Escribía Chesterton que Cristo “no eligió como piedra fundamental al místico Juan, sino a un pillastre, un fanfarrón, un pusilánime y, en una palabra, un hombre. Sobre esa piedra construyó su Iglesia; y las puertas del infierno no han prevalecido sobre ella. 

Por Juan Manuel de Prada

Ilustración: Marta Jiménez

Todos los imperios y los reinos han perecido a causa de su debilidad inherente y continua, a pesar de haber sido fundados sobre hombres fuertes y sobre hombros fuertes. Solo la Iglesia cristiana histórica fue fundada sobre un hombre débil, y por esa razón es indestructible”. Los epítetos que emplea Chesterton para referirse a Pedro, el primer vicario de Cristo en la tierra, pueden parecernos irreverentes o poco contemporizadores, sobre todo si los comparamos con el epíteto laudatorio que dedica a Juan (quien, a su vez, era un iracundo “hijo del trueno” y tenía sus puntas de vanidosillo, como demuestra el hecho de que solicitara sin rubor sentarse a la vera de Cristo en el cielo). 
Pero lo cierto es que la Iglesia ha sido fundada sobre hombres débiles; o, dicho más exactamente, ha sido fundada contando con la debilidad de los hombres. En esto se distingue de todas las instituciones humanas, que han sido fundadas sin contar con esta debilidad; y, al no contar con ella, se condenan inexorablemente a la extinción.
Cristo quiso que su Iglesia estuviese fundada sobre la debilidad humana; y quiso que al frente de ella estuviese un hombre tan débil como cualquiera de nosotros. La experiencia histórica nos demuestra que ha habido algunos papas pillastres, fanfarrones o cobardes; pero, sobre todo, nos demuestra que muchos de esos hombres débiles puestos por Cristo al frente de la Iglesia resultaron, a la postre, santos varones, ejemplo de virtudes y faro de luz para los fieles, a quienes entregaron la fe que recibieron.
Y lo han sido no porque fueran hombres sin tacha, sino porque la gracia divina actuó sobre el barro con el que estaban hechos; porque dieron todo lo que tenían, como hombres frágiles que eran, y Cristo premió esa entrega sin ambages, adornándola con las prendas de la santidad.
Pedro es vicario de Cristo; lo cual no obsta para que, como persona privada, pueda actuar como un hombre cualquiera. Cuando confiesa, profesa y proclama a Cristo, habla con la voz de Dios; pero, cuando se fía de sus fuerzas y entendimiento meramente humanos, puede decir y hacer cosas propias de un pillastre, un fanfarrón o un cobarde.
Me repugnan los papólatras que pretenden santificar cualquier fanfarronería o pusilanimidad papal; casi tanto como los papófobos que pretenden que esos deslices propios de quien es humano sean causa de su condena. Unos y otros desconocen por igual el sentido del ministerio petrino; y también, por cierto, el dogma del pecado original, que nos enseña a apoyar nuestros juicios sobre la realidad humana, considerando su debilidad. Con ella contó Jesús, para que su Iglesia fuese indestructible.