Por Isabel Molina Estrada
Pintura: Matteo di Giovanni (Italia, ca. 1425 – 1495)
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
La maternidad y la virginidad, en la entrega a Dios, son las dos modalidades en las que la mujer acoge su vocación cristiana. Ambos caminos reflejan con nitidez dos facetas complementarias de los privilegios de la Madre por excelencia, la Virgen María, quien ha vivido en plenitud y al unísono estas dos vocaciones autoexcluyentes en cualquier otra mujer. Ella es el modelo firme, seguro y cierto de la mujer; es la cúspide de las aspiraciones del alma femenina.
El antídoto para el “dolor sin nombre” del corazón femenino es María
En nuestro tiempo la Santísima Virgen María ha sido “revelada” a los hombres con especial claridad. Aun así, poquísimas mujeres intuyen este plan luminoso que tiene Dios para ellas a través de Su Madre. Su estandarte, el de María, claro, ha quedado oscurecido por un clima tóxico al que la autora católica superventas Carrie Gress denomina el “espíritu Antimaría”. Gress explica que el feminismo ha conseguido que la mujer acoja actitudes de reivindicación, egocentrismo e igualitarismo respecto al varón contrarias a la docilidad, la pureza y la sumisión total de María al plan de Dios.
Lo curioso es que, a pesar de sus aparentes triunfos, la mujer sigue estando desconcertada e insatisfecha. “La mujer quiere más. Lo que no sabe –explica Gress– es que ese vacío, esas ansias de algo más, que alguna feminista llamó ‘el dolor sin nombre’, sí tiene un nombre: es la sed de Dios”. “¿Cuál es entonces el antídoto para este ‘dolor sin nombre’?”, se pregunta la autora. “Dios, por supuesto”, responde, pero particularmente María. “Ella ofrece el mejor modelo de lo que significa ser mujer”. Pero la Virgen no impone, sugiere. Siempre que se la invita Ella disipa la confusión y revela el secreto para acoger la voluntad de Dios.
Urge a la mujer redescubrir que su espejo es la Virgen María. No basta con quererla como Madre o acudir a su amparo. La clave está en rechazar la “agenda” distorsionada de nuestro tiempo y buscar parecerse a Ella.
LA VÍA DE LA BELLEZA
Decía santo Tomás de Aquino que el esplendor de un alma en gracia es tan atrayente que sobrepasa la belleza de todas las cosas creadas. No es de extrañar por eso que quienes han visto a la Virgen coincidan en que “es la mujer más hermosa que jamás han visto”. Carrie Gress comenta que tardó en comprender este dato, que inicialmente le parecía insignificante: “¡Desde luego que Nuestra Señora es hermosa!”, se decía. Más tarde lo entendió claramente: “La belleza de María es la expresión exterior de su completa perfección que emana de la belleza de Dios”, dice Gress. Los santos nos ayudan a comprender esta insondable belleza: “Es tan hermosa, decía santa Bernadette, que una vez que la has visto, te quieres morir para poder volver a verla”. La pureza de María permite que la esencia de Dios resplandezca en Ella. También en nosotros, que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, si vivimos en su gracia puede brillar Su Belleza.
Mujer fecunda
Gress, a quien Misión entrevistó en su día a raíz de sus libros sobre teología del hogar, es una gran defensora –con argumentos– del poder arrollador de la mujer cuando imita y se deja formar por María (La opción mariana, Anti-María al descubierto, son algunos de sus libros). “Cuando la virginidad y la maternidad se dejan de lado por considerarlas mezquinas e intrascendentes, la mujer se desintegra lentamente. Sus esfuerzos se vuelven estériles, sus relaciones vacías y su alma busca debajo de cada piedra, centro comercial o moda pasajera algo que la llene nuevamente”, explica. Y es que la fertilidad es el carácter más propio de una mujer. Por eso, no debería sorprendernos descubrir, dice la autora, “que nuestra fecundidad física es un reflejo exterior de nuestra fecundidad interior”.
Pero ¡cuidado! Gress no propone un molde único de mujer. Reconoce que esta es también la riqueza de la Iglesia y la belleza de la vida de las mujeres, que atraviesan distintas etapas a lo largo de su vida en las que pueden ir cumpliendo diferentes tareas. Lo importante, advierte, es que la mujer no se acoja –y a veces lo hace sin saberlo– a la idea marxista de que primero es trabajadora y luego, “si se puede”, madre. “El trabajo, aunque es importante, es sólo un medio para vivir la maternidad (y la paternidad) y no el fin de nuestra vida”, subraya para Misión.
Maternidad física y espiritual
Carrie Gress propone redescubrir la esencia femenina, que pasa por volver a comprender el don de la maternidad. “Este rasgo esencial de la -feminidad se remonta a Eva y no se limita sólo a la maternidad biológica o a la crianza de los hijos. Implica también la maternidad psicológica y espiritual”. Ella explica que el cuerpo de la mujer es el primer hogar de un niño, y la gran mayoría de las mujeres tienen ese deseo natural de anidar y de cuidar a otros en su “hogar”, por eso los dones maternos se expresan dondequiera que haya una mujer: “Fuimos creadas para permitir que Dios plante cosas hermosas en nuestras almas y luego ayudarlas a crecer”. Y nota que en esta sociedad que ha decidido no tener hijos, “muchos intentan convertirse en ‘padres’ o ‘madres’ de sus mascotas. Ahí se ve el deseo nato que tenemos de continuar ‘dando a luz’”.
Tierra fértil
La santidad y la fecundidad de una mujer están directamente relacionadas con el modo en que trata su fertilidad y su pureza. “Es cierto que los hombres están llamados a la pureza, pero las mujeres tienen una necesidad más profunda de pureza debido a su capacidad para tener hijos. La pureza tiene una profunda conexión con su propia fecundidad”, explica Gress. Y asegura que tenemos ejemplos extraordinarios, especialmente en la historia de la Iglesia, de mujeres que vivieron este llamado a la fecundidad espiritual de manera única y bellísima: santa Catalina de Siena, santa Elena, santa Brígida de Suecia, santa Isabel de Hungría. De ahí que ella mire a la realidad de hoy con esperanza: “¡El espíritu antimariano de nuestro tiempo no tiene la última palabra! “Nuestra Señora y la Sagrada Familia continúan ofreciéndonos el camino para cultivar una civilización ordenada y hermosa”.
En vez de sumarse a batallas infértiles, la mujer necesita volver a elevar la mirada. Como escribió Gertrud von Le Fort, “sin lealtades eternas, perdemos no sólo la eternidad, sino también esta vida”. En cambio, la mujer que tiene a Dios y a María en el centro de su vida pondrá su alma y sus esfuerzos al servicio de la siembra correcta: dar vida y Vida en abundancia.
Anticristo y Antimaría
La Antimaría de Carrie Gress no es una persona concreta (aunque podría serlo), es ante todo un ambiente corroído, diametralmente opuesto al cristianismo, que se respira por doquier y que ha llevado a la mujer a rechazar sus mayores dones y privilegios, los cuales maduran precisamente en su vocación. “Al erradicar la virginidad y la maternidad de la feminidad, Satanás nos priva de la capacidad humana que tenemos para ver a la Virgen Madre”, explica esta autora. Esta guerra espiritual genera un aire tóxico que permea la cultura y que va íntimamente unido al espíritu del Anticristo, del cual se ha hablado desde los inicios del cristianismo (“este es el espíritu del Anticristo, del cual habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo”, 1 Jn 4,3)… En el caso de la mujer, este espíritu contrario al Evangelio tiene matices específicos. Gress explica que, aunque muchos afirman que fue “la hermandad” lo que unió a las feministas radicales, las historias de la época demuestran que debates como la explotación de la mujer o el lesbianismo amenazaban su proyecto hasta que todas encontraron un punto de enganche: el aborto. El feminismo de la segunda ola dejó claro que los hijos eran el gran enemigo que impedía a la mujer cumplir sus sueños. Había dos cosas que la mujer no podía ser: virgen o madre. En resumen, el ataque de la Antimaría es un ataque contra la fecundidad femenina, que termina por extinguir la cultura. Y en contraposición aparece María, la única capaz de revivir la civilización. La gracia que llega por sus manos transforma el corazón femenino, abre los cauces de la gracia e irriga de nuevo la tierra para que dé fruto en abundancia.
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





