Carlos y Marta

Carlos Ávila, celador de hospital: «La pandemia me ha cambiado la vida»

Carlos tiene 36 años y es padre de seis hijos. Ha trabajado de celador en un hospital durante toda la pandemia. Un tiempo en el que ha reconstruido su matrimonio y ha aprendido a valorar la vida.

Por Israel Remuiñán / Fotografía: Dani García

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

“¡Aquí no se muere nadie más!”, dijo Carlos a voz en grito esa mañana de abril. Los dos pacientes le miraron estupefactos, pero se tranquilizaron y pudieron descansar esa tarde. Llevaban toda la noche con un cadáver en la habitación, el del tercer compañero. Era 2020 –tsunami de ingresos– y al hospital no le quedaba otro remedio que meter a tres enfermos en cada habitación individual.

“No dábamos abasto, llegaban muy malitos y se morían uno tras otro. Recuerdo ese día: al entrar en la habitación vimos el cadáver. Los otros dos, con oxígeno y destrozados psicológicamente, decían que ellos serían los siguientes… Entonces fue cuando les grité aquello. Lo hice para que se agarrasen a la vida con todas sus fuerzas, fue lo que sentí en ese momento”, dice Carlos aún hoy emocionado. Reconoce que a veces pensaba una y otra vez por qué se había metido en ese infierno –con cinco hijos y su mujer embarazada–, pero la respuesta llegaba rápido: “Necesito llevarles un plato de comida a casa”.

A este madrileño la pandemia le enganchó en un momento crítico. Cabeza de familia numerosa, se quedó sin trabajo justo antes de que estallase todo. “No sabía qué hacer, mi mujer estaba embarazada y tenía que buscarme la vida. Entonces llegó la oferta: necesitaban celadores para el hospital. Me daba miedo, no lo voy a negar, pero acepté”, cuenta a Misión. Así fue como Carlos decidió, sin saberlo, que ese sería su trabajo hasta hoy. Y un trabajo que le ha cambiado la vida.

Carlos junto a sus hijos (de izquierda a derecha y de arriba a abajo) Lucas, Manuel (con gafas), Leo, África, Carla (que nació en plena pandemia) y Martín
Pandemia, muerte y crisis

Al inicio de la pandemia, Carlos vivía en crisis con Dios, consigo mismo y con su mujer, Marta. Su matrimonio estaba prácticamente roto: “Nunca habíamos estado tan mal. Yo dormía en el sofá todas las noches, solamente nos saludábamos al cruzarnos”. A día de hoy, le cuesta explicar por qué llegaron a ese punto.

El hospital era un infierno, pero era su única salida. Allí se dedicaba sobre todo a dos cosas: transportar cadáveres y despedir a los que se iban. Ha perdido la cuenta del número de personas que murieron agarrando su mano durante este tiempo.

Hubo una imagen que se le quedó grabada. Fue con un enfermo –no de COVID– que ya estaba en fase terminal. Carlos llevaba siempre colgando del cuello una cruz de madera que significa mucho para él. Ese día estaba ayudándole a levantarse y la cruz se le asomó por el pijama de celador; el hombre movió la manó rápido y se agarró a ella. “¿Qué haces?”, preguntó Carlos. “Agarrarme a la cruz, que es lo único que me queda”, respondió el hombre. Así que decidió regalársela para que la tuviese con él día y noche.

“He descubierto que en ese mo­men­to entre la vida y la muerte la fe es lo único que te queda. Ese hombre se agarraba a la cruz con la poca fuerza que tenía. Y esto no es algo solo de creyentes: he visto ateos que se convierten justo antes de morir, enfermos que me cuentan toda su vida, aquello de lo que se arrepienten, sus infidelidades, sus miedos… Me dejan mensajes para su familia. Me sorprende que Dios haya elegido a un pringado como yo para despedirles, para ser la última persona a la que ven en este mundo”, confiesa.

“He visto ateos que se convierten antes de morir, enfermos que me cuentan su vida… Me sorprende que Dios haya elegido un pringado como yo para despedirles”

De infierno a oportunidad

Y así, el hospital pasó de ser un infierno a una oportunidad para encontrarse con Dios. Meses después, una confesión con un sacerdote confirmó todas esas sensaciones: “Estuve hablando con él casi una hora, y salí renovado. Me di cuenta de que, siendo un simple celador, el Señor me había puesto como ángel para toda esta gente. Del mal, Dios ha sacado el bien”. Carlos aprendió a valorar todo lo bueno, a disfrutar sirviendo, a rezar al pie de la cama de los enfermos y a gritarles que el Señor les quiere.

Fue un giro radical que también renovó su matrimonio: “Marta y yo nos pedimos perdón, nos abrazamos y Dios reconstruyó poco a poco nuestra relación. Tanto que ahora estamos esperando el séptimo y nos hemos ofrecido para ir de familia en misión como miembros del Camino Neocatecumenal”, explica.

Carlos sabe que irse de misión significa dejar todo y partir junto a sus hijos a cualquier lugar del mundo, para ser ejemplo de familia cristiana en lugares donde esto no existe: “No era la primera vez que lo pensábamos y esta reconversión nos hizo decidirnos. Si no nos vamos este año –con todo lo que el Señor ha hecho con nosotros– seríamos ingratos. Está claro que la misión puede hacerse aquí, pero, ahora que estamos acomodados, sentimos que hay que salir. Y lo más lejos posible, por si un día nos da el bajón y queremos volvernos”, sentencia mientras ríe.

Para terminar, le preguntamos cómo le gustaría que titulásemos este reportaje. Lo piensa y responde: “La pandemia me ha devuelto la vida”.

“Cede y perdona Dios hace el resto”

Una película: “Sin duda, Gladiator. Es épica, le tiran veinte veces y se levanta veintiuna”.
Una canción: “Elegiría Lo que me dé la gana, de Dani Martín. Porque creo que hay que salirse de la norma. Ser católico hoy en día es eso. Cuando digo que estoy esperando el séptimo hijo la gente me pregunta por qué… y yo digo: ¡Porque me da la gana!”.
Un momento de la infancia: “Mi infancia es con mi abuelo. Recuerdo la final de la séptima Copa de Europa del Real Madrid, la vi con él, los dos abrazados y felices”.
Un momento de la pandemia: “El primer día de aplausos en los balcones, uno de mis hijos me dijo: ‘Papá, te están aplaudiendo a ti…’. Y yo pensé: ‘¡Ay va, es verdad; me están aplaudiendo a mí!’. Se me puso la piel de gallina”.
Un mensaje para un matrimonio en crisis: “Les diría que se perdonen, que se quieran. Da igual las diferencias que tengan, nunca van a ser perfectos, ni iguales. Cede y perdona. Dios hace el resto”.

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

¿Te ha gustado este artículo?

Para que disfrutes de más historias como esta

ARTÍCULOS RELACIONADOS

ARTICULOS DE INTERÉS

ARTICULOS DE INTERÉS

ÚLTIMA EDICIÓN

SEPTIEMBRE, OCTUBRE, NOVIEMBRE 2022 2022

SEPTIEMBRE, OCTUBRE, NOVIEMBRE 2022