Beatrice Fazi: “Dios ha curado la herida que me provoqué con el aborto”

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Beatrice Fazi es una popular actriz italiana con una impactante historia de conversión. Con veinte años abortó y cayó en una espiral autodestructiva que la condujo a la anorexia, la bulimia y el consumo de drogas. Hoy es una feliz madre de cuatro hijos que no pierde la oportunidad de proclamar que Dios ha hecho y hace de su vida una “obra de arte”.

Por Ángeles Conde Mir / Fotografía: Antonello Nusca

“¿Quien es Beatrice Fazi?”. “Es una hija de Dios”, contesta con emoción. Pero ¿quién era antes de conocer a Dios? Misión conversó con ella y advirtió, durante la charla, que se trataba de una persona que se creyó autosuficiente y que buscó el amor en los lugares equivocados. “Siempre aspiré al amor con a mayúscula”, asegura. Sin embargo, en realidad estaba sola, tanto que no contó con una mano amiga que le advirtiera de que abortar no sería la solución a sus problemas, sino la causa de otros muchos. “La raíz de todos mis males fue el aborto”, asegura. Pero la tristeza ya no domina su vida. Tampoco la rabia, el rencor o la desesperanza. “Otro me ha liberado de mi culpa y ha curado mis heridas”, comenta con convicción, aunque pasaron varios años hasta que los nubarrones desaparecieron de su horizonte.
Parte de este camino lo cuenta en su libro Un cuore nuovo. Dal male di vivere alla gioia della fede (en español, “Un corazón nuevo. Del dolor de vivir a la alegría de la fe”).
Un volumen que –reconoce con una sonrisa– ha tenido el mejor amanuense: el Espíritu Santo. No por casualidad, lo escribió en la Cuaresma del año pasado. Se decidió a escribir su renacimiento pues, a quienes relataba su conversión, le pedían que contara más.
El escándalo por confesar su secreto
Fazi alcanzó notoriedad gracias a su papel de Melina en la serie Un medico in famiglia, la versión italiana de la popular serie española Médico de familia. Cuando comenzó a conceder entrevistas y a relatar cómo pasó del vacío a la plenitud de un corazón lleno de la misericordia de Dios, notó que, para muchos, “era casi un escándalo que una actriz quisiera vivir el Evangelio”.
Hasta que el libro vio la luz en 2015, nunca había hecho público que, en 1993, a los veinte años, se sometió a un aborto. En ese momento, la actriz mantenía una relación intermitente con un hombre mayor que ella, divorciado y cocainómano. Fazi estaba sola en Roma, era estudiante y comenzaba a trabajar esporádicamente como actriz. Sin dinero, sin el apoyo del padre del hijo que llevaba en su vientre, sin poder contárselo a sus padres y aconsejada por unas amigas, se acogió a la ley 194 que, en mayo de 1978, despenalizó el aborto en Italia. “Me sorprendió la cantidad de mujeres que estaban esperando para abortar. Para muchas, no era la primera vez que se acogían a esta ley, porque usaban el aborto como método contraceptivo”.
Con este amargo recuerdo comienza su libro; en concreto, con la pregunta de la enfermera del consultorio que gritó: “¿Quiénes son las de la 194?”. Una ley de la que, paradójicamente, Fazi había sido firme defensora, ya que militó en grupos feministas durante sus años universitarios. “Por esta razón, nunca pensé que llevara dentro a un niño. Estaba convencida de que solo se trataba de un conjunto de células”.
Para la joven Beatrice era necesario luchar por este “derecho sacrosanto de las mujeres”. Es más, acusaba a “la huella de la cultura católica” de la culpa que arrastró después de arrancar de su seno al hijo no nacido. Cuenta, con el rostro desencajado, que aún siente, como si fuera hoy, el dolor físico que sintió al despertar de la anestesia. “Pedí a la enfermera que me diera algo para el dolor. Me miró y, con su expresión, parecía que me dijera: ‘Haberlo pensado antes’”, recuerda.
El mundo artístico no contribuyó a mejorar su vida, y su pasado familiar tampoco era halagador: después de veinte años de matrimonio, su padre traicionó a su madre y la abandonó. Todos estos elementos generaron una espiral de autodestrucción a la que se sumaron los trastornos alimentarios y el consumo esporádico de drogas. “Estaba obsesionada con mi peso y con mi cuerpo, quería que fueran perfectos”, relata en su libro. “Además, mis relaciones con los demás eran fingidas e interesadas. […] Ese vacío existencial me llevó a desear caprichos: compré una casa, tuve un novio formal…, pero eso no me dio estabilidad. Es más, él también me traicionó”.
Pese a todo, en su interior seguía gritando una sed insaciable de amor. Y, mientras que continuaba negando a Dios, comenzó a practicar el budismo “para limpiar mi karma” , porque la culpa por el aborto continuaba lastrando su existencia. En esa circunstancia, Dios se le presentó “de puntillas”, comenta.
Un corazón de carne
Volviendo la vista atrás, reconoce que Cristo la liberó del peso que la atenazaba: “Me ha hecho sentir libre de mi pecado, capaz de enfrentarme a mi culpa, de plantarle cara a mi error, sin sentirme hundida, porque Él ha venido a hacerse cargo. Curó las heridas de mi vida. Curó la herida que me provoqué con el aborto”.
Dios llamó a su puerta de forma inesperada, pero tierna y cuidadosa. Un día, paseando por el centro de Roma, se sintió cansada y decidió entrar a una iglesia para sentarse. El Santísimo estaba expuesto, algo a lo que ella, atea y anticlerical, no daba importancia. Pero, como el que está al sol sin notar que se broncea, Dios empezó a transformar su corazón de piedra en uno de carne. “Cristo vivo se comunicó conmigo. Comencé a llorar, aunque todavía era pronto para darle un ‘sí’ definitivo”.
En ese tiempo, conoció a su actual marido, Pierpaolo, que estaba divorciado. En el verano del año 2000, en una Roma invadida por miles de jóvenes que acudían a la JMJ con san Juan Pablo II, sucedió de nuevo algo decisivo: “Estábamos en la moto y, en un semáforo, mi mirada se cruzó con la de uno de esos papaboys. Vi en sus ojos una alegría que no era la mía. Yo lo tenía todo, pero no esa frescura en los ojos”.
Un año después, una antigua amiga la invitó a una catequesis a la que no fue. Ya convivía con Pierpaolo, y esperaba su primera hija. Su amiga, Laura, continúo hablándole “de un Padre Celeste que me quería como era”, hasta que, por fin, la gota que horadaba la roca venció y Fazi se deshizo de su coraza. En 2002 se confesó. Con los ojos inundados en lágrimas, cuenta que ese día se sintió amada, liberada y perdonada. “Supe que el mayor error que cometí fue el de separarme de Dios y no reconocerme como su hija”. Inició entonces un camino de conversión en soledad, sin Pierpaolo: “Pero me decían que si el Señor llama a uno de la familia, acaba llamándolos a todos”. Y así fue.
Aunque todavía no podían casarse por la Iglesia, Pierpaolo había solicitado la nulidad. Otro paso que afianzó su amor mutuo fue la decisión de vivir castamente tras una peregrinación a Medjugorje: “Vivimos un noviazgo casto, aunque ya teníamos dos hijos, porque Él te permite vivirlo así, si te fías”. En la primavera de 2008, llegó la sentencia de nulidad y, el 7 de julio de 2008, se casaron. Fazi es hoy madre de cuatro hijos; la pequeña, Maddalena, tiene apenas ocho meses. Cuando conversamos con ella, nos cuenta que acaba de darle el pecho y que la ha dejado a cargo de su madre. Explica que Dios sigue actuando en su vida porque, asegura, era una madre de carácter duro: “Tenía rabia. Creo que quería hacerles pagar a mis hijos mi elección, porque ellos tuvieron el derecho de nacer y su hermano, no. Esto lo he entendido después”, afirma liberada.
“Beatrice, en este Jubileo de la Misericordia, ¿qué significa esta palabra para ti?”, le preguntamos. “Significa ‘sígueme tal y como eres’. Significa que Dios es fiel y sigue cumpliendo sus promesas”. Nos despedimos de ambos, de Beatrice y Pierpaolo, con la certeza de que Dios hace nuevas todas las cosas. Nos cuentan que tienen que marcharse a una parroquia para impartir catequesis. Cuatro hijos y una vida en la que no dejan de testimoniar “la obra maestra” –como afirma Beatrice– que Dios ha hecho con ellos. “Pero ¿cómo podéis con todo?”. Se miran con complicidad y Beatrice sentencia: “Al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”.
«“Era casi un escándalo que una actriz quisiera vivir el Evangelio”»
Beatrice Fazi nació en Salerno (Italia) en 1972. Está casada con Pierpaolo Platania, con quien tiene cuatro hijos: Maria Lucia (trece años), Fabio (doce años), Giovanni (ocho años) y Maddalena (ocho meses).

 

 

 

 

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