Por Carmen Seara
Fotografía: Cathopic
Artículo publicado en la edición número 71 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
“Imaginad que yo pudiera curar el cáncer –contaba en una homilía el padre Antonio Yáñez, vicario parroquial de Santo Domingo de Silos, en Pinto–. Habría largas colas de enfermos buscando su curación. Pero esto no es real en mi caso. Sí es real que, en nombre de Jesucristo, yo y cualquier otro sacerdote católico podemos perdonar los pecados y, sin embargo, no hay largas colas en el confesionario…”. Lo cierto es que hoy estamos infinitamente más preocupados por curar nuestras dolencias físicas, y se nos olvida que el cuerpo es caduco y, en cambio, el alma es eterna.
El padre Didier van Havre, gran divulgador de las bondades de este sacramento y autor del libro La confesión explicada hoy (Rialp, 2015), asegura que en la confesión “te juegas tu felicidad eterna… y la terrena”. Él anima a todos los católicos a acudir al confesionario y a comprobar que este sacramento en Cuaresma nos hace “más auténticos, comprensivos y misericordiosos con los demás”.
Derribando prejuicios
Acudir a la confesión no tiene buena prensa, a veces ni siquiera entre los mismos católicos: que si hay que “arrepentirse de verdad”, que si hay que “contarle todo a un hombre”, que “siempre me acuso de lo mismo”, que a saber “qué penitencia me va a mandar”…, argumentan algunos. Pero quienes se confiesan comprueban que al salir del confesionario no sólo saben que han recibido la gracia, sino que además les acompaña un profundo consuelo espiritual. “Después de una buena confesión, tu alma canta y tu corazón rebosa de paz y de alegría”, explica a Misión el padre Didier.
El padre Antonio, por su parte, anima a experimentar en la confesión ese gozo y esa alegría que es fruto de la liberación que otorga la misericordia de Dios. Una alegría doble: “Por una parte para el penitente, que recibe el perdón de Dios y la liberación de sus pecados, y por otra para el confesor que se alegra enormemente de otorgar ese perdón”.
Un perdón que sana
En un mundo donde se recurre a menudo a fármacos o a especialistas para sanar las heridas, la confesión para los católicos puede ser incluso “terapéutica”. “No se trata de ofrecer la confesión como una ‘alternativa’, sino de descubrirla como una experiencia única que nos regenera y nos sana internamente”, explica el padre Didier.
Es muy sanadora a todos los niveles. De hecho, los sacerdotes lo comprueban con gran claridad porque ellos juegan con la ventaja de que son confesores y penitentes, ya que también ellos se confiesan regularmente. “A mí el hecho de confesar y escuchar a la gente en confesión –explica el padre Antonio– me ayuda a confesarme. A veces te topas con personas que tienen una conciencia delicada o muy bien formada y te da luz para ti mismo”. Otra gran ventaja de saber que el confesor también recibe este sacramento es que “entiende muy bien lo que le puede costar al penitente confesar sus pecados, así como la vergüenza que puede experimentar”, asegura.
En todo caso, el secreto de una buena confesión, recuerda para Misión el padre Didier, es saber que es un encuentro personal con el Señor, “un cara a cara sincero y confiado en Su misericordia. Cuando te confiesas, le hablas a Él y es Él quien te habla a través del sacerdote”. Y lo más maravilloso es que gracias a ella “uno puede empezar de nuevo y ya está. No pasa nada”, puntualiza. La gracia de Dios y su misericordia son infinitamente más grandes que nuestras limitaciones y pecados.
TRES GRANDES DUDAS
¿Conviene tener un confesor fijo?
La ventaja de acudir con frecuencia a alguien que te conoce y te guía mediante un acompañamiento espiritual constante es que, como indica el padre Antonio Yáñez, “uno se va conociendo más y mejor”. Así, puedes ir limando esos puntos en los cuales eres más vulnerable.
¿Y si hace mucho que no me confieso? Basta con atreverse y romper la inercia. Confesarse después de muchos años es un regalo de valor incalculable. Como en el amor humano, sólo hará falta tener la humildad de acercarse y pedir perdón de corazón. Un buen examen de conciencia será de gran ayuda.
¿Cómo transmitir este tesoro a los hijos? La mejor catequesis para inculcar a niños y jóvenes el hábito de la confesión frecuente, según el padre Didier van Havre, es que vean que sus padres se confiesan a menudo y que hacen de la confesión una fiesta. “Un amigo me decía que cuando viene a confesarse con sus hijos, al regreso cantan como locos en el coche de pura alegría”, cuenta a Misión este sacerdote.
5 PASOS PARA UNA BUENA CONFESIÓN
1. EXAMEN DE CONCIENCIA. No es un escrutinio rígido de errores, sino más bien una ocasión estupenda para meditar nuestras faltas y defectos bajo la mirada de Cristo. Para ello puede ser útil repasar los Diez Mandamientos o buscar un examen con preguntas propias para cada circunstancia o etapa vital: para niños, para padres, para consagrados… Conviene comenzar el examen invocando al Espíritu Santo.
2. DOLOR DE LOS PECADOS. El examen de conciencia es eficaz cuando produce verdadero arrepentimiento y suscita el propósito de no volver a pecar. “Tu falta te parece quizá mínima, pero para la Persona a la que ofendes no lo es”, puntualiza el padre Didier Van Havre. La perfecta contrición nos mueve a pedir perdón a todo un Dios, con corazón sincero.
3. PROPÓSITO DE LA ENMIENDA. Del arrepentimiento sincero debe brotar una disposición voluntaria de cambiar de vida y enmendar el daño causado. Para el padre Antonio Yáñez este propósito otorga la confianza “de saber que uno puede empezar de nuevo” porque la gracia divina y el esfuerzo humano son como dos remos de una barca: “Tú lo haces lo mejor que puedes y el resto lo abandonas en manos de Dios”.
4. CONFESAR LOS PECADOS. Si bien es cierto que el sacerdote que escucha los pecados es un hombre, la confesión es un encuentro con el propio Cristo. “Es tan natural como cuando cuentas tus dolencias a un médico que no te conoce”, alienta el padre Didier. Además, en el confesionario el anonimato está asegurado ya que el sacerdote no puede repetir lo que escucha en confesión.
5. CUMPLIR LA PENITENCIA. El sacerdote generalmente manda una penitencia fácil de cumplir (una oración, un acto de caridad…). Que sea tan sencillo de cumplir puede tener el inconveniente de que puede olvidarse, sin mala voluntad. Por ello, conviene cumplirla cuanto antes. “Cuando cumples tu penitencia, piensa en Cristo crucificado. Él ha pagado el más alto precio por tus pecados. Tu aportación es minúscula, pero indispensable”, explica el padre Didier.
Artículo publicado en la edición número 71 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





