Por Javier Lozano e Isabel Molina Estrada
1. Lo más profundo del ser humano. En nuestro tiempo, el corazón se asocia a las pasiones y sentimientos, sin embargo, en la tradición cristiana el corazón es mucho más que la fuente de los afectos, es la sede de la conciencia, es lo más profundo del ser humano. Por eso decimos que el corazón no sólo siente, sino que comprende y discierne; y no sólo quiere, sino que dirige a la persona a lo que considera su bien. Por eso dice el Evangelio que “donde está tu tesoro, ahí está también tu corazón”(Mt 6, 19).
2. La hipertrofia del corazón. El corazón es también la sede del amor porque el auténtico valor de un corazón es su capacidad de amar. De ahí que el corazón, como explica Nieves González Rico, es el lugar de las relaciones, es el que abre a la persona a los demás, el que le permite entregarse y comprometerse. Hoy vemos que a las personas les cuesta crear vínculos duraderos, y es precisamente porque el corazón está desintegrado: el amor no está plenamente dirigido por la inteligencia y la voluntad no persigue los bienes más altos. Para superar las hipertrofias del corazón hace falta unificar el corazón y volver a amar con todo el corazón.
3. Renacer del corazón de Dios. Pero la curación de todas las “atrofias” del corazón no ocurre por nuestras fuerzas. En la Biblia se designa el Corazón de Dios, la esencia de Dios, con la palabra Rahamin, que en hebreo significan ‘útero’, ‘matriz’, y que traducimos como ‘entrañas de misericordia’. Porque Dios no sólo crea, sino que nos recrea cada vez que nos acercamos a Él para pedirle perdón. “Esto es palpable en el sacramento de la penitencia donde somos regenerados por el corazón de Dios. Volvemos a nacer”, apunta Silvia Manzanares.
4. Corazones unidos. La palabra “concordia” está formada por el prefijo con (junto), cor/cordis, (corazón), y el sufijo ia (cualidad). Hay concordia cuando dos corazones van al unísono, es decir, aman lo mismo. Y hay discordia, cuando no lo hacen. Dice José Granados que “gracias a que Dios nos revela su corazón podemos tener concordia con Él: amar y odiar lo mismo que Él. La concordia nos une en una obra común con Dios”. “Y el corazón de María que ha sido perfectamente concorde con el corazón de Cristo porque ha obrado junto a Él –dice también Granados–, nos invita a unirnos corazón a Corazón”.
5 Educar el corazón. El corazón también se educa. Para ello, hay que enseñar a los hijos a amar. “Las personas están hechas por amor y para amar, porque el corazón es la sede del amor”, explica Beatriz Londoño. Y la familia es el lugar donde “las personas tienen que conocer el significado de la palabra ‘amor’”. Enseñar a amar no es otra cosa que ayudar a los hijos a adquirir virtudes, a practicar esos pequeños gestos con los que ellos adquieren el gusto por hacer el bien, el gusto por “lo bueno de ser buenos”. Al final, un corazón bueno, un corazón grande, es un corazón que sabe amar en lo concreto de cada día.
6. Cuando el mundo escuche que Dios tiene Corazón… El Corazón de Jesús se manifestó a santa Margarita María de Alacoque hace 350 años, en los albores de nuestra era, un siglo antes de la Revolución francesa. “Se revela para un mundo que se aparta de Él y, en consecuencia, un mundo cada vez más roto y herido”, explica el padre José María Alsina. Sin embargo, este sacerdote asegura que todos los males de nuestro tiempo tienen remedio: la cura está en el Sagrado Corazón, un culto que el Magisterio de la Iglesia ha calificado como la síntesis de toda nuestra fe (Pío XII en Haurietis Aquas, León XIII en Annum Sacrum…). Quien busque respuestas para saciar la sed de su corazón que vaya al encuentro del Corazón encarnado.
Artículo publicado en la edición número 74 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





