Por Enrique García-Máiquez
Gastemos mucho cuidado de que no se nos contagie el habitual y lamentable desdén hacia las Novelas Ejemplares. Entre su brevedad y la facilidad de lectura, nos pueden parecer una obra menor. Sin embargo, nuestro príncipe de las letras publicó estas novelas con la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha ya escrita. Por tanto, Cervantes era para entonces un maestro consumado. Y en el prólogo, nos avisa, tras llamarnos “lector amantísimo”, de lo mucho que él promete en estas novelas y del sabroso fruto que en ellas encontraremos.
Crónica política y social
No seremos de esos, ni desagradecidos a los espléndidos ratos de lectura que regalan estos cuentos largos o novelas cortas, al modo italiano, pero con una prosa de un sabroso carácter hispánico.
Junto al prejuicio del tamaño que piensa que un libro pequeño no puede ser un gran libro y junto al masoquismo de creer que una historia que nos divierte tanto no puede ser profunda, una razón más explica la cicatería crítica: lo mucho que Cervantes espera de nosotros. Deja buena parte de la historia (y especialmente la moraleja) a nuestro cargo.
Con claridad meridiana y meridional, en La española inglesa, por fuera, asistimos a una historia bizantina de viajes y tornaviajes y aventuras marítimas entrecruzadas de amor y peligro.
Lo paradójico es que transcurre en una Inglaterra coetánea y que lo más importante casi no se nos cuenta. Leemos los amores de la bellísima (en principio y al final, no por en medio) Isabela, gaditana para más gracias, con Ricaredo, inglés, pero católico. Son una delicia. Lo que no vemos es lo fundamental: ni los fuegos de la envidia en la corte; ni tampoco el sutil análisis que hace de la caballería y el honor.
La reina prudente
Lo hace siendo amabilísimo con casi todos, incluyendo a piratas y secuestradores. Mientras que Lope de Vega en La Dragontea llama a la reina Isabel I “arpía”, “cruel Medea” y hasta “foca”, Cervantes la retrata como una reina prudente, preocupada por la felicidad de sus vasallos y hasta capaz de hacer la vista gorda con los criptocatólicos.
Un lector precipitado podría pensar que Cervantes peca de relativismo religioso. En absoluto: Cervantes confía en que captemos los matices, especialmente finos en las diferencias entre el enamorado Ricaredo, que es un caballero ejemplar, y su padre, que es un gentleman y un criptocatólico… con sus cosas.
Que Ricaredo termine en Sevilla y sin contacto con sus padres nos deja en el aire un mensaje. El que iba para gentleman acaba ascendiendo a hidalgo.
Los espías de Dios
El poeta y profesor Enrique Baltanás acarició la idea —bellísima— de escribir una novela que, sobre la falsilla de La española inglesa, reconstruyese el ambiente del Londres criptocatólico en tiempos de William Shakespeare, cuando los jesuitas debían burlar la vigilancia del Estado y disfrazarse como auténticos “espías de Dios”. Habría sido un hallazgo: en los años en que nuestra Isabela frecuenta la corte de Isabel I, Shakespeare se movía en esos mismos círculos de nobles católicos, más o menos emboscados.
El autor de La española inglesa retrata ese mundo con una veracidad asombrosa. Cervantes describe un ambiente que ahora reconocemos gracias a estudiosos como Joseph Pearce, Clare Asquith o Hildegarde Hammerschmidt-Hummel.
Asombra la información que maneja nuestro escritor. Refleja, casi de soslayo, el miedo de los católicos ingleses, su heroísmo, su disimulación, su precaria posición en la corte, la tentación de la tibieza y el salto a la santidad. Habría sido precioso ver a Isabela asistiendo a una representación de Hamlet, pero ya parece que se pasea por sus páginas el espíritu. Y el final feliz de la novela ejemplar –luminosamente sevillano, católico y barroco– habría hecho las delicias del Shakespeare de las comedias.
Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





