaria, y le damos gracias por lo que tenemos y también por lo que no tenemos, porque el Señor sabe darnos lo mejor en cada momento”. Estos ratos también les permiten disfrutar de las canciones que sus hijos han ido aprendiendo con la guitarra, y se han convertido en momentos “que nos han unido mucho más, entre nosotros y con Dios”.
El suyo es un ejemplo de que “la fe no se inculca de fuera hacia dentro, ni a base de fuerza, esfuerzo, prácticas o moralismo”, dice Rafael Belda.  Y alerta: “Es posible que las prácticas religiosas, a fuerza de costumbre, se conviertan en un hábito para los niños, pero eso no es la fe. La fe se educa, pero educar no significa meter conocimientos, sino hacer crecer desde lo que ya hay dentro del niño, como una semilla”.
Por eso, a la hora de favorecer la vida de fe en el niño, lo mejor que pueden hacer los padres es “vivir ellos mismos la fe de modo habitual y continuo, de palabra y con obras, con las expresiones, las relaciones, la vida entera, siendo consecuentes con la fe que profesan”. El mejor método es “el contagio”, así que los padres transmiten la fe  “practicándola ellos mismos”.
La práctica no hace la fe
Así lo viven Teresa y Cristiano, padres de Francesco (15), Stefano (11) y Paolo (6), quienes desde que sus hijos eran bebés se metían de noche en su habitación para arrodillarse ante ellos mientras dormían, para rezar y encomendarles a Dios.  “La fe es la herencia más importante que les podemos dejar”, explican.
Ambos han alimentado la fe de sus hijos con las oraciones más comunes, y su creatividad como responsables de su Iglesia doméstica les ha llevado a ir añadiendo, con los años, prácticas como sus “minirosarios” (Padrenuestro, Avemaría y Gloria) para que cada miembro de la familia pidiera por alguna intención o diera gracias a Dios por algún motivo; o rezar, tras una riña, dando gracias a Dios por tres cosas buenas del hermano con el que uno acababa de pelearse.
Su interés por cultivar la fe de sus hijos también les ha llevado a tomar decisiones valientes, como buscar una iglesia en la que pudieran vivir mejor la Misa con los niños, aunque esto les obligue a desplazarse. Y, por encima de todo, siempre han intentado que Francesco, Stefano y Paolo fueran habituándose “a la oración personal, mirando lo que cada uno tiene en el corazón, para presentárselo al Señor”, porque “lo más importante es que nuestros hijos tengan fe. Más importante incluso que los estudios es que conozcan a Dios y tengan una experiencia viva y cercana de Él”.
Algo en lo que coinciden con Rafael Belda: “Urge anunciar a Jesucristo, y hacerlo a los niños desde la primerísima infancia, llevar los niños a Jesús, y llevar a Jesús a los niños. Y lo antes posible, de manera que a un niño no lo quede constancia del día y la hora en que escuchó hablar del Señor… porque fue desde siempre”.

 

En 4 claves
  1. Nadie da lo que no tiene: Vive primero tu fe, de manera individual y en tu matrimonio. Los niños vivirán lo que respiran en casa.
 
  1. Utiliza los recursos a tu alcance: Imágenes como las de Have a God Time, cuadernos para rezar con el año litúrgico como Family Chef, música como la de La Casita sobre Roca… Biblias infantiles, juegos de cartas para bendecir la mesa o rezar las oraciones de la noche,
 
  1. Evita infantilizar la fe: “Si rebajas la densidad del Misterio, con imágenes ñoñas, cantos pueriles, y gestos pobres, cuando el niño deje la infancia, asociará las cosas de la fe a cosas de niño, y querrá dejar atrás esa etapa para hacerse mayor”, advierte Rafael Belda.
 
  1. Aprovecha para aprender de tus hijos: En ellos podrás admirar “la alegría de creer, el gozo de la fe, el entusiasmo por las cosas del Señor y la generosidad que brota del Amor de Dios”, dice Belda. Es una etapa que pasará y no volverá, disfrútala.

 

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