Que una mujer con estudios universitarios, que tiene un puesto de responsabilidad en una empresa, que es valorada por sus compañeros y que, además, disfruta enormemente con su trabajo decida dejarlo todo para convertirse en ama de casa está considerado, hoy en día, como un auténtico fracaso. Un fracaso de la sociedad, de la conciliación laboral y familiar, pero, sobre todo, un fracaso para la mujer, para esa mujer.

Por Isis Barajas

Ilustración: Silvia Álvarez

 

Muchas de nosotras hemos crecido con la idea prefabricada de que el único modo de realizarse como mujer, para ser alguien en la vida, es tener un trabajo…remunerado, se entiende. Y que, por el contrario, aquella que se queda en casa responde a una especie de eslabón perdido de la evolución humana, esa clase de mujer que vive resignada entre cuatro paredes, fregando platos, poniéndole las zapatillas al marido cuando llega a casa y lidiando con una jauría de niños enloquecidos porque no le queda otra en la vida.
Pero algo no debe encajar bien en este puzle cultural que nos hemos montado cuando cada vez más mujeres miran con anhelo, incluso con envidia, a aquellas otras que deciden renunciar a un trabajo remunerado para entregarse totalmente –y sin divisiones internas– a la labor oculta y silenciosa del hogar: “¡Qué valiente eres!”, “A mí me encantaría, pero no me atrevo”, “No te vas a arrepentir nunca de esta decisión”, “Es lo mejor que puedes hacer por tu familia y por ti misma”…
Estos comentarios, que tantas veces escucho alrededor de una mujer que decide dar este paso trascendental en su vida, no hacen más que convencerme de que, actualmente, se ha abierto una brecha considerable entre lo que la sociedad entiende como un fracaso y los deseos profundos que hay en el corazón de muchas mujeres.
Hablando de estas cosas con mi suegra, me decía sabiamente que el trabajo del hogar es el humilde por excelencia. Se trata de hacer del servicio a los demás tu dedicación principal y, además, en el anonimato del hogar, sin que nadie lo vea.
En una sociedad a la que le repelen palabras como “humildad” o “servicio”, y que prefiere sustituirlas por “hacer valer mis derechos” o “reparto de tareas” (al 50 por ciento, ojo, ni una más ni una menos), aceptar que haya mujeres que desean volcar todas sus energías en crear un hogar y convertirse en esposas y madres a “tiempo completo” es un auténtico contrasentido. Por eso, parece que la culpa de que “se pierda talento femenino” recae ineludiblemente en la falta de auténticas medidas de conciliación familiar y laboral. Que no digo yo que no haya que seguir avanzando en este campo, ¡faltaría más!, pero no creo que la única –ni la más importante– razón por la que muchas mujeres deciden dejar el trabajo sea por una pura cuestión de logística familiar.
En muchos casos, el principal motivo es responder a una vocación, a una llamada particular que muchas mujeres sienten y que no las deja descansar hasta que dan el  “sí” definitivo. El problema es que no es tan fácil aceptar esta vocación, porque la presión social es tan fuerte que se puede instalar dentro de una el miedo al futuro, a no sobrevivir económicamente, a ser catapultada por la irrelevancia o, en definitiva, a dejar de ser “alguien”  para el mundo.
Repetía constantemente santa Celia Guérin, madre de santa Teresa del Niño Jesús, que su misión en la vida era llevar a sus hijos al Cielo. Ella lo hizo compatibilizando su vida familiar con su propia empresa de punto de Alençon.  Trabajar o no fuera del hogar es una decisión (o una llamada) muy particular, pero esta misión sí me parece que nos compete a todas. Una buena compañera y amiga, que, tras quince años dedicada en exclusiva a su familia volvió a incorporarse al mundo laboral, me decía: “En cualquier trabajo eres sustituible, pero en tu casa, no; porque la labor que realizas en tu hogar es un trabajo para la eternidad”.