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Aude Dugast

Aude Dugast: “La genial inteligencia de Jérôme Lejeune está en el corazón de su santidad”

Jérôme Lejeune, la libertad del sabio (Encuentro, 2021) es un libro imprescindible para aquel que se toma en serio su llamada a la santidad. Ahí nace esta entrevista a su autora, Aude Dugast, quien nos abre una ventana a la fascinante vida de este gran erudito.

Por Isabel Molina Estrada

Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

El día que Dios llamó a Jérôme Lejeune, san Juan Pablo ii le escribió una bellísima carta al arzobispo de París para expresarle su profundo dolor: “Si el Padre que está en los cielos lo llamó de esta tierra en el día de la resurrección de Cristo, es difícil no ver en esta coincidencia una señal. Nos encontramos ante la muerte de un gran cristiano del siglo xx, un hombre para quien la defensa de la vida se convirtió en un apostolado. En la situación actual del mundo, esta forma de apostolado laical es particularmente necesaria”. Casi 30 años después se ha corroborado que este gran apóstol de la vida “no fue científico por un lado y cristiano por otro. Fue un médico e investigador cristiano que supo ver con los ojos del intelecto y del corazón. Incluso veía a la ciencia como aliada”, explica a Misión Aude Dugast, postuladora de su causa de beatificación. Las virtudes heroicas del venerable Lejeune fueron reconocidas por la Iglesia en enero de 2021.

Aude Dugast
Aude Dugast, postuladora de la causa de beatificación de Jérôme Lejeune
¿Cómo saber que Lejeune fue santo? 

Cuando el Vaticano estudia la candidatura de un Siervo de Dios a la
santidad, nos pregunta a los postuladores si esta persona vivió todas las virtudes (teologales, cardinales y menores) en grado heroico. En el caso del venerable Lejeune, el amor incondicional a sus pacientes guio su vida como médico, investigador y apóstol del Evangelio de la vida. Esta caridad, alimentada por la fe, fue el motor de su vida. Su genial inteligencia está en el corazón de su santidad.

¿A qué se refiere? 

Su fe demuestra que la santidad no implica abdicar de la razón. Todo lo contrario, el científico cristiano no busca en la ciencia la salvación del hombre, sino en Dios. 

“Veía a Cristo Eucaristía revelarse en el cuerpo de los enfermos y de los no nacidos”

¿Cómo era su vida de piedad? 

Tenía una gran devoción a la Eucaristía. Y veía que Cristo, que da su cuerpo en la Eucaristía, se revela también en el cuerpo del enfermo que sufre y de los no nacidos. También tenía una hermosa devoción a la Santísima Virgen. Rezaba su rosario y tallaba decenarios en madera o hueso. Meditó detenidamente la Biblia, especialmente los Evangelios de san Lucas (¡médico!) y de san Juan. Y a menudo terminaba sus conferencias con una cita del Evangelio que guio su vida: “Cuanto habéis hecho con uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis”. 

¿Hay algún favor o milagro suyo que le resulte especialmente llamativo? 

Me conmovió mucho el testimonio reciente de una joven madre africana. Su bebé se estaba muriendo y en el hospital se negaban a operarlo por falta de un diagnóstico ad hoc. Entonces le hizo una novena al profesor Lejeune y en cuestión de 24 horas apareció un joven médico desconocido. Gracias a su intervención, el niño fue operado y salvado. Esto es muy propio del venerable Lejeune: inspirar a un buen médico. Hoy muchos médicos jóvenes deciden nombrarlo su ‘padrino’ y maestro, para que los ayude a practicar una medicina hermosa, al servicio de sus pacientes.

¿Cómo lo afectó ver que su gran descubrimiento, la trisomía 21 (Síndrome de Down), se utilizaba para promover el aborto de los discapacitados? 

El sufrimiento de ver que su descubrimiento era desviado de su finalidad terapéutica, y se empleaba para abortar a los niños “heridos en su inteligencia” era  “desgarrador”, casi carnal y paternal. Así lo consignó en su diario. Le dolía ver a la medicina hipocrática presa de teorías eugenésicas. Y sufría también por las madres que están atrapadas en el drama del aborto. Por eso veía urgente denunciar esos discursos que alegando una falsa piedad intentan legitimar la muerte de inocentes. Se dedicó a defender públicamente la dignidad de toda vida humana.  

Sus frases en defensa de la vida son aún de contundente actualidad. 

Sí, porque su método es bíblicamente simple: proclamar la verdad, siempre y en todo lugar.  Él decía que era preciso “reconstruir los intelectos”, porque una razón distorsionada hace que “el hombre sea insensible a las llamadas del corazón”. 

Esto le valió un ataque de desprestigio que hubiese destrozado a cualquier otra persona…

Su firmeza intelectual y el amor incondicional por sus pacientes le acarrearon grandes enemistades, pero lo convirtieron en faro y roca para muchas familias en duelo y para los médicos fieles al Juramento Hipocrático. Le negaron tres veces el Premio Nobel al que fue nominado, pero a cambio viajó por el mundo testificando ante tribunales y parlamentos, asambleas de eruditos y medios de comunicación, la belleza de cada vida humana, sin importar su edad o salud, y la dignidad inviolable de toda persona. Él no luchó por ideas, sino por personas con un rostro y una historia, y recordó incansablemente:  “Un bebé es un pequeño ser humano”  y  “el racismo cromosómico es horrible, como cualquier forma de racismo”. 

Aude Dugast
Lejeune redactó los estatutos de la Academia Pontifica para la Vida y el Juramento de los Siervos de la Vida, nombró a los primeros miembros y fue su presidente hasta su muerte
Justo antes del atentado del 13 de mayo de 1981 Juan Pablo II recibió al profesor Lejeune y a su esposa. A raíz del shock, Lejeune enfermó gravemente esa noche. ¿Había entre estos dos grandes personajes una gran sintonía de almas?

Jérôme Lejeune no decía que fuera amigo de Juan Pablo II, pero el Santo Padre sí lo decía. Se conocieron mucho. Antes del atentado estuvieron comiendo juntos en el Vaticano. Lejeune sufrió un terrible shock cuando se enteró de que el Santo Padre estaba entre la vida y la muerte. Fue tan terrible, que permaneció hospitalizado por una semana. Esta amistad y la cercanía humana y espiritual entre ambos fue un gran apoyo para Lejeune en su lucha diaria. En 1993, el Santo Padre le confió la creación de la Pontificia Academia para la Vida, que presidió unos meses, hasta su muerte.   

«Denunció los discursos que por falsa piedad legitiman la muerte de los inocentes”

Su esposa, una mujer noruega, conversa, es clave para entender al profesor Lejeune. ¿Cómo lo ayudó ella en su camino de santidad?

Cuando estaba escribiendo su biografía rápidamente noté que mencionaba a su esposa, Birthe Lejeune, en cada página. Ella fue mucho más que su mano derecha. Fue una fuerza extraordinaria con la que compartió todo. Tomaba con ella todas sus decisiones. Antes de la boda decidieron dedicarse a intentar mejorar la vida de miles de niños. ¡Menudo proyecto para un matrimonio! En este amor fundado en Dios que irradiaron espontáneamente a los necesitados, se basó la obra de Lejeune, junto a su esposa. Fue ella quien, junto a su familia, creó la Fundación Jérôme Lejeune después de la muerte de su marido para continuar su trabajo. Actualmente, la Fundación y el Instituto Jérôme Lejeune tratan a más de 10.000 pacientes en Francia y su trabajo se extiende a varios países, entre ellos España. 

Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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