Una hazaña estética

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ilustración: Marta Jiménez
Por Enrique García-Máiquez
Hay actos que exigen una audacia heroica. No solo en tiempos de guerra. Hay que armarse de valor para decirle a tu mujer que eso que lleva puesto o no te gusta o, todavía peor, no termina de sentarle bien. Incluso aunque te pregunte. Antes de escribir este artículo, he hecho un exhaustivo trabajo de campo y hombres recios como leñadores me han confesado, temblando como álamos, que para eso les falta coraje. Tampoco yo soy un héroe: para dar el paso, tuve que ir al baño, echar el pestillo y mirarme largo tiempo a los ojos en el espejo.
Allí recordé la de veces que ella ha comentado que yo había combinado fatal los colores. Y, agradecido, me vestía de nuevo. Que un jersey era feo y, aunque me lo había regalado hacía poco, he asumido que las modas son así, volanderas, y me lo he quitado volando, sin abrir el pico. O que un pantalón se me había quedado, ay, pequeño, y me lo sacaba (con apreturas). Me lo recordé todo y clamé por la paridad.

Nuestra sociedad necesita que defendamos la vitalidad del matrimonio, su emoción… Y para adrenalina, decirle a tu mujer que lo que se ha puesto no termina de entusiasmarte

No fue bastante. Para darme el último empujón, he pensado lo que pensará la gente. Si dejase que ella se fuese a trabajar o acudiese a una cena mal, bueno, mal, mal, ¿ella?, nunca, digo mínimamente regular, deducirían que ya no la miro con la minuciosa morosidad del enamorado. Estaría dando la falsa impresión tan común y corrosiva de que es el matrimonio, no el amor, el que es ciego, porque produce vista cansada. Si nuestra sociedad necesita que defendamos algo es la vitalidad del matrimonio, su falta de fecha de caducidad, su emoción… Y para adrenalina, decirle a tu mujer que lo que se ha puesto no termina de entusiasmarte.
O podría pensar la gente que sí la miro, pero que no tengo gusto. Lo que repercutiría en el prestigio de mi mujer, capaz de haberse casado con un tipo con tan poca sensibilidad, qué paradoja, si se casó con ella. Eso me da mucha fuerza, porque cobarde, vale, pero dejarla mal a ella, jamás. Salgo y lo suelto. Tartamudeando. Atropelladamente. Mirando al suelo. Con ganas de volverme al cuarto de baño.
Ahora comienza lo peor: las explicaciones. No es por esto. No por lo otro. No. Sí. Creo. De esto no sé, confieso, compungido. Tengo que recordarle que en situaciones similares me cambié dócilmente. “A propósito…”, me dice. Y corro a cambiarme. Cuando regreso hecho un figurín, retomamos las explicaciones. Empiezo a arrepentirme.
En cualquier caso, no hay marcha atrás. Sigue en sus trece, pero ya no me importa. Yo cumplí con mi deber y eso es lo que se puede exigir a un hombre. Lo dijo don Quijote: “Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”. Más tarde aparece cambiada y, aunque radiante, no le digo ni mu, porque ella lo sabe de sobra. (Si hay un secreto pleno de amor en el matrimonio, son sus silencios, aunque no siempre se puedan).