Vida de ida y vuelta

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Por gajes del oficio de escritor, tengo que contestar al famoso cuestionario Proust y al cuestionario Bolaño. Resuena en mi memoria la advertencia de Borges: “La rutina de preguntas y respuestas obliga a su víctima a simular que es Heine o Wilde o Bernard Shaw, empresa que suele acometer con escasa fortuna”. Aun así, trato de sortear la maldición y encontrar en mis respuestas un punto de equilibrio entre ingenio y verdad.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Loreto Fernández

Hasta que me doy de bruces con esta pregunta: “¿Conoces a alguien capaz de arriesgar su vida por ti?”. Al ingenio le favorece la brevedad, pero, si quiero acercarme mínimamente a la verdad, debería contestar con un ensayo. Adiós al equilibrio y a mis emulaciones wildeanas.
El primero capaz de arriesgar la vida por mí es Jesús, que la entregó. Lo hizo por todos, por supuesto, pero al ser Dios y haber podido escoger cualquier otra redención, queda claro que su entrega fue una cuestión personal que incumbe por completo a cada uno. Entiendo, con todo, que ni quien me lo ha pedido ni el cuestionario pretenden que haga teologías. Me ciño (tras una implícita señal de la cruz) a las expectativas.
Conozco a varios que se arriesga­rían, sí, pero, tras la admiración emocionada a su generosidad virtual, caigo en la cuenta de que el grado en el que lo harían no depende tanto de que sean más o menos íntimos míos, como de la valentía que les reconozco. Esta observación tiene, si no me equivoco, trascendencia para la jerarquía de las virtudes. El valor se cotiza poco en el mercado de valores, según los baremos al uso. Pero sin coraje apenas pueden ponerse en práctica los mejores propósitos y las más nobles intenciones. Perfecto que trabajemos la tolerancia, la generosidad, la equidad y la empatía, pero ¿quién fomenta hoy la bravura que, más pronto que tarde, nos hará tanta falta?
Hablando de virtudes y de valor, mi mujer, sin ir más lejos, ha puesto su vida en mis manos. Me la dio, dándomela. Y, conociéndome, no se me ocurre caso que encaje más en la literalidad de la pregunta: es arriesgarse por mí. Yo, en cambio, no arriesgaba nada: jugaba sobre seguro, conociéndola.
No hemos terminado aún, constato con sorpresa. También arriesgarían su vida muchos a los que no conozco de nada ni me conocen: policías en acto de servicio, bomberos en el fragor de un incendio o al fondo de una inundación, tranquilos transeúntes que me encontrasen en un peligro inesperado, etc. La naturaleza humana es infinitamente mejor de lo que parece.
Reventando las costuras del cuestionario, que prefiere los pequeños pespuntes, he contestado; pero la pregunta más importante queda en el aire: ¿por quién soy capaz de arriesgar yo la vida? Esa es la que tengo que hacerme y, si soy valiente, la que tengo que ir respondiendo. Todos los días.