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Chiara Corbella

Los novísimos: “Nacemos para no morir nunca”

“Nacemos para no morir nunca” fue la frase que hizo célebre a Chiara Corbella, una madre italiana en proceso de beatificación que falleció en 2012 con tan sólo 28 años. A pesar de enfrentar una enfermedad grave, embarazos de alto riesgo y la muerte prematura de dos de sus tres hijos, Chiara sabía que toda nuestra vida está orientada a la eternidad. Con esta visión de la vida nos asomamos a las últimas cosas que nos van a pasar –muerte, juicio, Cielo o infierno–, conscientes, como Chiara, de que ¡hay mucha vida después de la muerte!

Por Isabel Molina Estrada / Ilustraciones: Javier Ugarte

Nacemos para no morir nunca (Ediciones Palabra, 2015) es también el título del libro en el que Enrico Petrillo, marido de Chiara, desvela su historia. Ella escuchó esta frase de un enfermo terminal cuando tenía quince años y, con el tiempo, en medio de sus propias pruebas, la convirtió en el motor de su vida.

nrico cuenta que Chiara tenía miedo de muchas cosas, pero no de la muerte, porque sabía que al otro lado estaba el Señor que la esperaba, y esa certeza la hacía plenamente feliz. “Alguien piensa que la muerte santa significa morir sano, pero hay una “t” en el medio que hace la diferencia: San(t)a. Esa “t” forma una cruz, y es esta letra la que te convierte en santo”, comentaba Enrico. Chiara dedicó su sufrimiento a amar, amar y amar.  Y elevó la mirada alto, muy alto. 

El padre Alonso Rodríguez decía que, si quiero que una flecha llegue a una meta lejana, no puedo apuntar en línea recta porque irá a parar al suelo. Debo elevar el tiro muy por encima de mi objetivo para que la flecha acabe justo en el blanco. Este jesuita (1525-1616) en su obra inmortal Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, alentaba a las personas no sólo a levantar la mirada, sino también a poner medios elevados para ser santos y no fallar en la única meta verdaderamente decisiva de la vida: llegar al Cielo.

Sin embargo, no resulta tan sencillo tener esta perspectiva. Todo nos empuja a sumergirnos por completo en nuestras actividades, sueños y proyectos, y parece no quedar espacio para reflexionar sobre el destino eterno. Pero la vida terrena no es más que el preludio de la Vida con mayúscula, y no dura ni un suspiro en comparación a ese tiempo futuro que nunca tendrá fin. 

¿Qué viene después? La Iglesia lo ha repetido por activa y por pasiva a lo largo de los siglos: al final de la vida nos enfrentamos a cuatro realidades –muerte, juicio, cielo o infierno–, conocidas como las postrimerías o novísimos. Son verdades serias que merece la pena tener siempre presentes. Al fin y al cabo, como recordaba san Agustín, “todas nuestras cosas, tanto las buenas como las malas, son inciertas; sólo la muerte es segura”.

La vida terrena no dura ni un suspiro frente a ese tiempo futuro que nunca tendrá fin

La muerte, ese momento en que el alma se separa del cuerpo

Aún conservamos en la retina las desoladoras imágenes de la DANA de Valencia de 2024. El agua llegó de golpe, casi como en un tsunami, y, en pocas horas, muchas personas quedaron sepultadas bajo el lodo o fueron arrasadas por la corriente de agua. Y es que la muerte puede llegar así, sin previo aviso. Y si llegara hoy, ¿estaríamos preparados?

En los ya centenarios, pero siempre vigentes Ejercicios espirituales, san Ignacio de Loyola propone al final de la primera semana meditar sobre la muerte y el infierno. Sostenía este maestro del discernimiento espiritual que, si contemplo “cómo me hallaré en la hora de la muerte”, podré encontrar la fuerza necesaria “para ordenar mi vida presente”.

Pero ¿qué es exactamente la muerte? El Catecismo la define como “el final de la vida terrena” (CIC 1007); es el momento en que el alma se separa del cuerpo. También Chiara Corbella solía repetir que la muerte no tiene  “la última palabra”.  Y no le faltaba razón: el propio Catecismo enseña que el alma se reunirá de nuevo “con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos” (CIC 1005). Porque, aunque tras la muerte el cuerpo se descompone, el alma inmortal volverá a unirse a un cuerpo renovado de manera misteriosa por el poder divino.

Lo cierto es que la muerte no llega del mismo modo para todos. Puede estar marcada por el miedo y la de-sesperación o, por el contrario, ser –como dice el Salmo 116– un momento “precioso a los ojos del Señor”. Así lo confirman quienes han acompañado a muchos enfermos en sus últimos instantes en hospitales. La cuestión es: ¿podemos elegir cómo morir? En cierto sentido, sí porque “se muere como se vive”, aseguraba san Alfonso María de Ligorio.

Para tener una buena muerte conviene no perder de vista algunas claves: vivir en gracia de Dios –y, si se pierde, recuperarla cuanto antes en la confesión–; cultivar la devoción a san José, patrono de la buena muerte, y a la Virgen, abogada imbatible en la hora del juicio; llevar siempre el escapulario, signo de predestinación; y, finalmente, pedir los últimos sacramentos.

Para quien se vea sorprendido y no pueda recibirlos, recordar la “salida de emergencia” que el padre Jorge Loring difundió con tanto empeño. Consiste en pronunciar tres palabras que expresan el deseo sincero de reconciliarse con Dios y abrirse a la salvación: “Dios mío, perdóname”.

“Al atardecer de la vida seremos examinados en el amor” 

El juicio: todo está patente a los ojos Dios

En el juicio particular, que tiene lugar justo después de la muerte, quedan fijadas para siempre las decisiones y el destino eterno de toda persona. María Vallejo Nágera, en su libro Cielo e infierno: verdades de Dios (Libros Libres, 2012), explica que en ese instante existen sólo dos posibilidades: condenación o salvación.

Y dentro de quienes se salvan hay dos tipos de almas: las que están perfectamente preparadas, que entran de inmediato en la presencia de Dios, y aquellas que, al comprender con total claridad que aún no están purificadas para habitar con Él en el Cielo, se apartan voluntariamente y van al purgatorio.

Sobre el juicio, la Epístola a los Hebreos es rotunda al afirmar que nada escapa a la mirada de Dios:  “Todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuentas” (Heb, 4,13). Y advierte que quien se obstina en el camino del mal, a pesar de haber conocido el camino del bien, se expone a  “un fuego ardiente que ha de devorarlo” (Heb, 10,27). 

Pasamos la vida preparándonos para todo tipo de exámenes. Y para la prueba final, la definitiva ¿nos preparamos bien?

Conviene recordar algo esencial: el examen del alma no se limitará a los pecados que no hayamos cometido —“no maté, no robé, no adoré falsos dioses”—, sino que, sobre todo, como enseñaba san Juan de la Cruz, “al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”.

Por eso, un punto de partida en la preparación puede ser meditar las Bienaventuranzas: “¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!” (Mt 5, 8).

El cielo, ese lugar donde se llena la sed de infinito

Quien imagina el Cielo como acudir a una enorme sala de cine repleta de gente con gafas 3D, inmóviles todas ante una pantalla que proyecta imágenes bellísimas por toda la eternidad, ¡está muy lejos de la verdad! Entonces, ¿qué es y cómo es el Cielo? El mismo Dios le reveló a Abraham: “Yo mismo seré tu gran recompensa”.

Primera clave: el Cielo es vivir con Dios de tú a tú, “cara a cara”, como escribió san Pablo. Pasamos la vida buscando la felicidad porque nuestro corazón tiene sed de infinito, pero a menudo olvidamos en Quién debemos buscarla. Estamos hechos para vivir con Él; por eso, cuando lo veamos cara a cara, nos sentiremos atraídos como un metal hacia un imán irresistible.

 Santo Tomás enseñaba que el Cielo es donde se sacia todo deseo de bien porque las criaturas pueden amar de modo finito, pero tienen una capacidad infinita de dejarse amar. Y sólo el amor infinito de Dios puede colmar el corazón humano. Aun así, el Cielo es tan sublime que quizá lo más acertado sea volver a san Pablo: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9). ¡La meta es el Cielo!

Camino al Paraíso: “Para ir al Cielo no basta estar libre de pecado”
En uno de sus célebres sueños, relatados en Los sueños de Don Bosco (Editorial CCS, 2002), san Juan Bosco paseaba con sus jóvenes camino al Paraíso. “Nos preguntábamos unos a otros: ¿será este el camino que conduce al Paraíso?”, recuerda.
En un momento, concluye que aquel era efectivamente el camino, aunque debían atravesar “una angostura”: “Para ir al Cielo no basta con estar libre de pecado, sino también de todo pensamiento y afecto terrenal (Nada contaminado entrará allí)”, explica.
Al llegar a cierta altura de la montaña, vio a muchas personas sufriendo horriblemente. “No os puedo decir lo que vi, porque os causaría una pena demasiado intensa…”, relata, refiriéndose al purgatorio.
Pero también vio a otros subir por las laderas hasta la cumbre, donde eran recibidos con júbilo y aplausos. “Oímos una música verdaderamente divina, un conjunto de voces dulcísimas que modulaban suavísimos himnos. Esto nos animaba más y más a continuar la subida”. Al final del relato, Don Bosco preguntó a sus chicos: “¿Queréis saber qué hacer para evitar el purgatorio?”. Y él mismo respondió: “Procurad ganar todas las indulgencias que podáis”.

El infierno: “Nunca saldrás de aquí”

“El general condenado” es uno de los relatos más impactantes que san Juan Bosco narróa sus jóvenes. Don Bosco contaba el caso de dos amigos que habían pactado que el primero que muriera debía regresar, si podía, para decirle al otro si de verdad existía algo después de la muerte. Uno de ellos murió y una noche, el superviviente, incrédulo y burlón, vio que se abría la cortina de su habitación. Ante él, apareció su amigo muerto, con el rostro desfigurado, y con voz terrible le dijo: “¡Existe el infierno y yo estoy en él!”.

Nadie tiene obligación de creer en los sueños de Don Bosco, pero la Iglesia es rotunda sobre el infierno: es dogma de fe. Otra visión que tuvo este santo-del infierno podría resumirse en dos palabras: “siempre” y “nunca”. En aquel sueño contempló una inscripción enorme que marcaba el tiempo perenne para los condenados, como enfatizando:  “Siempre estarás aquí… Nunca saldrás de aquí”. 

Explica Charles Arminjon en El fin del mundo y los misterios de la vida futura (Gaudete, 2010) –uno de los libros de cabecera de santa Teresita de Lisieux– que el infierno es una prisión que no sólo sirve de residencia para los ángeles rebeldes, sino también para los réprobos, y es la residencia más incómoda, oscura e ignominiosa que existe. 

Sólo el amor infinito de Dios puede colmar nuestro corazón

Santa Faustina, una de las santas que en vida pudo ver el infierno, escribió en su diario los tormentos que allí se sufren: la pérdida de Dios; el continuo remordimiento de conciencia; saber que aquel destino no cambiará jamás; el fuego que penetra el alma, pero no la aniquila; la oscuridad permanente, a pesar de la cual el demonio y las almas ven mutuamente su mal; la compañía continua de Satanás; y, quizá lo peor de todo, la tremenda desesperación y el odio a Dios…

Y añadía que, aun así, estas penas no son todo porque cada alma sufre de modo indescriptible con el sentido (los ojos, las manos…) con el que solía pecar.  “He observado algo más –añadía–: la mayor parte de las almas que están allí son las que no creían que el infierno existía”.

Por todo esto es conveniente pensar en los novísimos, siguiendo la inspiración de santa Teresa tras conocer el infierno: “El Señor quiso que viese de dónde me había librado su misericordia… Y así cualquier dolor que aquí pase me parece una niñería, y me parece que nos quejamos sin razón”. Las dificultades de esta vida no son nada comparadas con las penas o las glorias del más allá. 

Visión del infierno: “Pasaría muchas muertes de muy buena gana para librar a una sola alma de tan gravísimos tormentos”
La gran santa Teresa de Jesús relató que un día, mientras estaba en oración, se vio súbitamente inmersa en el infierno. “El Señor quería que viese el lugar que los demonios allí me habían preparado, y que yo merecía por mis pecados”, cuenta en El Libro de la Vida.
Aunque la experiencia fue breve, jamás pudo olvidar el horror que presenció: el suelo era “un agua como lodo muy sucio, de olor pestilente, y lleno de sabandijas malas”; en el fondo, una especie de concavidad en la pared, “a modo de armario”, la aprisionaba “con mucha estrechez”.
Más terrible que la visión fue el dolor al ser encerrada allí. “Los dolores corporales son tan insoportables… Fue como si se me encogiesen todos los nervios, además de muchas otras torturas, algunas causadas directamente por el demonio”. No podía “ni sentar ni acostar”, pues el espacio era insuficiente, y las paredes, “espantosas a la vista, apretaban por sí mismas”.
Todo estaba en “tinieblas oscurísimas”, pero aun así se podía percibir “todo lo que te pueda causar pena”, y lo peor era saber que aquello “no tendría fin, ni cesaría jamás”.
Aun así, Teresa consideró esta visión como “la mayor merced” que recibió en su vida. Desde entonces, su pena por las “muchas almas que se condenan, especialmente aquellos que han dejado la Iglesia” se intensificó, y su impulso por salvar almas creció hasta el punto de afirmar que “pasaría muchas muertes de muy buena gana” para librar a una sola alma de tan gravísimos tormentos.

Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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