Cristina López Schlichting: “Me preocupa el crecimiento de la intransigencia”

Después de décadas dedicada al periodismo, su estreno literario con la novela Los días modernos (Plaza y Janés) ha supuesto un éxito “que me deja alucinada”, y es la excusa perfecta para que Cristina López Schlichting hable con Misión de política, fe, educación e, incluso, por primera vez en un medio, de cómo vivió su nulidad matrimonial o su “descabalgamiento” de La Tarde de Cope.

Por José Antonio Méndez

Nos cede el asiento del entrevistador, ante los micrófonos del estudio Antonio Herrero, el que usan las estrellas de la cadena COPE. Lo rechazamos, obviamente, ante una de las voces femeninas más influyentes de la radio española.

Escuchándola hablar sobre los populismos que tensan occidente o sobre la angustia de las familias, desde la solidez de su fe cristiana, a uno se le hace raro que la voz de Cristina López Schlichting lleve tiempo relegada al Fin de Semana de una emisora en la que llevó las riendas de La Tarde, ajustándose como ningún otro de sus locutores a los principios editoriales.

Sin embargo, ella pertenece a ese reducido grupo de personas capaces de hacer grandes sacrificios por vivir con coherencia y de ver la mano de Dios en todos los capítulos de su vida… Incluso en la amarga experiencia de su nulidad matrimonial.

Los días modernos es el relato de una época que hoy parece superada. ¿Qué virtudes vivíamos entonces que deberíamos recuperar?

En el periodo que media entre los 60 y los 80, vivimos valores muy nítidos. Sobre todo, una gran positividad y una gran tolerancia. Recuerdo la convivencia en un barrio donde había homosexuales y heterosexuales, personas de varias nacionalidades y religiones, como una compañera ortodoxa de Rumanía o mis tíos de Alemania, y eran vistos con normalidad. Amigos de mis padres que habían estado en la cárcel en el franquismo podían hablar con otros que temían la muerte de Franco. El deseo de hablar a pesar de las diferencias cristalizó en la Transición, y hoy debemos considerar por qué éramos así.

¿Es que ya no lo somos?

Ahora están surgiendo, en España y en el mundo (del muro de Trump a los tanques de Putin), movimientos populistas de propuesta frentista. Da igual que sean de derechas o de izquierdas, lo importante es que se defina muy bien quiénes somos y contra quién nos enfrentamos. La dinámica que se vende es demonizar al otro para implantarme yo. Y esto constituye una novedad muy peligrosa. Me preocupa el crecimiento de la intransigencia, que no es exclusivamente islámica, sino también en los nacionalismos y en los populismos, y creo que este va a ser el gran problema del siglo XXI.

¿Cuál es la respuesta que se puede dar ante ese populismo frentista?

La única respuesta posible es el realismo: la realidad no es así; no es blanca o negra, tiene una multiplicidad de grises. En la realidad, el que es distinto te saca de tus puntos de vista y te ayuda a hacer el discurso sobre ti mismo, a encontrar tus límites y a ampliar tus horizontes. Eso entraña cierta capacidad de frustración, y hacer las cuentas con tu mediocridad. Es más cómodo dar rienda suelta a los instintos, acabar con el otro y soñar con un paraíso advenido en el que hacer tu voluntad. Eso se hizo en la URSS y en el mundo nazi. Pero la realidad no es así. Ante los frentismos hay que vivir con madurez de adulto.

Éxito Editorial

Los días modernos (Plaza y Janés, 2017) supone el estreno de Cristina López Schlichting en la novela, tras varios libros de análisis y actualidad. Un desembarco que ha llevado a cabo “con toda humildad y lo mejor que he podido”, y que ha supuesto un éxito editorial. “Cuando la gente me dice que se divierte y se engancha, me quedo alucinada”, confiesa. La novela es todo un retrato ágil, divertido y profundo, “de la generación EGB, que creció en aquellos días en los que España vivía una etapa juvenil, con un enorme horizonte por delante”.

Ya, pero muchos adultos viven ese planteamiento simplista…

Eso tiene que ver con el fenómeno del mal. La demonización del otro es sencilla, se hace rápido y con trazos gruesos, pero tiene consecuencias letales. Demonizar al grupo judío, a la clase política de Washington, o a la casta es fácil, pero enormemente peligroso.

¿En España, a quién se demoniza?

Aquí se están generando islas de odio. Hay brotes antisemitas que acusan a una élite judía de controlar el capitalismo (un discurso muy viejo); que acusan a quienes no son “los nuestros” cuando se identifica a un grupo racial, social o cultural, del que están excluidos  “los otros”… La casta, por ejemplo, es un concepto muy inteligente.

¿Por qué?

Porque genera un frente, y es flexible y útil. Por ejemplo, ¿está o no la Iglesia en la casta? Según interese. Hace poco me preguntaban por el anticlericalismo, y respondí que España ya no es anticlerical: la gente que tiene 25 años no es anticlerical, es que cuando hablamos de la Iglesia, de la Trinidad, o de la Encarnación, no sabe ni de qué hablamos. Europa espera la nueva evangelización, y por tanto es antinatural inocular el gen de anticlericalismo. Pero interesa, porque mueve los resortes de un odio instintivo.

¿Le desencanta el presente?

No. Detesto la nostalgia, porque es tristeza. Prefiero redescubrir la positividad de la existencia. Considero un privilegio estar viva, y estar viviendo esta circunstancia que nadie más ha vivido. Mi propia vida es una aventura que no podría haber imaginado. El llanto constante por lo que pudo haber sido es inútil y muy cansino.

Al anunciar su tercer embarazo, en la redacción de ABC le pusieron el cartel “Cristina, la coneja”. ¿Se estigmatiza hoy a la mujer que no renuncia a ser madre?

Lo que creo es que hoy el sistema no concede ningún valor a la maternidad ni a la paternidad. Uno tiene hijos contra el bien parecer.  Te ven embarazada y, como mucho, puedes ser motivo de curiosidad, pero no constituye un valor social. Hoy es importante estar lo más joven posible, estar muy bueno, ganar dinero, tener éxito y fama y tener una excelente carrera profesional. Pero tener hijos no constituye objeto de admiración. Nadie dice: “Haz como menganita, que tiene tres hijos”, o “funda una gran familia, como fulano”. Europa depende de la emigración porque no puede tener hijos: o los aborta o tiene miedo a tenerlos, porque no es un bien.

¿Y por qué es un bien tener hijos?

Porque lo más grande que tenemos es nuestra propia existencia, que constituye una sorpresa. Esto es lo que hace apasionante lo demás: levantarse por la mañana, beber agua, correr, amar, escribir, ver una puesta de sol… Eso es lo que acontece cuando una persona nace. Dar a luz es la posibilidad de recoger el legado de tus mayores y construir una novedad en el futuro. Esta belleza de la vida no es percibida socialmente, más allá del “¡Uy, qué mono el niño!”. Decir “voy a dedicar mis días a hacer de mis hijos personas de provecho” desempeña muy poco papel en la sociedad española.

¿Por eso dedica tanto espacio en sus programas a la familia?

Sí, y también porque responde a la demanda. Los padres hoy sufren mucho: se levantan pronto, se van a trabajar, vuelven de noche, regañan porque los dos están cansados para hacer los baños y encontrarse con tandas de deberes que lo superan a ellos y a los niños… Eso genera desazón, violencia, incomunicación. En España, la educación de los hijos se lleva a cabo en momentos de agotamiento residual, a partir de las ocho de la noche, por un hombre y una mujer extenuados. Se da la experiencia del fracaso matrimonial porque ya ni puedes acostarte con tu cónyuge. Los padres no se ven capacitados, y eso genera angustia social.

Ante este panorama tan descorazonador, ¿qué podemos hacer?

Alegrarnos. Porque el ser humano está bien construido y tiene un corazón que indica con certeza lo que está bien y lo que está mal. Es muy bueno vivir en un momento en el que las certezas no se dan por supuestas. Es hermoso, en un mundo de relativismos absolutos, reconocer las verdades, comprobarlas y adherirte a ellas. Los espacios en que hay una mayor humanidad son hoy fácilmente reconocibles. Si ves a chicos llevando bocadillos a mendigos, o mujeres que lavan a enfermos de sida, o a un empresario que tiene en cuenta la situación familiar de los trabajadores, se suscita tal admiración que la adhesión es casi inmediata. Ese radar no va a fallar, así que sigamos las islas en las que reconozcamos la belleza.

¿Qué sintió con su salida de La Tarde, uno de los espacios fuertes de COPE, para ir a Fin de Semana?

El corazón es muy angosto y uno se cree el centro del mundo. Cuando te aúpan de tus planes inmediatos reaccionas mal y te reconoces humano. Pero el tiempo no es tuyo [sonríe] y hoy me alegro por algo que en su momento me pareció triste. Que te descabalguen de uno de los tres programas más importantes de la cadena no es de buen gusto, pero intento vivir estas circunstancias pidiendo que se me revele la novedad y el crecimiento que se va a producir, y la alegría que se me promete. La ventaja del cristianismo es la certeza de que la vida está construida sobre un designio bueno.

Pasó por un divorcio y una nulidad matrimonial. ¿Cómo se vive esto cuando se tiene fe?

Se vive mejor dentro de la Iglesia. La vida es compleja y está llena de alegrías y de dolores, y cuando estás acompañada de una misericordia mayor, de un abrazo, de un puerto seguro, es mucho más fácil. De esto nunca he hablado, pero cuando a mi marido y a mí se nos dijo “no hay camino, vuestro matrimonio es nulo”, sentimos un gran agradecimiento hacia la Iglesia, porque nos acompañó para ver esta realidad, y en el camino de la soledad posterior al divorcio.

¿Cómo recorrió ese camino?

El fracaso matrimonial es como cualquier experiencia en la que te defraudas, intentas hacer algo y te demuestras incapaz. Son situaciones privilegiadas, porque el pecado es el lugar del triunfo de la gloria de Dios. Cristo es capaz de convertir una experiencia de dolor en un espacio de esperanza.

O sea, que le acercó más a Dios.

Hay un misterio en esto, pero los momentos de mayor dolor de mi vida han sido los más útiles, y en los que más me he recostado en el pecho de Cristo. Y haciéndolo, Él me ha abrazado y ha nacido algo nuevo. El fracaso de un matrimonio trae muchos dolores, pero ha habido tantos años de prohibición que hay reparo en decir que una separación es un drama, y que incluso aunque tenga que tener lugar, prepárate para hijos que no saben si estar con papá o mamá, para el desconcierto educativo, para una enorme soledad –también sexual–, para ambientes donde hay una búsqueda frenética de una nueva persona… La pregunta es cómo vives, de manera que un mal pueda ser un bien. Esa es la pregunta.

¿Y la dejamos ahí, o la contesta?  

La tenemos que dejar ahí, porque en la búsqueda de la respuesta es donde Dios te rescata. Eso es algo que hace el Señor. Como no creemos que Él está vivo tendemos a sustituirlo, pero el Señor está vivo en el espacio y en el tiempo, y si tú te diriges a Él, Él se dirige a ti.  Esa es una experiencia que tiene que hacer cada uno.

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