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Conoce a tu Ángel de la Guarda: “Un ángel marchará delante de ti”

Todas las personas, creyentes y no creyentes, cuentan con un ángel custodio para acompañarlas en su camino. El padre Ignacio Suárez, ORC, contesta a las preguntas de Misión para ayudarnos a entablar una relación más estrecha con el custodio.

Por Isabel Molina Estrada / Ilustración: Palma M. Guillán

¿Quién es el ángel custodio?

Como “ángel”, es un ser puramente espiritual que participa en el Cielo de la vida y de la gloria de la Santísima Trinidad. Y como “guarda” es quien custodia nuestra vida espiritual, ayudándonos a vivir en gracia y a introducirnos en la vida eterna; nuestra vida física, protegiendo nuestro cuerpo, alejando al maligno, fortaleciéndonos contra las tentaciones; y nuestro apostolado, para que seamos más eficaces.

¿Qué relación tener con él?

El culto que damos a Dios es de adoración. A nuestro custodio le damos un culto de devoción o veneracióna través de ejercicios de piedad privados y públicos. El primero de todos, no olvidarnos de que está a nuestro lado, dirigirnos a él como al amigo fiel que Dios nos ha dado para pedirle ayuda para conocerlo y amarlo más, y pedirle que nos socorra en nuestras tareas cotidianas, nos advierta de nuestros defectos, y agradecerle por todo el bien que nos hace. Conviene que nos habituemos a llamarlo “santo ángel de la guarda”.

“No olvidemos que nuestro santo ángel de la guarda está a nuestro lado, dirijámonos a él como al amigo fiel que Dios nos ha dado para pedirle ayuda para conocerlo y amarlo más, y pedirle que nos socorra en nuestras tareas cotidianas”

¿Qué prácticas recomienda?

Saludarlo varias veces al día: al levantarnos, cuando iniciamos una actividad o pedir su protección por la noche; rezar con él el Ángelus tres veces al día; rezar las oraciones dedicadas a él, como el “Ángel del Señor que eres mi custodio…” o el  “Ángel de mi guarda, dulce compañía…”; hablar con él como a un amigo al que le pedimos consejo; llamarlo en situaciones difíciles, en los peligros y en las tentaciones; e invocar al ángel de la guarda de otras personas o enviar al nuestro a otras personas para que nos ayuden en esas relaciones personales.

“Podemos hablar con él como a un amigo al que le pedimos consejo y llamarlo en situaciones difíciles, en los peligros y en las tentaciones“

¿Cómo tratan los santos a su custodio?

Hay muchos ejemplos, pero me llama especialmente la atención la devoción del Papa san Juan XXIII, quien en los encuentros con determinados visitantes comentaba: “Mi ángel bueno me ha inspirado tal cosa y tal otra…”. Y exhortaba a los padres a inculcar en sus hijos la convicción de que nunca están solos y a enseñarles a conversar confiadamente con su ángel y a conversar con su custodio sobre los demás. O la de san Juan de la Cruz, que propone a las almas piadosas imitar la serenidad de los ángeles ante el mal y ante los pecados del prójimo: sin aprobar el mal, renunciar a la crítica.

¿Por qué tenerle esta devoción?

La razón teológica es lo que dice Dios a su pueblo Israel: “Yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te conduzca hasta el lugar que te he preparado. Respétalo y escucha su voz” (Ex. 23, 20-21). La Iglesia interpreta estas palabras también para el ángel custodio. Una devoción que, en última instancia, es para adorar y alabar más a Dios, y crecer en caridad para con el prójimo. “El honor que les tributamos [a los ángeles] manifiesta Tu gloria, y la veneración que merecen es signo de Tu inmensidad y excelencia sobre todas tus criaturas”, rezamos en el prefacio de los Ángeles del Misal Romano.

El honor que tributamos a los ángeles manifiesta la gloria de Dios, y la veneración que merecen es signo de la inmensidad y excelencia sobre todas las criaturas creadas por Él

¿Cómo profundizar en esta devoción?

Estudiar la Sagrada Escritura, las intervenciones del Magisterio sobre los ángeles, el libro Mi Ángel marchará delante de ti de Georges Huber (Palabra, 2017), las seis catequesis de san Juan Pablo II sobre ángeles y demonios (audiencias generales del 9 de julio al 20 de agosto de 1986), y lo que dice el Catecismo sobre ángeles y demonios (núms. 325 a 336 y 391 a 395).  

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