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En la bisagra de la vida

Tengo un compañero de fatigas que apenas levanta cuatro palmos del suelo. Me acompaña a Misa por las mañanas y a base de costumbre sabe ya responder con la asamblea mejor que muchos adultos. Guarda la fila de la Comunión diligentemente, pasito a paso, y, como es debido, se enfada si el cura, por despiste, no le da su esperada bendición.

Por Isis Barajas

Mi pequeño compañero viene conmigo a la compra, a mis citas médicas o a las de sus hermanos. Tiene la delicadeza de no dejarme nunca sola en los recados, en las tareas domésticas y en mis continuas idas y venidas al colegio. Y, por supuesto, aquí lo tengo ahora mientras intento hilar dos frases seguidas que tengan sentido pidiéndome que le cambie de disfraz o enseñándome el último tesoro que ha encontrado en el cajón de un hermano.

Mi pequeño compañero se hace mayor y, a punto de cumplir los tres años, anticipo la nostalgia que sentiré cuando el curso que viene me dé un beso y se despida, junto con el resto de mis hijos, a la entrada del colegio. Por primera vez en años, en muchos años, y si nada ni Nadie lo remedia, me quedaré sin bebé en casa. Y qué silenciosas se verán de repente las mañanas de mi hogar.

El tiempo de los pañales, del porteo y de la primera infancia parece que va quedando atrás entre el alivio y la tristeza. Es una mezcla de sentimientos muy difícil de explicar, porque tras dieciocho años acunando la ternura de uno u otro bebé, una mujer percibe que de algún modo sus brazos, su vientre y sus senos se van quedando vacíos para siempre. Y esa es una sensación abrumadora que marca un antes y un después en el recorrido vital de cualquier madre.

Supongo que estoy en ese punto bisagra de la vida donde uno mira hacia atrás y hacia delante con igual perplejidad. Toda una historia larga me precede ya; etapas incontables que ahora veo lejanísimas, como si hubiera vivido no una, sino muchas vidas entrelazadas una detrás de la otra.

“Mi pequeño de casi tres años es hoy mi preciada compañía diaria. Sus cómicas ocurrencias pasarán, pero el privilegio de ser su madre durará para siempre”

Pero también contemplo el futuro como un lienzo en blanco donde aún, Dios mediante, hay mucho por esbozar. Se irán cerrando etapas preciosas, es ineludible; pero se abren otras nuevas cuya belleza aún está por desvelar.

Quizá este punto bisagra de la vida sea el desencadenante de la jaleada crisis de la mediana edad (nuestra querida década de los cuarenta), donde uno contempla su historia y se pregunta si realmente se encuentra donde quiere y debe estar. Más allá de las circunstancias externas que rodeen nuestra vida, me parece que este es un momento especial para frenar y obligarnos a mirar de cara aquello a lo que estamos entregando nuestra vida. Porque a algo (ojalá a alguien) se la estamos entregando sin ninguna duda.

Mi pequeño de casi tres años es hoy mi preciada compañía diaria, mi deleite y mi alegría. Sus cómicas ocurrencias, su lengua de trapo y su entrañable inocencia pasarán, pero el privilegio de ser su madre durará para siempre y hasta la eternidad.

Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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