Por Javier Lozano
“Siempre que un adolescente necesita ayuda da señales externas de SOS, y detectarlas es fundamental”, explica a Misión José Solana, profesor y uno de los responsables del Centro de Atención Familiar (CAF) del colegio Edith Stein de Madrid. “Cuando lo están pasando mal es común el fracaso académico. Otra señal que activa las alarmas tiene que ver con conductas de protagonismo exagerado, de agresividad, o con muestras de aislamiento o soledad…”, agrega.
El fondo de estas situaciones tiene la misma raíz: el afecto que buscan dentro y fuera de casa. Si un adolescente cree no sentirse querido “expresará de algún modo esa carencia y buscará suplir la falta de afecto en otros entornos, o en comportamientos de riesgo como el consumo de sustancias”. Y por miedo al aislamiento o al rechazo social, un adolescente es capaz de hacer cualquier cosa. En estas situaciones conviene analizar la relación que tiene con sus padres, porque lo normal es que se detecten conflictos. A partir de ahí es importante romper las barreras que lo separan de sus progenitores para restablecer la comunicación y el encuentro.
Ganarse la autoridad
“En un conflicto todos tendemos a defender nuestro terreno, pero como no se dé el paso de renuncia a los criterios que nos separan, es imposible el acercamiento. El hijo necesita experimentar que sus padres lo quieren por ser quien es, no por lo que hace. A su vez, cuando un hijo la ha liado gorda y se siente querido y perdonado por sus padres, encuentra una puerta para reconducir su vida, y aceptará la autoridad, la corrección y el consejo. Ante el amor, tarde o temprano todos nos rendimos”, asegura.
En la educación de adolescentes lo más difícil es ganarse la autoridad que, de manera natural, corresponde a los padres. Y precisamente el mejor modo de lograrlo “es amarlos y transmitir ese amor de manera que lo perciban”. No se trata de ceder en todo. Solana explica que “corregir es amar, pero también poner límites y decir la verdad”. Y cuenta un caso que vivió: “Hablaba con un chico que lloraba desconsolado, hasta que me dijo: ‘He suspendido siete asignaturas y mi padre no me ha dicho nada’. Él esperaba que su padre lo corrigiera… Me puedo imaginar el cabreo que se hubiera llevado si lo castigan sin consola o sin salir, pero en ningún caso lo hubiera roto hasta ese punto. El llanto brotaba por no sentirse querido”.
El amor y la verdad
Si desde la perspectiva del padre lo que hay que hacer es transmitir el amor, desde la perspectiva del adolescente el reto es aprender a identificar quién lo quiere de verdad. “Siempre les digo: ‘Busca quién te quiere y pégate como una lapa’. Para eso les tengo que explicar qué significa lo de querer, porque en esta generación sentimental es una frase peligrosa. Quien te dice la verdad te quiere, porque con la verdad se juega tu afecto. Y hay que ser valiente para jugarse el afecto de otro por defender su bien. En definitiva, trato de hacerlos ver que quien más los quiere son sus padres, porque son los que más les dicen la verdad”.
Este profesor anima a ayudar a los jóvenes a descubrir a quienes mejor pueden ayudarles. Primero, sus padres. Pero también un catequista, un profesor… “Si ellos encuentran una persona a la que conceder la autoridad del amor, están salvados”, concluye.
Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





