Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Por Javier Lozano
Muchas parroquias españolas cuentan con más fieles que los católicos que hay en Mongolia, un país con una superficie tres veces mayor que España, con apenas 1.500 católicos. La presencia estable de la Iglesia allí es muy reciente. Se remonta a 1992 con la llegada de tres misioneros después de varias décadas de una férrea dictadura comunista que borró el catolicismo del país asiático. Poco queda de aquel enorme Imperio mongol comandado con puño de hierro por Gengis Khan, que llevó sus fronteras hasta el centro de Europa. Este país es hoy muy pobre, y buena parte de su población lleva aún una vida nómada.
La hermana Esperanza Becerra, religiosa de la Consolata, es uno de los 70 misioneros que hay repartidos por este vasto país para atender espiritualmente a una comunidad pequeña, pero en constante crecimiento. Las conversiones son como gotas de agua, apenas se perciben, pero van empapando, poco a poco, a su alrededor. Estos sucesos son admirables –reconoce para Misión la misionera colombiana– porque se producen en un ambiente que no ha escuchado nunca hablar de Jesús. “Son pequeñas semillitas esparcidas aquí y allá y que van lentamente creciendo. No dejan de sorprenderme las personas que con fuerza y atrevimiento deciden seguir a Jesús, a contracorriente de toda su familia. Optar por ser cristiano aquí no es fácil”, explica la hermana.

Conversiones de jóvenes
Mongolia es un país de mayoría budista, pero con gran influencia del chamanismo. Y a este ambiente se suma el ateísmo que ha dejado décadas de dictadura. Pero cada vez son más los que se sienten atraídos por la novedad del Evangelio, especialmente los jóvenes. Y esto no deja de ser llamativo porque el proselitismo está prohibido, con lo cual los misioneros sólo pueden trabajar en lugares autorizados. En este país, la Iglesia tiene limitada su actividad.
“No dejan de sorprenderme quienes deciden seguir a Jesús, a contracorriente de toda su familia”
La misionera explica que Dios aquí actúa de manera “especialmente creativa” y cuenta el ejemplo reciente de una veinteañera que no conocía nada sobre el cristianismo y que comenzó a acercarse a la Iglesia tras leer las Crónicas de Narnia, de C.S. Lewis. “Mientras leía este libro escuchó que Jesús le decía: ‘He muerto por tu orgullo y por tu ira’. Como sabía inglés empezó a indagar por internet sobre quién era Jesús. Poco después se puso en contacto con nuestra iglesia de Santa María y, poco a poco, se fue produciendo su conversión hasta que pidió recibir catequesis. En Nochebuena fue bautizada”, relata la religiosa. Luego su hermana siguió el mismo camino y también está ya bautizada. “Aquí Dios llega por todos los ángulos de nuestra vida”, señala contenta esta misionera.
“¿Por qué estás aquí?”
La Iglesia Católica en Mongolia está organizada en torno a la Prefectura Apostólica de Ulán Bator, cuya cabeza es el joven cardenal Giorgio Marengo, también misionero de la Consolata. Está compuesta por sólo ocho parroquias, cinco de ellas en la capital, y el resto repartidas por el país. Debido a las limitaciones para evangelizar, una gran parte de su labor se centra en el aspecto social –colegios, sanatorios o centros culturales–, para los que la Iglesia recibe ayuda de católicos de todo el mundo a través de Obras Misionales Pontificias. “Ellos se sorprenden de ver a extranjeros intentando hablar su idioma y, sobre todo, de que no les pidamos nada. Y cuando empiezan a conocernos nos preguntan: ‘¿Qué te anima a estar en un país con inviernos tan duros, pudiendo estar en tu casa?’. A partir de ahí damos nuestro testimonio”, cuenta la hermana.

“Lo más bonito es que en estas situaciones vemos actuar al Espíritu Santo en nosotros, pero sobre todo en nuestro pueblo, que tiene esa fuerza para responder a la llamada, y esa valentía para intentar vivir el Evangelio, a pesar de que para ellos es muy arriesgado”. La hermana Esperanza Becerra reconoce que no es fácil esta misión ad gentes en un país tan pobre y con un clima tan extremo, donde la paciencia es constantemente puesta a prueba. “En los momentos de mayor dificultad la fe siempre me ha sostenido. Esto es claramente un don de Dios”, agrega.
Cuando le preguntamos si cambiaría esta vida, si dejaría Mongolia, un lugar de clima tan extremo, su respuesta es contundente: “La amistad y la sencillez de este pueblo me dejan sin palabras. Es maravilloso y único ver el cielo azul que se une con la tierra en el amplio horizonte cuando te acercas al desierto del Gobi. Amo ser un instrumento pobre y humilde del que Dios se vale para ser conocido, acogido y celebrado en este país”, concluye.
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





