Abrir la casa, abrir la vida

Abrir la casa, abrir la vida, Por Isis Barajas

Por Isis Barajas / Ilustración: Tina Walls

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

La casa de Luigi y María era conocida como “la pequeña Betania”. En ella era habitual añadir un sitio más en la mesa para recibir a algún amigo, familiar o visitante. Los Beltrame Quattrocchi, junto con sus cuatro hijos, acogieron durante un tiempo a tres bebés cuyos padres habían muerto a causa de la devastadora “gripe española” de 1918.

Cuando los nazis ocuparon Roma, aquella casa cercana a la estación de Termini se convirtió en refugio para numerosos judíos y perseguidos. Algunos de ellos lograron huir gracias a las sotanas de repuesto de los dos hijos sacerdotes de la familia. Estos salvoconductos les eran luego enviados de vuelta para poder seguir ayudando a otros refugiados.

Por entonces y a 1700 kilómetros de distancia, vivían en una casa de campo situada en Markowa los polacos Józef y Wiktoria Ulma, un sencillo matrimonio católico con seis hijos pequeños. Desde que los alemanes habían invadido Polonia, la masacre de judíos era constante. No tardó en llegar el horror al pueblo de los Ulma y en 1942 fue asesinada la mayor parte de la población judía de la zona.

Dos familias supervivientes (un total de ocho personas) acudieron pidiendo auxilio a la casa de los Ulma. El matrimonio los escondió durante mucho tiempo, hasta que en la noche del 24 de marzo de 1944, quizá por un chivatazo, la policía alemana se presentó en la casa. Las autoridades los fusilaron a todos, incluso a los hijos de los Ulma después de que estos presenciaran el asesinato de sus propios padres. Wiktoria estaba a punto de dar a luz a su séptimo hijo.

“La familia cristiana es apertura al otro, sin importar su credo, su raza o su cartilla de vacunación”

A pesar del terrible final de los Ulma, algunos otros vecinos siguieron desafiando la ley que prohibía ayudar a los judíos y lograron salvar del genocidio aproximadamente a 20 personas en Markowa.

Los Beltrame y los Ulma nunca se conocieron y, sin embargo, ambos entendieron su hogar como un espacio abierto al otro incluso en las circunstancias más extremas. El matrimonio, cuando está sustentado en un gran amor, es capaz de dar vida más allá de sí mismo, incluso si eso supone jugarse el pellejo y renunciar a una existencia plácida y sin complicaciones. Por esa razón, la hospitalidad cristiana no requiere de una buena casa ni tampoco de una situación propicia; solo necesita de un corazón enamorado.

Tras dos años en los que hemos sido llamados insistentemente al “aislamiento”, al “distanciamiento” y al “protegerse”, las historias de estos matrimonios son sin duda un revulsivo. La familia cristiana no es una isla replegada sobre sí misma; es apertura al otro, sin importar su credo, su raza o –permítanme decirlo– su cartilla de vacunación.

Acoger la vida de una persona es sostenerla con la propia, tanto si esa vida es la de un nuevo hijo como si es la de un familiar enfermo, la de un niño en situación de desamparo o simplemente la de unos amigos con necesidad de conversación. Porque no solo acogemos con el espacio físico: abrir la casa es también abrir la intimidad de nuestra vida, supone volverse vulnerable y asumir como propia la necesidad del otro.

Los Beltrame fueron el primer matrimonio beatificado de forma conjunta. A los Ulma, por su parte, les fue concedida la medalla “Justo entre las Naciones” y está abierta la causa de beatificación de los que ya hoy son reconocidos como siervos de Dios. Vivir con un corazón abierto al otro (y, en el fondo, al plan de Dios) no es nada cómodo, fácil ni seguro. Pero permite superar la mediocridad de lo meramente terreno para abrazar un destino eterno.

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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