Por María José Arranz y Carmen Seara / Pintura: Carlos Pérez, 1998, Catedral de la Almudena
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
En este 2024 se cumplen 50 años de la muerte de santa Maravilla de Jesús, una mujer fundamental del siglo XX en España, que vivió y realizó su fructífera misión en “tiempos recios”. Esta “amiga fuerte de Dios”, como la define el padre Ramón García-Saavedra, capellán del santuario del Cerro de los Ángeles, “destacó por su gran amor a la Iglesia y a la Orden del Carmelo”.
Fueron los años de anticlericalismo y persecución de la Segunda República española, de la Guerra Civil y la posterior posguerra. Su principal aportación fue realizar, sin pretenderlo, una segunda reforma de la orden carmelita. A través de los conventos que fundó volvió a restaurar la primera reforma de santa Teresa de Jesús, lo cual supuso una revitalización de la vida contemplativa. Tal y como explica a Misión el padre García-Saavedra, “en momentos difíciles para muchas órdenes religiosas, ella supo mantener vivo el carisma teresiano, adaptándose a los tiempos, pero sin cambiar nada de la preciosa herencia de santa Teresa para sus hijas”.
Profunda unión con Dios
María de las Maravillas, hija del marqués de Pidal, embajador de España ante la Santa Sede, nació el 4 de noviembre de 1891 en Madrid. Era una niña de fuerte personalidad a la que le costaba controlar su genio. Pero una educación centrada en la fe y en el cultivo de las virtudes le dio serenidad a su carácter. Pero quizás su rasgo más llamativo era la profundidad con la que miraba y escuchaba a todos. “Era delicadísima en la caridad –explica García-Saavedra– no sólo con sus hijas, que la querían como a una verdadera madre, sino con todos los que acudían a ella. Son innumerables los testimonios de sacerdotes, familias y seminaristas necesitados que encontraron en ella ayuda material y espiritual”.
Esta caridad, que le brotaba de forma natural, tenía su raíz en la unión con Dios. La llamada que escuchó el día de su confirmación siguió resonando siempre en su corazón. Maravillas quiso ser carmelita precisamente para vivir y morir escondida en Dios, aunque tardó muchos años en poder entrar al convento. El capellán del Cerro de los Ángeles señala que la Madre Maravillas sabía que su vocación como carmelita contemplativa era “vivir la vida escondida de Nazaret”.
“Vivió inmolándose por la salvación de las almas y pidiendo por el reinado del Corazón de Jesús”
Una segunda llamada
Maravillas entró en el carmelo de El Escorial en 1919, meses después de la consagración que hizo de España Alfonso XIII al Corazón de Jesús ante el monumento del Cerro de los Ángeles. Este fue un signo evidente de la misión particular que luego encarnaría: vivir su vida de carmelita “inmolándose por la salvación de las almas y pidiendo por el reinado del Corazón de Jesús, especialmente en España”, comenta el capellán.
Un hito fundamental de esta segunda llamada fue la fundación en 1924 de un nuevo convento en el Cerro de los Ángeles, a los pies del monumento al Sagrado Corazón. El mismo Jesús le habló en la oración sobre esta fundación: “Aquí quiero que tú y esas otras almas escogidas de mi Corazón me hagáis una casa en que tenga mis delicias. Mi Corazón necesita ser consolado, y este carmelo quiero que sea el bálsamo que cure las heridas que me abren los pecadores. España se salvará por la oración”.
Tiempos de tribulación
En 1931 comenzaron las revueltas violentas en Madrid, y con ellas llegaron al Cerro los rumores de un posible ataque al monumento del Corazón de Jesús. La Madre Maravillas, entonces ya priora, pidió permiso para que, llegado el caso, la comunidad pudiera salir de la clausura a defender al Sagrado Corazón. Su superior se lo negó, pero las religiosas decidieron velarlo todas las noches por turnos, excepto la Madre Maravillas, que permanecía despierta toda la noche acompañando a sus hijas y al Sagrado Corazón desde la ventana de su celda. Finalmente, Pío XI les concedió el anhelado permiso, pero no pudieron protegerlo porque el 22 julio de 1936 fueron expulsadas del convento del Cerro y llevadas a otro de las ursulinas en Getafe.
Días después, desde allí, escucharon la explosión de las cargas de dinamita que redujeron a ruinas el monumento. Sólo quedaría intacto el Corazón, que aún se conserva en el convento del Cerro de los Ángeles.
Sin hábito y sin convento, las 21 hermanas carmelitas vivieron aquel tiempo durante la Guerra en un piso pequeño que les prestaron en Madrid. Al menos en dos ocasiones, la serenidad, la simpatía y el genuino interés de la Madre Maravillas por las familias de los milicianos que las “visitaban” salvarían a la comunidad. Tanto es así que ellos mismos les acabarían llevando más monjas para que las acogieran en su pisito. Aquel largo año terminó en un éxodo desde Madrid, pasando por Cataluña, hasta Lourdes, para volver a entrar en España y llegar a Salamanca.
Los últimos 13 años de su vida los pasó en el Carmelo de La Aldehuela. Falleció el 11 de diciembre de 1974, a los 83 años de edad, repitiendo las palabras: “¡Qué felicidad morir carmelita!” .
Carmelitas del siglo XXI
La obra de santa Teresa y la continuación que realizó en el pasado siglo santa Maravillas de Jesús sigue produciendo abundantes frutos. Muchas universitarias y profesionales siguen recibiendo la llamada a entregar su vida a Jesucristo en el silencio, la oración y la penitencia por la salvación de las almas. En un mundo hedonista y materialista hay una gran sed de Dios y los jóvenes buscan responder a la vocación con radicalidad. “No se conforman con medias tintas. Para vivir una vida relajada ya está el mundo. Los jóvenes de hoy buscan la pobreza radical, la austeridad, una vida exigente que les haga vivir la vida sin regateos”, explica el padre García-Saavedra.
La Cruz más pesada
La Madre Maravillas nunca pudo ver realizado su sueño de ser una carmelita olvidada. Fue elegida priora por sus hermanas dos años después de hacer sus votos perpetuos. Y, aunque no quería ni oír hablar de ello y aceptó sólo por obediencia y de forma provisional, en cada votación volvían a elegirla. Así, hasta el año previo a su muerte en el convento de la Aldehuela. No fueron el riesgo de perder su vida o la de sus hermanas, ni los viajes y trabajos para fundar los once conventos de España y el de la India, ni la penitencia o la pobreza, ni las noches sin dormir lo que supuso para ella la mayor cruz de su vida. Fue precisamente descubrir que había sido elegida priora lo que casi le cuesta la vida. Ella no se veía capaz de asumir tal responsabilidad: “Si fuésemos a ver lo del valer, yo le aseguro que no encontraría persona que menos sirva para ello que yo[…]. Por eso, por poco me muero cuando tuve que serlo porque creí que se perdería la comunidad”, escribía la santa.
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





