Los niños pueden, desde los dos años, empezar a participar en el trabajo doméstico. Las tareas fomentan en ellos nuevas habilidades, les permiten desarrollar sus talentos y les enseñan a trabajar en equipo y a cuidar de los demás con una actitud de servicio. 

Por Isis Barajas

Circula un meme por las redes sociales que dice así: “Si tu hijo es capaz de manejar un iPad, también es capaz de manejar una escoba, una fregona, una lavadora o un lavavajillas”. Y es verdad. Nuestros hijos son capaces de realizar más tareas domésticas de las que imaginamos y, de hecho, desde edades bien tempranas: con tan solo dos añitos ya pueden aprender a hacer muchas cosas. Sin embargo, que sean capaces de hacerlo y que esto nos desahogue mucho en nuestro quehacer diario no son las únicas razones para que colaboren en el trabajo doméstico. El principal motivo es que las tareas del hogar son imprescindibles para la formación completa de la persona, ya que favorecen el desarrollo de sus talentos y la adquisición de nuevas competencias –incluso profesionales–, que serán claves en su vida adulta. Así lo defienden fervientemente Mercedes y Marta Blasco, quienes han sido galardonadas en 2015 por su trabajo Dialhogar en familia: soluciones hoy y talentos de futuro con el premio de la Fundación María Teresa Rodó.
Estas hermanas, comprometidas con la revalorización del trabajo doméstico, sostienen que, si bien la familia es el primer ámbito educativo, para que esta pueda convivir y crecer, necesita un ambiente adecuado donde se cuiden las cosas materiales: “La casa familiar es como el aula, donde el propio clima externo invita al aprendizaje y transmite valores por sí mismo”, aseguran. Por eso, el orden, la limpieza o la organización no son indiferentes.
En este sentido, las tareas del hogar “pueden considerarse dentro de la familia como una carrera llena de asignaturas que se imparten por cursos según las edades”, explican las hermanas Blasco. Con ellas se busca cubrir las necesidades de las personas, como el comer o el vestir, por lo que, cuando todos los miembros de la familia se responsabilizan de este trabajo, “se adquiere una sensibilidad por la persona y un enorme respeto a su intimidad”.
Virtudes para la vida
La palabra clave, por tanto, es el servicio, una cualidad básica en cualquier profesión y necesaria para afrontar muchas situaciones de la vida. Además del servicio, la corresponsabilidad en casa permite desarrollar una infinidad de valores en nuestros hijos, como la laboriosidad, la tenacidad, la fortaleza, la responsabilidad, la prudencia, la alegría, la paciencia, el trabajo cooperativo, el sentido práctico, la sensibilidad por el detalle e, incluso, el respeto por la creación y el medio ambiente.
Además, a través de la repetición de tareas domésticas, se adquieren habilidades que, según las hermanas Blasco, hoy en día son muy valoradas en las empresas, como la resolución de problemas, la organización del trabajo, el trabajo en equipo, la autonomía, la capacidad de relacionarse de forma interpersonal y la iniciativa.
Los momentos estrella, donde se desarrollan de modo más intenso estas y otras habilidades, son la comida familiar, los encargos de la casa, la cocina y el cuidado de las mascotas y el jardín. La comida familiar es de los momentos educativos más importantes del día, porque es un tiempo para compartir las inquietudes y preocupaciones de cada uno, aprender a escuchar a los demás y a no interrumpir, enseñar a no hablar mal de nadie, aprender a dar las gracias y a servir a los demás, etcétera. Además, se ha comprobado que aquellos niños que comen en familia tienen un vocabulario más rico que los que no lo hacen.   
El arte de asignar tareas
Hacer equipo: toda la familia debe implicarse en las tareas domésticas, incluso los tíos y los abuelos que vivan con nosotros.
Hacerlo divertido: convertir los encargos en un juego cuando el hijo es pequeño y dejar que tenga iniciativa aunque el resultado no sea perfecto.
Asignar encargosdistribuir las tareas según las capacidades y el momento vital de cada uno, para no generar frustraciones.
Motivar: cumplir primero nosotros con nuestras propias tareas y valorar y alabar su aportación al equipo. No conviene premiar con dinero los encargos.
Delegar: definir claramente la tarea y, luego, respetar su modo particular de hacerla. No comprobar constantemente si ya la ha hecho.
Enseñar: si es pequeño, hacer todo con él; a medida que crece, explicarle cómo se hace; si es adolescente, dejar que se responsabilice, sin supervisarlo.
Confiar: una vez asignada la tarea, confiar en que la hará. No hacer su trabajo para terminar antes ni decir que es urgente si no lo es.
Dar ejemplo: el ejemplo de los padres es clave, y los niños deben percibir que contribuir a las tareas de la casa es lo normal.
Cada niño es un mundo y, aunque los que mejor saben qué tareas son las convenientes para cada niño son los propios padres, Mercedes y Marta Blasco ofrecen una pequeña guía para orientarte en la asignación de tareas según la edad.
De 2 a 3 años: ordenar sus juguetes, pinturas y zapatos; llevar su ropa sucia al cesto y tirar su pañal a la basura.
De 3 a 4 años: ayudar a poner y recoger la mesa, y barrer las migas de la mesa y del suelo con un recogedor pequeño.
De 4 a 5 años: servirse algunas comidas sencillas y servir a los demás; emparejar calcetines y guardar su ropa limpia, ordenar y clasificar los juguetes; separar la ropa de color de la blanca antes de echarla a lavar; limpiar el polvo; quitar la sábanas sucias de su cama; preparar su mochila para el colegio y ayudara cocinar.
De 5 a 6 años: cuidar a un hermano pequeño (jugar con él, atenderlo), guardar los cubiertos limpios en su cajón, recoger su cuarto con más cuidado.
De 6 a 7 años: colocar la compra en la despensa, hacer una receta sencilla, ayudar a ordenar la casa (no solo su habitación), acondicionar el baño (reponer el jabón y el rollo de papel, cambiar las toallas), atender el teléfono y coger recados.
De 7 a 9 años: hacer la cama; pasar la aspiradora y la fregona; poner la lavadora (separar la ropa de color de la blanca); doblar la ropa; ayudar en la cocina; prepararse el bocadillo para el colegio; meter y sacar los platos del lavavajillas; vestir a sus hermanos pequeños y contarles cuentos, y comprar el pan.
De 9 a 11 años: limpiar zapatos (no solo los suyos); coser botones; limpiar cristales; cocinar postres y recetas sencillas.
De 12 a 13 años: cambiar las sábanas; recoger la cocina; hacer la lista de la compra; participar en la decisión de las comidas y ayudar a prepararlas; ayudar con los deberes a los más pequeños; planchar ropa sencilla y coser el dobladillo de un pantalón.
De 14 a 16 años: limpiar completamente la cocina –incluidos los armarios y los electrodomésticos–; limpiar los baños a fondo; organizar la comida o la cena un día a la semana; reparaciones sencillas.
A partir de los 16 años: puede y debe participar en la misma medida que los adultos.
Más información info@dialhogar.es

 

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