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“León XIV es un pastor providencial para una Iglesia llamada a renovar su misión”

Rafael Lazcano es historiador y bibliógrafo y tuvo el privilegio de convivir durante cuatro años con nuestro actual Papa, entonces conocido como Robert Prevost. El Colegio Santa Mónica de Roma fue el escenario de este encuentro. Gracias a esta afortunada coincidencia, Lazcano ha editado dos biografías de León XIV. En esta entrevista con Misión, el autor nos cuenta peculiaridades del sucesor de san Pedro y de los momentos y circunstancias que han marcado su vida.

Por Alicia Gómez-Monedero

Usted convivió con Robert Prevost en el Colegio Internacional Santa Mónica, ¿qué recuerda de esos años con él?

Lo que permanece vivo en mi memoria de aquellos años (1981-1985) es una manera de ser. En el colegio convivíamos jóvenes agustinos procedentes de distintos países y culturas . En aquel ambiente, Robert Prevost destacaba por algo que con el paso del tiempo he llegado a considerar excepcional: sabía escuchar. Escuchaba con atención, sin prisas ni prejuicios, haciendo que cada persona se sintiera comprendida y valorada. Aquella disposición, aparentemente sencilla, revelaba ya una notable madurez humana y una profunda sensibilidad evangélica. No era quien más hablaba ni quien buscaba ocupar el centro de las conversaciones. Prefería comprender antes que imponerse y reflexionar antes que reaccionar. Recuerdo su trato cordial, su facilidad para tender puentes entre personas muy distintas y una serenidad poco común en alguien tan joven.

Rafael Lazcano en audiencia con León XIV
El padre de León XIV era de ascendencia francesa e italiana y su madre tenía raíces españolas, ¿cree que esto ha marcado la trayectoria de Prevost?

La diversidad de raíces presentes en su familia le permitió crecer en un ambiente donde la identidad no se entendía como una frontera, sino como un espacio de encuentro. Desde muy joven aprendió que la realidad humana es más amplia que cualquier pertenencia particular y que las diferencias pueden convertirse en una fuente de riqueza y no de división. Lo vemos en su experiencia misionera en Perú, en su servicio internacional dentro de la Orden de San Agustín y, posteriormente, en sus responsabilidades al servicio de la Iglesia universal.

Prevost (León XIV) y Lazcano, verano 1982 (Picos de Europa, Caín de Valdeón, León, España)
¿De qué manera ha marcado la figura de San Agustín el carácter del papa?

Prevost entró en contacto con la Orden de San Agustín desde muy joven, con 14 años. Su vocación comenzó a tomar forma durante sus años como estudiante en el St. Augustine High School Seminary, en Holland (Michigan). Aquel primer contacto se consolidó en la Universidad de Villanova. Allí cursó Filosofía y Matemáticas, dos disciplinas que reflejan bien algunos rasgos de su personalidad: el rigor intelectual, la capacidad analítica y la búsqueda de los fundamentos de la verdad. En ese ambiente universitario profundamente marcado por la tradición de san Agustín, su vocación maduró definitivamente hasta desembocar en su ingreso en la Orden.

En una ambiente universitario profundamente marcado por la tradición de san Agustín, su vocación maduró hasta desembocar en su ingreso en la Orden

¿Qué halló en los agustinos?

Encontró una síntesis particularmente atractiva entre fe y razón, interioridad y servicio, estudio y vida comunitaria. La espiritualidad agustiniana no invita a huir del mundo, sino a comprenderlo desde una profunda vida interior y desde la experiencia de la fraternidad. Esa visión dejó una huella permanente en su forma de entender la Iglesia y el ministerio. Aquellos años se vieron enriquecidos por sus estudios de Teología en la Catholic Theological Union de Chicago (1978-1981). En ese contexto, Robert Prevost profundizó tanto en su formación intelectual como en su maduración humana y espiritual, consolidando una visión de la Iglesia profundamente arraigada en la comunión, el diálogo y el servicio.

Excursión a Silicia. De pie, Rafael Lazcano, Rosalio Paderog, Giovanni Lenzi, Jesús Álvarez; sentados, Pavel Mikes, Robert Prevost Tomás Marcos, (Siracusa, abril 1982)
Prevost estuvo varios años de misión en Perú, algo que lo marcó profundamente.

La misión en Perú fue una auténtica escuela de humanidad, de Iglesia y de Evangelio vivido. Allí aprendió que la fe no puede comprenderse únicamente desde los libros, las aulas o las estructuras institucionales, sino desde el contacto directo con las personas, especialmente con quienes viven en situaciones de vulnerabilidad, pobreza o exclusión. Allí comprendió de manera particularmente intensa que la evangelización es siempre un encuentro recíproco: el misionero anuncia el Evangelio, pero al mismo tiempo es evangelizado por el pueblo al que sirve.

¿Qué más cree que recibió en Perú?

Perú fortaleció en él una visión de la autoridad entendida como servicio. El contacto con las necesidades reales de las personas le enseñó que el liderazgo cristiano no se ejerce desde la distancia ni desde los privilegios, sino desde la proximidad, la corresponsabilidad y la capacidad de caminar junto a los demás.

Robert Prevost en Trujillo, 1987
En realidad, se puede decir que la trayectoria de Prevost es poco común y muy variada.

Ha conocido el rigor de la formación académica, la riqueza de la espiritualidad agustiniana, la vida misionera en América Latina, el gobierno de una orden religiosa internacional, el servicio episcopal en una Iglesia local y las responsabilidades de la Curia romana. Cada una de esas experiencias le ha permitido contemplar la Iglesia desde perspectivas diferentes y complementarias. Lo interesante es que ninguna de esas etapas parece haber sido vivida como una preparación para alcanzar un cargo determinado. Más bien fueron respuestas sucesivas a llamadas concretas y a responsabilidades que fue aceptando con disponibilidad y sentido de servicio.

Sus distintas experiencias le permitieron contemplar la Iglesia desde perspectivas diferentes y complementarias

Visto así parece que su camino era llegar a ser Papa.

Más que afirmar que toda su vida estaba destinada a convertirlo en Papa, diría que su recorrido vital lo preparó para ser el Papa que las circunstancias actuales requieren; un hombre de fe profunda, de experiencia internacional, de sensibilidad pastoral, de sólida formación intelectual y de probada capacidad para construir comunión. Sólo la historia, cuando el tiempo haya decantado los acontecimientos y sus frutos, podrá ofrecer un juicio completo sobre su pontificado. Pero el conocimiento de su vida y de su itinerario humano, espiritual y eclesial permite vislumbrar ya las razones por las que algunos hemos visto en León XIV a un pastor providencial para una Iglesia llamada hoy a fortalecer la comunión, renovar su misión y abrir caminos de esperanza en un mundo profundamente cambiante.

Después de haber profundizado en la vida del Papa, ¿qué destacaría de su carácter?

Una de sus mayores fortalezas consiste precisamente en no ofrecer respuestas prefabricadas, sino en suscitar preguntas esenciales; no en ocupar el centro de la escena, sino en señalar aquello que trasciende a la propia persona. Me impresiona comprobar la profunda continuidad que existe entre aquel joven agustino que conocí en Roma y el Papa actual. Los escenarios han cambiado radicalmente y las responsabilidades han alcanzado una dimensión universal, pero las virtudes esenciales permanecen intactas. Me ha impresionado también que es un hombre que ha llegado muy lejos sin dejar de caminar con humildad. Y esa, a mi juicio, es una de las formas más difíciles y más bellas de grandeza.

Me ha impresionado que es un hombre que ha llegado muy lejos sin dejar de caminar con humildad. Y esa, a mi juicio, es una de las formas más difíciles y más bellas de grandeza.

¿Qué le diría al Papa si le tuviera en este momento delante?

Le pediría que viniera a España con la misma cercanía, serenidad y capacidad de escucha que tantas personas hemos reconocido en él a lo largo de los años. España conoce al Papa, pero necesita conocer también a Robert Prevost: al religioso agustino, al misionero y al pastor que hay detrás del ministerio petrino. Le animaría, además, a transmitir un mensaje de esperanza y de unidad en una sociedad que, como tantas otras, atraviesa momentos de incertidumbre, fragmentación y polarización.

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