Por Isidro Catela
Este será el primer viaje de un Papa en quince años, desde la última vez, aquella inolvidable Jornada Mundial de la Juventud de la tormenta en Cuatro Vientos, Benedicto XVI en la barca azotada de Pedro, y un par de millones de jóvenes de rodillas ante el Señor de la historia.
Si miramos hacia atrás para coger impulso, con respecto a 2011 el Papa Prevost se va a encontrar una España todavía más convulsa, más fragmentada y, providencialmente, más abierta a lo inesperado.
Hoy la mitad de los españoles se identifica con alguna religión, mientras que la otra mitad no lo hace, configurando nuestras sempiternas dos Españas, con espacio para los grises que también han intentado dibujar una tercera España a lo largo de la historia. La transmisión de la fe entre generaciones se ha debilitado, pero hay un resurgir de la fe, especialmente en muchos jóvenes que ahora son los que evangelizan a los padres.
No puede ser un escenario más atractivo para que el Papa León XIV nos hable de la necesidad de ser uno en el Uno y de esa búsqueda comunitaria de la Verdad, tan agustiniana, tan de corazones inquietos que no pueden acallar las preguntas fundamentales.
La transmisión de la fe entre generaciones se ha debilitado, pero hay un resurgir de la fe, especialmente en muchos jóvenes que ahora son los que evangelizan a los padres.
La España postsecular que recibe al Papa León no es una España sin religión. El hecho religioso ha perdido, en parte, la centralidad institucional y aparece en formas más difusas de espiritualidad, en una religiosidad más porosa, tal vez menos identificada con la pertenencia formal y más vinculada a la experiencia, la intuición y la búsqueda personales. Por supuesto, esto es un trazo, que trata de no ser grueso, porque hay muchas realidades donde pertenencia a la comunidad eclesial y búsqueda sincera coinciden de pleno.
El hecho religioso aparece hoy en formas más difusas de espiritualidad, en una religiosidad más vinculada a la experiencia, la intuición y la búsqueda personales
El Papa León visitará un Madrid que gana enteros como gran urbe abierta al mundo, acogedora, en la que los titulares se los llevará la intervención del Papa en las Cortes, pero que dejará un mensaje poderoso de unidad en la Verdad del Cuerpo de Cristo; un Corpus que nos mostrará el sentido más profundo de la existencia con el telón de los leones de la Cibeles de fondo.

En Barcelona habrá un espacio privilegiado para la Belleza, la vía pulchritudinis que alcanza a tantos que andan buscando el sentido de sus vidas por los atrios de los gentiles. Y en Canarias habrá espacio para mirar a ese cementerio en el que hemos convertido el Mediterráneo. El Papa viene de África, de reclamar el derecho a no emigrar, y en nuestra tierra pondrá el acento en la acogida, la integración y la promoción, tan cristianas y, por eso, tan humanas.
En Barcelona habrá un espacio privilegiado para la Belleza, la vía pulchritudinis que alcanza a tantos que andan buscando el sentido de sus vidas por los atrios de los gentiles.
En efecto, el rugido ante los leones de las Cortes merece capítulo aparte. Con que el Papa repita las palabras que ha escrito su primera Encíclica, podemos tener conversación social para rato. En el texto recién publicado, y al hablar sobre verdad y democracia, León XIV escribe unas palabras que en España, ahora mismo, pueden provocar un auténtico terremoto porque al final retrata con precisión a ese tipo de poder que se torna ilegítimo al prescindir de cualquier fundamento que no sea él mismo. Y avisa del peligro de “quienes disponen de poderosos recursos para convencer a un número significativo de personas acerca de cuál es la verdad del ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia e incluso sobre Dios. Se trata de puro poder carente de verdad, que impone sutil o abiertamente lo que quiere que los demás consideren como verdadero”.
Habrá denuncia y habrá anuncio, propuesta de Evangelio que se hará a todos, sin distinción. Que el Pontífice tienda puentes va incluido en el propio nombre. Lo hará, como lo ha hecho la Iglesia a lo largo de los siglos. Por eso, en esa clave temporal que no coincide necesariamente con el vértigo de la comunicación contemporánea, habrá que darnos tiempo. Como toda visita apostólica, su fruto necesita distancia y tiempo, porque no se van a construir ni a transitar de inmediato todos los puentes; ni se van a responder en todos los casos las preguntas que el Papa abra.
Como toda visita apostólica, su fruto necesita distancia y tiempo, porque no se van a construir ni a transitar de inmediato todos los puentes
Se nos está invitando a alzar la mirada para redescubrir la hermosura, siempre antigua y siempre nueva, y su razón de ser para nuestro tiempo que, con su particularidad, manifiesta una sed creciente de Dios. Tal vez por esto, aunque sea interesante aproximarnos a la España que recibe a León XIV, lo va a ser mucho mirar hacia la España que puede nacer tras la visita del Papa.





