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8 claves para elevar la mirada a la Eternidad en una sociedad que pretende cerrar el Cielo

1. Abrir la ventana al Cielo.

La desesperanza es uno de los grandes males de nuestro tiempo y nace, en gran parte, de haber dejado de mirar alto. Las ideologías de moda prometieron una felicidad terrena cerrando las ventanas del Cielo… y fracasaron. Dejan los corazones vacíos. Pero el ser humano está hecho con sed de eternidad. Por eso urge alzar la mirada y sembrar semillas de Cielo en la Tierra.

2. Pedir estos tres regalos: fe, esperanza y caridad.

Para responder a esa sed de eternidad –aunque a veces cueste encontrar las palabras para expresarla–,  es imprescindible vivir las virtudes teologales. El catedrático Pablo Pérez López lo resume con lucidez: “Necesitamos luz para entender, y eso nos viene de la fe; aliento cuando las cosas se ponen difíciles, y eso lo da la esperanza; y capacidad de entregarnos a Dios y a los demás, y eso lo consigue la caridad”.

3. Elegir lo que permanece.

La vida eterna se sostiene en la ley del amor, que el dominico Adrien Candiard ilumina con una imagen poderosa: cada vez que amamos se abre una ventana a la eternidad. Por eso, dice, no basta con creer que somos capaces de lo eterno; hay que elegirlo. Y priorizar lo que permanece frente a lo que, aunque urgente, es irremediablemente pasajero.

4. Poner los medios para una buena muerte.

Cuando vivimos como si el Cielo no existiera, olvidamos que en ello nos va la eternidad. Lo que viene después es nuestra gran pregunta. La Iglesia contesta clara y directa: nuestras postrimerías son la muerte, el juicio, el cielo o el infierno. San Agustín lo dijo sin rodeos: la única certeza que todos compartimos es que un día vamos a morir. ¿Cómo prepararse?  Viviendo bien, porque “se muere como se ha vivido”.

5. Preparar el examen final.

Tras la muerte llega el juicio particular, en el que queda fijado el destino eterno: condenación o salvación. Para salvarse, el hombre cuenta con la ayuda de la gracia. José Ramón Ayllón propone sencillas prácticas diarias: hablar mucho con Dios, incluso cuando vamos por la calle; dar limosna; leer el Evangelio; llevar un crucifijo o una medalla de la Virgen al cuello; rezar el Rosario; acudir con frecuencia a la confesión; asistir tanto como se pueda a la Santa Misa; dar gracias a Dios por todo; y pensar mucho en el Cielo… “Lo raro –dice– es no hacerlo”.

6. Tener el Cielo siempre en la mira.

Las almas que alcanzan el Cielo disfrutan de ver a Dios “cara a cara” y de permanecer con Él para siempre. Santo Tomás explica que, aunque el ser humano tiene una capacidad finita de amar, posee una capacidad infinita de dejarse amar; por eso solo Dios puede colmarlo. En el Cielo esa plenitud es inagotable. San Agustín lo expresó de forma magistral: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

7. Desenmascarar los trucos del enemigo.

Satanás tiende trampas sin descanso. Para evitarlas es necesario odiar el mal con todas las fuerzas, porque las almas que se condenan sufren tormentos lacerantes que no acaban nunca. Santa Faustina describió lo que se experimenta en ese lugar terrible: la certeza insoportable de que nada cambiará jamás; el fuego que atraviesa el alma sin consumirla; una oscuridad sofocante en la que, aun así, demonios y almas se reconocen; torturas continuas; y un odio absoluto a Dios. Es la morada del oprobio.

8. Seguir la estela de los santos.

Pocas ayudas son tan eficaces como la compañía de los santos. Ellos son prueba de que alcanzar la cima del Cielo es posible. San Agustín, san Francisco Javier o san Bartolo Longo no fueron siempre ejemplares; sin embargo, sus vidas demuestran que la conversión es posible y que Dios no da a nadie por perdido. La meta está clara: ¡apuntar a la santidad!   

Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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