Para dar a nuestra casa calor de hogar, no basta con disponer los muebles en cada habitación: se necesita transformar el espacio en un ambiente que propicie el encuentro y permita “crear, imaginar y soñar la vida”. La escritora Sally Clarkson explica a Misión cómo hacer de nuestra casa el lugar al que siempre anhelemos regresar.

Por Isabel Molina E.

“Durante cinco años, no encontré la manera de que mi esposo pasara su tiempo libre en casa. Todas las noches llegaba tarde del trabajo y, aunque nos quiere mucho a los niños y a mí, tenía mil excusas para marcharse a su oficina, incluso sábados y domingos”, cuenta Pilar, madre de tres hijos. Finalmente, ella y su marido decidieron mudarse a otra casa.

Pilar asegura que, a partir de entonces, todo cambió: “Muchas veces le había sugerido a Pepe que compráramos un escritorio cómodo para que él pudiera trabajar desde casa, pero no le interesaba. En aquella vivienda no estaba a gusto. Su desasosiego era tal que permanecía ajeno a las actividades que los niños y yo inventábamos para retenerlo…”.

Esta historia ilustra una situación a la que se enfrentan hoy muchas familias. Según Sally Clarkson, coautora del libro The life giving home (El hogar que da vida), nos hemos convertido en “una generación sin hogar”, y no por falta de techo, sino porque nuestras casas ya no son esos “santuarios diseñados para preservar lo valioso de la vida”.

La escritora afirma que muchas personas tienen su propia residencia, pero no encuentran abrigo emocional entre sus paredes. “Han perdido claridad sobre la importancia de cultivar este lugar donde renovarse, sentirse protegidas y recargarse para volver al exterior”, asegura a Misión. Y, más aún, “muchas veces comienzan su vida sin dirección, sin un modelo de cómo crear un hogar para sí mismas y para quienes aman”.

Un anhelo santo

Sarah Clarkson, que escribió con su madre The life giving home, da un paso más. Asegura que fomentar este tipo de hogar cálido no solo es necesario, sino que es “una ambición santa que Dios pone en nuestro corazón”. Aunque a veces creamos que el deseo de tener un espacio de pertenencia es una debilidad o un capricho, se nos olvida que nuestra mente y nuestra alma lo necesitan para crecer: “Fuimos creados para establecer una relación sólida con el espacio que habitamos”, asegura.

 

Llenar de vida el espacio

Para construir esa vivienda que ayu­de a unir a la familia y darle cobi­jo, Clarkson madre sugiere comenzar por preguntarse:

¿Qué tipo de hogar quiero tener?

¿Cómo puedo agrupar sillas, sofás y mesas de modo que contribuyan a unirnos?

¿Cómo utilizar la cocina y el resto del piso para satisfacer las necesidades físicas, emocionales y espirituales de todos?

¿Qué tradiciones adoptar para celebrar la vida y dejar un legado a las futuras generaciones?

¿Cómo aprovechar las actividades diarias –estudio, trabajo, cenas– para congregar a la familia?

¿Cómo organizar nuestros “tesoros” (libros, fotografías, adornos) para que haya algo interesante que leer, ver y disfrutar en cada rincón?

Y ojo: No importa lo pequeña o grande que sea la casa. Clarkson asegura que siempre podemos convertirla en ese lugar “donde se ofrece consuelo, se comparte el amor y se aprenden las ideas”, si atendemos a los ritmos básicos de la familia en el espacio que habita. A continuación, te ofrecemos algunas de sus propuestas para lograrlo.

Dar descanso. Todos necesitamos dormir bien para recuperar las fuerzas. Sin embargo, los dormitorios también sirven para “escapar” de la mirada de los demás, reír y llorar, llevar un diario o soñar. Para hacerlos más acogedores, Clarkson recomienda amueblarlos con camas cómodas y un sillón donde sentarse a leer, rezar o escribir; y personalizar el espacio de quienes comparten esa alcoba.

“Mientras mis cuatro hijos crecían, en algunas temporadas vivimos en pisos pequeños, y entonces los cuatro compartían la misma habitación; en otras épocas las niñas tuvieron un dormitorio, y los niños, otro, pero siempre intenté que cada uno tuviera un rincón ambientado con sus libros, dibujos y juguetes, de modo que lo sintiera como suyo y encontrara en casa su ‘escondite’ favorito”.

Dar alimento. La cocina es un área única ya que, por ser el lugar donde se prepara la comida, tendemos a gravitar hacia ella y crear allí vínculos hondos con los demás. Clarkson sugiere que también es importante elegir bien la mesa del comedor pues, como ningún otro mueble, congrega a la familia: “Hasta el día en que los hijos se marchen, podemos compartir con ellos entre 18.000 y 20.000 comidas, cenas y meriendas”.

Dar la bienvenida. El hogar comienza en la puerta. Desde la entrada todos los que llegan –también las visitas– han de sentirse acogidos. “Una casa que te da la bienvenida, abre el corazón a auténticas relaciones humanas”, asegura.

Dar seguridad. A la vez que las puertas se abren para acoger, se cierran para custodiar. “El hogar tiene que ser un lugar seguro, que nos proteja de las tormentas del mundo –indica–. Estamos constantemente bombardeados con noticias difíciles y voces de todo tipo… Cuando me imaginé mi casa, quise que fuera un refugio en el cual mis hijos sintieran que en ella se podían retirar para recuperar sus fuerzas”. Además de puertas y ventanas, otras entradas que conviene vigilar son las pantallas que abren vías al mundo exterior.

Aprender. Si queremos que en nuestra casa constantemente se puedan adquirir nuevos conocimientos, imaginar y crear, podemos tener una buena biblioteca y procurar que haya libros repartidos por toda la casa y al alcance de la mano. “En nuestra casa había libros, revistas, devocionarios, biografías… en cada habitación, bajo las mesas y en canastas al lado de cada sofá”, cuenta Clarkson.

Disfrutar de la belleza. Cada pared de la casa puede estar adornada con imágenes que nos recuerden lo que es importante para nosotros: fotos, pasajes de la Biblia transcritos en caligrafía, arte y objetos que vamos coleccionando…  También se puede cultivar la belleza en el modo como iluminamos la casa, servimos la mesa, colocamos las plantas… “Yo compro flores que duren dos o tres semanas, y a la hora de la cena enciendo velas y pongo música; no importa si ese día tomamos una cena sencilla u otra más elaborada”, comenta la experta.

Propiciar las relaciones. El modo como disponemos los ambientes puede ayudar a facilitar la comunicación. Si decidimos liberar la sala de pantallas, podemos recuperar actividades como juegos de mesa, bordar, leer en voz alta, conversar, rezar juntos, escuchar música…

En resumen, la forma como intencionalmente aprovechemos el espacio marcará la diferencia entre tener una casa o un verdadero hogar:  “Una casa contiene muchas cosas, pero un hogar deja una huella tan honda como la imaginación y la intención que ponen en él las personas que dirigen la vida de ese hogar”, concluye Clarkson.

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