7 cosas que cualquier hombre puede imitar de Cristo

“El Hijo de Dios trabajó con manos de hombre, obró con voluntad de hombre y amó con corazón de hombre”. Pero, ¿se le puede imitar hoy?
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Por Rut Sanchez

Por José Antonio Méndez

Puestos a buscar un modelo de masculinidad, ¿quién mejor que Jesús, el más perfecto de todos los hombres? A fin de cuentas, como explica uno de los documentos eclesiales más importantes del siglo XX, la constitución del Vaticano II Gaudium et Spes, “el Hijo de Dios trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre y amó con corazón de hombre”.

Entregarse libremente

El dominio de sí que no tiene nada que ver con el voluntarismo ni la represión, sino con la entrega libre a la voluntad de Dios. No solo los varones célibes, también los casados encuentran dificultades para vivir su sexualidad ordenadamente, como en todas las demás virtudes. Jesús, que fue célibe, vivió su sexualidad de forma ordenada, y nos da no solo el ejemplo, sino la capacidad por su Espíritu Santo de encuadernar todas nuestras tendencias, incluso las más desordenadas.

No someterse a modas injustas

Lejos de toda visión machista, Jesús da ejemplo de respeto integral a la mujer, sabiéndose complementario y unido a ella. Jesús trata a las mujeres respetando de un modo nuevo su dignidad: la samaritana y la adúltera que aparecen en el Evangelio se consideran tratadas como nadie las había tratado nunca; y en el grupo de Jesús hubo también mujeres, lo que constituyó una novedad enorme para su tiempo.

Comprender la complementariedad

Lo masculino no es lo opuesto a lo femenino. Dios ha creado al hombre y a la mujer en igual dignidad, y son distintos para ser complementarios física y psicológicamente. La luz de Dios nos enseña a valorar lo específico de cada uno, y no a contraponerlo, agradeciendo a Dios lo que cada uno puede aportar por ser varón o mujer. Y esto también lo vivió Jesús.

Delicadeza

La especial deferencia de Jesús por la mujer ya llevó en el siglo IV a uno de los Padres de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, a aconsejar a los hombres que tratasen con delicadeza a las mujeres, y en concreto a los esposos, a hablar con sus esposas “nunca sin más, sino con lisonja y consideración, con mucho amor” pues “a la compañera de tu vida, a la madre de tus hijos, a la que es fundamento de toda felicidad no hay que sujetarla con miedo y amenazas, sino con amor y afecto”.

Fortaleza sin agresividad

Precisamente san Juan Crisóstomo apuntaba otras de las cualidades que Jesús enseña a los varones: la fortaleza y la constancia, pero nunca desde la agresividad, sino desde la entrega apasionada. Así, refiriéndose a los casados, pedía cuidar de sus mujeres “como Cristo cuida de la Iglesia: aunque haya que dar la vida por ella, aunque haya que dejarse golpear miles de veces, cualquier cosa que haya que aguantar y padecer por ella, no lo rehusarás. E incluso si llegas a pasar estos sufrimientos, todavía no has sufrido por ella nada comparable a lo que pasó Cristo”.

Constancia y convicción

También cabe pensar en la exactitud de Jesús, su capacidad de elaborar discursos y usar palabras convincentes; su ajustarse a su norma única (la voluntad del Padre) y su modo de luchar sin denuedo, hasta la muerte, por la justicia en su propio corazón y en las relaciones entre los hombres. Mostró como actitud propia de la virilidad la capacidad de salir de sí mismo y, desde sí mismo, darse por entero al Padre y a los hombres.

Los hombres a veces sí lloran

Frente a una cultura que presenta a los hombres como insensibles e incapaces de mostrar sus sentimientos, Jesús actúa con total libertad y se compadece de los enfermos, de los necesitados y de los pobres; llora ante la tumba de Lázaro, deja que los niños se acerquen a Él y los bendice, mira con cariño al joven rico, mantiene relaciones de amistad… porque Él es el rostro de la misericordia del Padre, que adquiere tonos de ternura en muchos momentos.

En Jesús tenemos el mejor ejemplo y, sobre todo, el auxilio de su gracia. Cuando le dejamos entrar en nuestro corazón, es posible la armonía de todas las virtudes humanas, masculinas y femeninas. Con Él es posible vivir en la gracia de Dios.

Elaborado con el asesoramiento de Monseñor Demetrio Fernández, obispo de Córdoba / Ángel Castaño, sacerdote y profesor de Cristología en la Universidad Eclesiástica de San Dá­maso, Madrid.

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